www.onemagazine.es
¿Qué efectos tendrá la pérdida de territorio del Daesh?
Ampliar
(Foto: aladdin hammami)

¿Qué efectos tendrá la pérdida de territorio del Daesh?

domingo 26 de noviembre de 2017, 07:00h

Entre el verano y el otoño del presente año la organización yihadista Daesh ha sufrido una significativa serie de derrotas infligidas en distintas ciudades de Siria e Irak. Dichas derrotas la han privado de la mayor parte de los territorios previamente conquistados, provocando numerosas bajas, enormes pérdidas en términos de recursos y un evidente daño en su imagen.

El colapso del presunto Estado proclamado por el líder del Daesh abre distintos interrogantes acerca de sus posibles consecuencias. El análisis que a continuación se presenta trata de ofrecer una respuesta tentativa a algunas de esas preguntas, prestando especial atención a los efectos que el fin del poder territorial del Daesh pueda ocasionar sobre su propia estructura y actividad en los países donde ha ejercido tal poder. Se ofrece, en primer lugar, una descripción esquemática de los posibles efectos a considerar a ese respecto, pasando luego a examinarlos uno por uno, con vistas a estimar su probabilidad. En un siguiente paso, y de forma más breve, se trata de responder a varias preguntas acerca de la influencia que la pérdida de los territorios del Daesh pudiera ejercer sobre otros problemas relacionados, como la evolución del movimiento yihadista global en su conjunto, la de los conflictos de Siria e Irak y el riesgo de ataques terroristas en países occidentales.

Introducción

En los primeros días de noviembre de 2017, el Daesh ha sido expulsado de Deir ez Zor (Siria) y Al Qaim (Irak), las dos últimas localidades de importancia que aún permanecían bajo su poder en el corazón de Oriente Próximo. La cesión de esas ciudades culmina una serie ininterrumpida de derrotas a las que ha seguido la huida al desierto de gran parte de las fuerzas del Daesh. Aquellas derrotas han ido privando a la organización yihadista de gran parte del territorio que llegó a controlar hasta mediados de 2016 (según fuentes militares estadounidenses, un 95 % de ese espacio físico habría sido liberado ya a principios de noviembre del presente año), comportando el extravío de una cantidad creciente de hombres, armas y otros medios y recursos y poniendo en riesgo sus mejores fuentes de financiación, todas ellas dependientes del control de territorios, como la extorsión en ciudades y puntos de tránsito; el saqueo de fondos, mercancías y antigüedades; el control de centros de extracción de petróleo; diversos tipos de tráficos ilícitos, etc. Las pérdidas alcanzaron ya un nivel crítico tras consumarse la sucesiva caída de las ciudades más importantes bajo su dominio a partir del pasado verano. En Irak: Falulla y Ramadi, tomadas en junio; Mosul, liberada tras una batalla de meses a principios del siguiente mes; Tal-Afar, ganada en agosto, también después de una lucha encarnizada sostenida durante varias semanas. Y en Siria, la más importante, Raqqa, rendida a los enemigos del Daesh (en ese caso las Fuerzas Democráticas Kurdas, una coalición de milicias kurdas y árabes), a mediados del pasado octubre; hasta llegar a la caída ya citada de Deir ez Zor, conquistada por el ejército oficial sirio con fuerte apoyo ruso, y de considerable importancia estratégica debido a su proximidad con la frontera iraquí.

La presión militar ejercida sobre Daesh por una combinación de enemigos diversos (ejércitos de Siria, Irak y Rusia, milicias chiíes, kurdas, etc.), desarrollada mediante duras secuencias de bombardeos aéreos y ulteriores operaciones terrestres, han arruinado además la imagen de organización eficaz e invencible que sus portavoces y su propaganda se esforzaron en fomentar, aprovechando las sorpresivas y contundentes conquistas logradas entre 2013 y 2014. Siguiendo una lógica de círculo vicioso, los daños de imagen sufridos por el Daesh han ido restándole aliados y colaboradores (incluyendo a varias de las organizaciones y facciones yihadistas que en su día afirmaron adherirse a modo de franquicias), así como han rebajado sus niveles de apoyo popular y el número de simpatizantes lejanos, con el consiguiente perjuicio causado a su capacidad para mantener posiciones y plazas. De este modo, la estructura yihadista más potente en el mundo durante los últimos años ha sido despojada de las bazas fundamentales sobre las que descansaba su propio poder, las que les permitieron diferenciarse de sus competidores (sobre todo Al Qaida y sus filiales y grupos asociados y afines), absorber a la mayoría de los voluntarios extranjeros desplazados a Siria e Irak a partir de 2014, tejer su propia red de franquicias terroristas e inspirar una oleada de atentados que dura ya más de dos años.

El colapso del proto-Estado instaurado en tierras de Siria e Irak en junio de 2014, base del Califato declarado por su líder Abu Bakr al Baghdadi en la misma fecha, obliga a preguntar por las consecuencias derivables de semejante desenlace, y ese es justamente el objetivo del presente documento. En concreto, prestaremos especial atención a los efectos que el fin del poder territorial acaparado por el Daesh pueda ocasionar para su propia estructura y sobre su actividad en los países donde ha ejercido tal poder. En este sentido, el análisis partirá de una descripción esquemática de todos o la mayoría de los efectos posibles a considerar, pasando luego a diferenciarlos según su mayor o menor probabilidad de materialización. A continuación, y de forma más breve, se hará un esfuerzo para anticipar las influencias que el mismo asunto pueda ejercer sobre otros problemas relacionados, tales como la evolución del movimiento yihadista global en su conjunto, los conflictos que permanecen abiertos en Siria e Irak y el riesgo de ataques terroristas en países occidentales.

¿Qué será del Daesh tras perder sus principales bases territoriales?

La anterior pregunta, conviene precisarlo, se refiere de manera exclusiva al Daesh en tanto que estructura matriz, no a ninguna de las organizaciones o grupos yihadistas que todavía portan su marca fuera de Siria e Irak y que todavía mantienen su retórica de fidelidad a Abu Bakr al Baghdadi. Aclarado esto, anticipar el futuro del Daesh requiere un esfuerzo de imaginación acerca de un cierto abanico de posibilidades. Para simplificar la tarea, el presente análisis se limitará considerar tres trayectorias o líneas de evolución que, a nuestro juicio, podrían abarcar el conjunto total de posibilidades realmente dignas de alguna consideración. La primera de esas trayectorias apuntaría a una degradación progresiva de la capacidad operacional y el potencial de influencia del Daesh, que podría desembocar incluso en su desaparición como actor armado independiente. Aunque sea más difícil de vislumbrar en el momento presente, cabe imaginar una orientación inversa a la anterior, identificable con una dinámica revitalizadora similar a la experimentada por la misma organización a principios de la presente década (entonces bajo el nombre de Estado Islámico de Irak y Levante) que le permitiera recuperar de cierto grado de poder territorial. Pero aun cabría considerar una opción tercera, que podríamos llamar de supervivencia, fruto de una readaptación estratégica que permitiese al Daesh continuar operando como un actor armado relevante dentro de uno o varios escenarios de conflicto, aun sin lograr el control de ninguna base territorial fuerte. En suma, el futuro del Daesh puede ser imaginado tomando como referencia un continuo de posibilidades donde dos de las opciones básicas antes planteadas (Desaparición frente a Revitalización) se ubicarían en uno u otro extremo, mientras la tercera (Adaptación) ocuparía una cierta posición intermedia, como aparece ilustrado en la siguiente figura:

Las opciones contempladas podrían materializarse por una o más vías. Así, la desaparición del Daesh podría darse como resultado de alguno de los tres siguientes hechos: una decisión tomada por la dirección del Daesh para abandonar su actividad armada; la pérdida de las capacidades, recursos y apoyos (humanos, materiales, logísticos, financieros) mínimos necesarios para continuar en activo, ya sea como fruto de los daños infligidos por sus enemigos y/o de un proceso de deserción masiva; o, su fusión o confusión con alguna de las fuerzas y estructuras insurgentes que operan en Siria e Irak (incluida las que mantienen relación con Al Qaida), tras renunciar a continuar actuando bajo la marca Daesh y abandonar también toda intención de imponer su liderazgo, discurso y objetivos a sus nuevos compañeros de armas. Por su parte, la supervivencia de un Daesh sin control sobre territorios podría ser facilitada por la adopción de una estrategia basada en la priorización de formas asimétricas e irregulares de combate (guerra de guerrilla y terrorismo, principalmente), en detrimento de los modos convencionales orientados a la conquistar y el control de territorios o en el desarrollo de un pacto estable de colaboración con otras estructuras insurgentes o actores locales relevantes, que no implique renunciar a mantener su nombre o marca y que le permita seguir promoviendo su propio discurso y objetivos. Por último, Daesh podría recuperar poder territorial mediante la reconquista de todos o algunos de los territorios previamente sometidos a su control en el escenario sirio-iraquí; o bien gracias a la reimplantación del califato en algún otro territorio, previsiblemente en alguno de los países donde operan alguna de las filiales del Daesh.

Figura 2: Posibilidades de evolución del Daesh, a partir de las tres opciones básicas

Ninguno de los desarrollos que acabamos de esbozar (resumidos en la figura 2) debería ser totalmente descartado. Sin embargo, no todos parecen igual de probables si son examinados a la luz de los hechos y la información conocidas. Veámoslo.

Alternativas menos probables (a corto plazo)

La desaparición del Daesh en Siria e Irak no parece demasiado probable en el corto plazo. Conviene no olvidar en ese sentido la habilidad para sobrevivir y adaptarse a circunstancias adversas de la que la misma organización ya hizo una gran demostración a principios de la presente década. Según una estimación recientemente difundida por fuentes oficiales norteamericanas, a pesar de haber perdido varias decenas de miles de hombres en los últimos dos años, el Daesh actual todavía contaría con un número de militantes que oscilarían entre 6 000 y 10 000 efectivos, cifra muy superior a las de los combatientes con los que contaba solo tres años antes de que Al Baghdadi proclamará su Califato. Volviendo al presente año, primero en Mosul y luego en Raqqa, los dirigentes y muchos mandos intermedios de la organización yihadista prefirieron retirarse a plantear una resistencia numantina, lo cual indica su determinación a sobrevivir y, seguramente también, a continuar con la lucha. Como mínimo, la retirada de gran parte de los efectivos del Daesh a la árida zona de desierto y dunas que se extiende a través de la frontera sirio-iraquí responde al propósito de evitar que los efectos derivados de una pérdida masiva de militantes y medios comprometan su capacidad para seguir operando como un actor armado independiente. En ese mismo sentido, diversos comunicados emitidos desde hace más de un año muestran además que los líderes y portavoces del Daesh siempre fueron conscientes de la posibilidad de perder sus bases territoriales, hasta el punto de advertir a sus propios mandos y militantes sobre la necesidad de preparar planes de contingencia para hacer frente a semejante escenario.

Por otro lado, la fusión o confusión del Daesh con otra estructura yihadista requiere condiciones cuya materialización resulta difícil de anticipar. Dados los esfuerzos realizados por la dirección del Daesh para desarrollar un discurso y un proyecto propio e independiente, es dudoso que se mostrara dispuesta a juntar sus fuerzas con las de ninguna otra organización yihadista si ésta le exigiera renunciar a utilizar su marca y mantener un discurso propio. En cambio, un proceso de absorción semejante tendría más opciones de materializarse si la organización sufriera una deserción en bloque de su militancia o si los líderes de primera línea que aún permanecen vivos fueran prontamente eliminados, como podría ocurrir si la presión ejercida contra Daesh en las ciudades se extendiera hasta sus posiciones en el desierto.

En el otro extremo de las opciones posibles, una revitalización del Daesh como estructura capaz de reconquistar y volver a administrar territorios tampoco parece muy factible en ninguna de sus dos formas alternativas, y mucho menos en los próximos meses. La recuperación de territorio es un interés esencial del Daesh, al que difícilmente renunciará mientras siga existiendo. Para reconquistar siquiera una parte de los territorios previamente controlados en Siria o Irak la organización yihadista tendría que hacerse con las capacidades necesarias para involucrarse en combates abiertos contra las fuerzas oficiales que han ido asumiendo la defensa de las áreas recuperadas. Sin embargo, esas fuerzas están hoy mucho mejor dotadas de lo que lo estuvieron en 2014, cuando perdieron ciudades como Faluya, Mosul o Raqqa, y también cuentan con una moral mucho más alta y un respaldo militar (aportado por milicias y Estados extranjeros aliados) del que carecieron entonces. Más allá de las ciudades, la multiplicación de actores armados involucrados en el conflicto (sobre todo en la guerra de Siria) ha ido provocando una reducción drástica de las áreas abiertas a la circulación para los yihadistas del Daesh y expuestas a su eventual “colonización”. La terrible memoria de los años de dominio del Daesh tampoco juega a favor de sus intereses, sino en su contra, restándole hoy los aliados locales que en su día le facilitaron la brutal represión ejercida por Assad en Siria y las políticas sectarias aplicadas en Irak por Maliki y sus antecesores. Con todo, esas mismas experiencias mostraron en su día como una gestión inadecuada de las ciudades y territorios arrebatados al Daesh podría crear un clima peligroso susceptible de volver a ser manipulado en beneficio de los yihadistas. Considerando las diferentes coyunturas que actualmente atraviesan Siria e Irak, la posibilidad de que surjan nuevas crisis locales en ese sentido parece mayor para el caso sirio.

La alternativa de intentar implantar una nueva estructura proto-estatal fuera de Siria e Irak parece menos viable que la de volver a lograrlo allí. A fin de cuentas, no puede olvidarse que el Daesh nació precisamente en Irak y que su proyección hacia Siria se vio favorecida por la recepción previa de un cierto número de militantes naturales de ese segundo país. Partiendo de estas condiciones parece sumamente difícil que la dirección de Daesh pudiera reproducir en otro país los niveles de arraigo popular alcanzados en la región sirio-iraquí. Además, la falta de contigüidad geográfica entre la región de origen del Daesh y las wilayas o provincias externas donde se asientan sus filiales (Nigeria, Libia, Egipto, Yemen, Afganistán, Filipinas, etc.) aumenta las dificultades, ya enormes de por sí dentro de Siria e Irak, para transferir militantes, medios y recursos. En cuanto a los escenarios concretos donde cabría intentarse la reimplantación del Califato, durante los dos últimos años la rumorología yihadista señaló a Libia en diversas ocasiones. Tal conjetura tenía sentido por cuanto Libia ha sido uno de los pocos países donde seguidores del Daesh habrían logrado tomar el control de cierta porción de territorio, incluyendo algún centro urbano de cierta relevancia, como la ciudad de Derna y, más tarde, la de Sirte. Diversas informaciones indicaban también que la filial libia era la mejor conectada y comunicada con la dirección del Daesh, que había enviado varios miembros de alto nivel al país norteafricano para desempeñar labores de asesoramiento y garantizar un máximo grado de cooperación. Sin embargo, la pérdida de su gran bastión en Sirte (ciudad tomada en 2014 y perdida a finales de 2016), fruto de las varias derrotas infligidas durante los dos últimos años, han llevado a la filial del Daesh a una situación precaria, con sus fuerzas repartidas por distintos puntos de la región de Fezán, lo que hace que cualquier tentativa inmediata de implantación de una estructura proto-estatal resulte sencillamente inviable. Por lo demás, las oportunidades que a ese respecto ofrecen otros países también son muy escasas, ya sea por la existencia de otros actores yihadistas más potentes y con más arraigo (Afganistán, Yemen) o de un Estado fuerte (Egipto), las enormes distancias geográficas que los separan de Siria e Irak (Nigeria, Filipinas) u otros factores.

Supervivencia y adaptación estratégica

Siempre y cuando logre mantener una dirección propia y una militancia suficiente, aplicar un cambio a su estrategia armada parece la línea de evolución más probable para un Daesh despojado de su anterior poder territorial. Esa deriva no tendría por qué implicar la renuncia al propósito de recuperar su anterior dimensión proto-estatal, pero sí exigiría abstenerse temporalmente de poner en marcha ninguna ofensiva contra ciudades o áreas bien protegidas cuyo fracaso pudiera comprometer las capacidades operativas aún disponibles. A cambio, como ya advertimos, un Daesh sumergido en la clandestinidad y centrado en reconstruir su propia estructura organizativa podría reforzar el empleo de tácticas de combate y acciones armadas propias de la guerra asimétrica. Por un lado, asaltos, emboscadas y golpes de mano a unidades de tropas enemigas e instalaciones controladas las fuerzas oficiales de Siria e Irak. Por otro lado, atentados terroristas perpetrados por células clandestinas en grandes centros urbanos y dirigidas contra distintas clases de objetivos, tanto oficiales como civiles. Los efectos buscados con esas acciones serían los de dificultar la actividad de las fuerzas enemigas y mermar sus capacidades (aunque fuera en una medida mínima), perjudicar la gestión de las tareas de reconstrucción y la vuelta a la calma en las ciudades que le fueron arrebatadas, continuar amedrentando a la población civil, desgastar a sus gobiernos y enviar un mensaje de fuerza y determinación a sus bases sociales de apoyo. No cabe descartar tampoco la posibilidad de llevar a cabo nuevas oleadas de ataques contra la población chií, como las promovidas en Irak a mitad de la década anterior con vistas a estimular una espiral de violencia sectaria que desestabilice aún más la situación. Teniendo en cuenta los orígenes del Daesh y las diferencias que caracterizan a los escenarios iraquí y sirio, su actividad terrorista interna podría ser más intensa en las grandes ciudades de Irak y en varias provincias del centro y el norte del país. En todo caso, su nivel de eficacia a ese respecto podría verse claramente limitado gracias a un buen empleo, con fines preventivos, de la inteligencia acumulada por las fuerzas de seguridad iraquíes. El resto de operaciones de tipo irregular o asimétrico tendrían más posibilidades de desarrollo en ciertas zonas de Siria.

Toda esa actividad insurgente podría alcanzar mayores cotas si la organización consiguiera mantener posiciones en una o varias áreas remotas y desgobernadas (como las que aún abundan en el este de Siria y el oeste de Irak) que pudiera usar como santuario o zonas de refugio, base logística y de entrenamiento, etc. Por supuesto, las acciones armadas de una u otra índole serían complementadas con la continuidad de la actividad propagandística (otro pilar de las estrategias hasta ahora desarrolladas por el Daesh) y la promoción de atentados terroristas a perpetrar fuera de Siria e Irak, tanto en países musulmanes como occidentales, según las distintas fórmulas de implicación utilizadas hasta la fecha (dirección, incitación e inspiración), como luego comentaremos con algo más de detalle.

La forja de una o varias alianzas con otras fuerzas insurgentes (yihadistas o no) y otros actores locales (tribus, clanes, etc.) podría ser aprovechada por el Daesh con distintos propósitos. En tanto no requiriesen el abandono de su identidad y objetivos, pactos semejantes asegurarían la supervivencia de la organización y multiplicarían las capacidades susceptibles de ser aplicadas al desarrollo de sus propias operaciones armadas. A su vez, ese aumento de fuerzas y apoyos cabría aplicarse, bien al reforzamiento de la guerra asimétrica, bien al desarrollo de nuevas ofensivas destinadas a recobrar poder territorial (que también podría recuperarse gracias a la gestión compartida de espacios rurales y/o urbanos que ya estuvieran bajo control de los nuevos aliados). La colaboración entre distintas fuerzas insurgentes y otros actores locales ha sido práctica habitual tanto en Siria como en Irak, destacando en ese sentido la especial habilidad y disposición negociadora demostrada a lo largo de los años por Jahbat al Nursa, la filial oficial de Al Qaida (rebautizada en junio de 2016 como Jahbat Fatah al Sham). Respecto al Daesh, la mayoría de los grupos insurgentes y tribus que desde 2013 fueron aceptando sumarse a su estructura o prestarle apoyos más puntuales lo hicieron en un momento en las que ello equivalía a tomar partido por un caballo ganador. Por otro lado, la particular política de colaboración aplicada por el Daesh durante años, basada sobre todo en intimidar y coaccionar a otros actores y grupos menos poderosos o comprar su lealtad, imponiendo los intereses y principios propios (lo que en realidad parece más propiamente una estrategia de absorción que de coalición), resulta claramente inadecuada cuando se han perdido buena parte de las fuerzas y recursos de poder empleados a tal fin. Esas pérdidas, unidas a la ausencia de una tradición negociadora como la demostrada por otras fuerzas yihadistas, han creado serias dificultades para el desarrollo de nuevas alianzas. Y, sin embargo, como pasaremos a argumentar a continuación, la colaboración con otros actores yihadistas, incluida la filial de Al Qaida en Siria, podría acabar reconociéndose como necesaria.

¿Será posible alguna clase de entendimiento entre Al Qaida y Daesh?

La posibilidad de una alianza o un principio de colaboración entre Daesh y los grupos afines a Al Qaida que operan en Siria, con Jahbat Fatah al Sham a la cabeza, merece un comentario aparte. Adviértase que la aparición de alguna clase de pauta o lazo colaborativos entre dos organizaciones que actúan en un mismo escenario (como hacen Daesh y Jahbat Fatah al Sham) no tiene por qué igualarse a una reunificación de las dos estructuras centrales de las que esas organizaciones forman parte. La reunificación de Daesh y Al Qaida supondría necesariamente su «fusión» en una misma entidad bajo una dirección única. Aunque pudiera imaginarse como resultado de la creación de un nuevo liderazgo compartido y una nueva marca o nombre, esa forma de materializarse parece menos verosímil que su opuesta: un proceso de absorción en el que una organización perdiera su identidad, en favor de la otra (Daesh desapareciendo para ser absorbida por Al Qaida o viceversa). Pero, como ya explicamos más arriba, todavía no hay signos de que los líderes de Daesh estén dispuestos a dejarse absorber sin más por la organización de la que se separó formalmente en febrero de 2014 y con la que lleva años disputándose el liderazgo del movimiento yihadista global. Ello no significa que la reunificación sea un imposible, sino que se trata de una opción poco probable en el corto plazo, a menos que los obstáculos que hasta ahora la han impedido desaparezcan, sea por un cambio en la actitud de los dirigentes de alguna de las dos organizaciones yihadistas o en las circunstancias. Uno de esos obstáculos, frecuentemente interpretado como el principal o único, estriba en el conflicto personal que ha venido enfrentando entre sí a los líderes de Daesh, Abu Bakr al Baghdadi, y Al Qaida, Ayman al Zawahiri. Las acusaciones y atribuciones de ilegitimidad vertidas por uno contra otro desde la ruptura de 2014 dejan poco o ningún margen a la posibilidad de una reconciliación. Por la misma razón, dado el interés de sus enemigos por acabar con las vidas de ambos líderes, algunos analistas se han atrevido a sugerir que la efectiva eliminación de cualquiera de los dos, sobre todo

de Baghdadi, allanaría el terreno para esa reconciliación, lo que no deja de tener bastante sentido. Otros intérpretes advierten, en cambio, que la rivalidad entre Al Qaida y Daesh no sólo responde a un «choque de egos» sino que revela importantes discrepancias de tipo doctrinal y estratégico. Como la que deriva de sus diferencias acerca la doctrina takfir (que justifica la posibilidad de ejercer violencia contra musulmanes apóstatas), interpretada de forma mucho más laxa por Daesh. O como la resultante del acendrado sectarismo evidenciado en las matanzas promovidas por el Daesh contra chiíes y otras minorías religiosas, duramente criticadas por Zawahiri y otros líderes e ideólogos yihadistas próximos a Al Qaida. Dichas diferencias, en efecto, deben ser tenidas en cuenta, aunque tampoco parecen insalvables si se considera la disposición otras veces mostrada por Al Qaida para transigir con los excesos cometidos por otras organizaciones yihadistas, a las que prefirió mantener bajo su égida, pese a no haber logrado persuadirlas para que redujeran la brutalidad de sus acciones.

Un factor distinto al que tal vez no se ha prestado suficiente atención a la hora de explicar la rivalidad entre Daesh y Al Qaida ha sido la incompatibilidad derivada de su carrera por conquistar nuevos espacios al tiempo que se afanaban en retener el control sobre los ya tomados, aspiración las abocaba a mantener una relación conflictiva característica de cualquier juego de suma cero (donde lo que uno gana lo pierde el otro, y viceversa). No obstante, mientras esa clase de relación tuvo un valor estratégico evidente en tanto que ambas fuerzas fueron capaces de conservar y ampliar territorios, su utilidad se vuelve menos clara para un Daesh desprovisto de su antiguo poder territorial, lo que podría acabar induciéndole a buscar cierta colaboración con otras fuerzas yihadistas vinculadas a Al Qaida, como la que ya ha tenido lugar en varias partes de Siria, donde ninguna de las dos grandes organizaciones llegó a ejercer un dominio claro. Incluso no puede descartarse que, en un futuro quizá no muy lejano, tanto Daesh como el resto de grupos yihadistas activos en Siria (incluida la filial de Al Qaida para ese país) pudieran verse enfrentados al dilema de tener que elegir entre colaborar o sucumbir ante sus enemigos comunes. No cabe duda que una coyuntura semejante, anticipada de forma velada por Zawahiri en alguno de sus discursos de los últimos tiempos, podría incentivar, no tanto una reunificación de las dos organizaciones, para la que sus liderazgos y militancia seguramente no están dispuestos ni preparados aún, pero sí cierto grado de colaboración cuya probabilidad podría aumentar también, como hemos dicho antes, tras conocerse la muerte de alguno de sus líderes, en particular la del rebelde Baghdadi.

Otras consecuencias Para el movimiento yihadista global Desde 2014 el yihadismo global pasó a funcionar como un movimiento bicéfalo, cuyas estructuras se verían duplicadas, gracias a la capacidad adquirida por el Daesh para crear una red propia de organizaciones y grupos afiliados y colaboradores, distribuidos por distintos países de mayoría árabe o musulmana. La importancia de las relaciones que unen a las dos grandes organizaciones yihadistas con sus grupos satélite ha sido exagerada con frecuencia, llegando a ocultar la total autonomía con que operan la mayoría de esos grupos afiliados. Como consecuencia de esa independencia de facto, es poco probable que el fin del poder territorial del Daesh produzca ningún impacto decisivo sobre la situación de sus filiales. Como mucho, las derrotas del Daesh en Siria e Irak podrían perjudicar su propia imagen, afectando quizá por esa vía a su capacidad de reclutamiento. Aunque ni siquiera este efecto está garantizado, pues los motivos que inspiran las dinámicas de radicalización que alimentan a las militancias yihadistas activas en la mayoría de los países musulmanes tienen más que ver con las problemáticas internas de esos mismos territorios que con las vicisitudes del propio Daesh.

Durante los años que ha durado su pugna con el Daesh, los portavoces y propagandistas de Al Qaida han sabido aprovechar las continuas pruebas de brutalidad dadas por el rival para sanear su propia imagen pública, presentándose como una organización que huye de toda demostración de fuerza innecesaria y que es presuntamente contraria a promover violencia contra musulmanes civiles. Partiendo de esa ventaja, la situación de declive por la que ahora atraviesa el Daesh crea una nueva oportunidad para Al Qaida desde el punto de vista de su interés por recuperar el liderazgo del movimiento yihadista global. En Siria, la presión ejercida sobre el Daesh ha hecho que el futuro de Jahbat Fatah al Sham, cuyas fuerzas todavía controlan la provincia de Idlib, haya pasado a depender mucho menos de lo que el propio Daesh haga o sea capaz de hacer y bastante más de los avances del ejército de Al Assad y de sus aliados. Al mismo tiempo, el momento de debilidad de Daesh constituye una gran baza para que la filial de Al Qaida aumente sus apoyos entre fuerzas insurgentes y la comunidad suní de Siria, continuando con la política de múltiples alianzas a la que ya nos hemos referido previamente.

Para la evolución de los escenarios con alta presencia del Daesh

Como tendencia general, en los distintos países donde exista presencia de alguna filial del Daesh la inestabilidad reinante no se verá demasiado alterada por la caída del protoestado establecido en 2014. La potencia de esas filiales, como señalábamos antes, depende poco de la situación de su organización matriz y mucho de sus propias capacidades y recursos, así como de las circunstancias internas de los países donde operan. Fuera de Siria e Irak, los fracasos del Daesh podrían suscitar deserciones en las filas de aquellas franquicias suyas que se encuentren establecidas en países donde también haya presencia de grupos afines a Al Qaida (tal como ocurre en Libia, Yemen o Afganistán, entre otros). Tampoco será imposible que algunas de esas filiales buscaran formas de recuperar el favor de Al Qaida, con vistas a realinearse. Por ejemplo, significándose mediante la comisión de uno o varios atentados contra objetivos occidentales accesibles en su propio territorio.

La inexistencia de otros grupos yihadistas pujantes y las características de su propia situación política hace pensar en Irak como el país donde existen más probabilidades de que la pérdida de poder territorial pudiera traer un cierto efecto estabilizador, siempre que la estrategia terrorista que pueda aplicar el Daesh no desbordé a las fuerzas de seguridad iraquíes. Una buena señal en ese sentido la dan varias encuestas recientemente publicadas que revelan un significativo incremento de los apoyos de la población sunní al gobierno establecido en Irak, signo evidente de la aceptación de la guerra emprendida contra el Daesh por una mayoría de los iraquíes que forman parte de la comunidad de referencia de la propia organización yihadista. Con todo, la estabilización de Irak quedaría supeditada a ciertas condiciones, como el ejercicio de un control gubernamental efectivo y duradero sobre las ciudades arrebatadas al Daesh, el desarrollo de políticas más inclusivas, moderadas y eficaces frente a las cuestiones suní y kurda, el mantenimiento de los apoyos prestados al gobierno por diversas milicias independientes y por varios Estados extranjeros y una labor policial preventiva que dificulte las acciones terroristas (las capacidades requeridas para la lucha antiterrorista son muy distintas a las aplicadas para arrebatar ciudades y territorios). La consecución de tales objetivos puede chocar, no obstante, con diversos impedimentos, como los que puedan suscitar posibles tensiones locales de naturaleza étnica y sectaria (el rechazo de los habitantes suníes de las ciudades liberadas frente a las milicias chiíes y kurdas que han participado en su liberación puede ser una fuente inagotable de problemas) o los que cabría esperar del conflicto que continua enfrentando al gobierno iraquí con los representantes políticos de su región kurda, cuyo referéndum celebrado el pasado mes de septiembre no ha sido reconocido como valido ni vinculante por las autoridades de Bagdad.

Por lo que a Siria concierne, ninguna línea de evolución que el Daesh pueda tomar en los próximos meses favorecerá a su estabilización. Antes bien, la fragilidad de las estructuras estatales, la guerra a varias bandas que viene librándose desde 2011 y la multitud y variedad de actores (internos y externos, estatales y no estatales) involucrados en dicho conflicto hacen de Siria un escenario imprevisible. El desorden allí imperante y el sufrimiento infligido por los brutales métodos empleados por todos los contendientes asegura un poso de resentimiento que seguirá alimentando el radicalismo de uno u otro signo, al menos durante por varios años. Asimismo, existe un riesgo real de choque entre los distintos actores armados, estatales y no estatales, que han venido actuado contra Daesh y Al Qaida, posibilidad ésta cuya materialización solo traería más caos y retiraría presión a la militancia yihadista, aumentando también su libertad de acción y movimientos.

Un riesgo añadido creado por la pérdida de los territorios de Daesh, tanto en Siria como en Irak, radica en las tentaciones de revancha que pudieran excitar el ánimo el ánimo de aquellos segmentos de población no sunní que padecieron la represión yihadista y cuya traducción en alguna espiral de venganza, a la que podrían contribuir algunas de las milicias kurdas o chiíes, serían fáciles de instrumentalizar por fuerzas yihadistas.

Potenciales efectos sobre el riesgo de ataques terroristas en Occidente

Como era previsible, la trayectoria victoriosa del Daesh comenzó a torcerse en cuanto sus acciones y la situación crítica alcanzada en Irak y Siria suscitaron la internacionalización de ambos conflictos, promoviendo una intervención militar (directa e indirecta) cada vez más contundente por parte de varios Estados (Rusia, Irán, Estados Unidos, Francia, Turquía) decididos a revertir los avances de las fuerzas yihadistas. Buscando generar un efecto disuasivo, a partir de 2015 Daesh comenzó a promover la ejecución de atentados contra objetivos relacionados con los Estados extranjeros que habían comenzado a entrometerse en sus guerras. Uno de los primeros y más letales ejemplos sería la explosión de un avión comercial ruso en octubre de 2014, cuando sobrevolaba la península egipcia del Sinaí, provocando la muerte de 224 personas. Ese mismo sentido estratégico es el que cabe atribuir a las operaciones terroristas que comenzaron a repetirse en Europa desde 2015, empezando por los atentados perpetrados en París en noviembre de 2015 (sala Bataclán y varios escenarios más; 137 muertos y 415 heridos), por obra de una célula dirigida por el aparato de operaciones externas del Daesh, y continuando con la oleada de ataques iniciada en 2016, con incidentes en Francia, Bélgica, Alemania, Reino Unido y Estados Unidos, hasta llegar a los atentados de Barcelona y Cambrils del pasado mes de agosto: ataques mayormente perpetrados por simples simpatizantes inspirados por la propaganda radical y las llamadas a la violencia contra Occidente, pero rápidamente reivindicados por Daesh. Finalmente, esos ataques solo sirvieron para incrementar la presión militar sobre la organización que los inspiró. A su vez, esa misma presión militar acabó provocando un daño irreparable a su aparato de operaciones externas, sobrevenida cuando un ataque aéreo perpetrado a finales de agosto de 2016 acabó con la vida de su primer responsable, el carismático Abu Muhammad al-Adnani.

Con todo, la actual situación obliga al Daesh a compensar su falta de victorias territoriales (y sus derrotas en ese mismo plano) con otras demostraciones de fuerza que le permitan seguir impresionando al mundo y (sobre todo) a sus simpatizantes, lo que naturalmente supone un potente incentivo para procurar dar continuidad a las acciones terroristas perpetradas con su ayuda o en su nombre en países occidentales. El éxito ya obtenido en la difusión de diversos modelos de atentado de ejecución simple y alto impacto psicosocial y mediático (atropellamientos, ataques con armas blancas, etc.) facilitaría dicha continuidad. A corto plazo, por tanto, la debilidad territorial del Daesh difícilmente rebajará el riesgo terrorista en Europa ni en Estados Unidos, pudiendo incrementarla bajo ciertas condiciones: ante todo, el mantenimiento de su actividad propagandística, que se ha revelado como uno poderosa herramienta para inspirar atentados y la disponibilidad o desarrollo de alguna clase de infraestructuras en suelo europeo u occidental. A tales factores de riesgo hay que añadir la amenaza relacionada con la posible infiltración o retorno de combatientes del Daesh dispuestos a actuar en Europa o Norteamérica. Por fortuna, la disponibilidad por parte de los departamentos occidentales de seguridad e inteligencia de extensas bases de datos sobre esos combatientes limita claramente el riesgo de que los intentos de retorno o infiltración pasen inadvertidos. Sin embargo, esa clase de defensas no anulan la posibilidad de penetraciones facilitadas por el empleo de documentaciones falsas, u otras protagonizadas por individuos de nacionalidad no occidental naturales de países carentes de los sistemas de control y seguridad adecuados.

Finalmente, conviene recordar que Daesh no es la única fuente de amenaza yihadista para Occidente. Aunque Al Qaida parezca estar actualmente más interesada en recomponer sus propias estructuras de mando y control y contribuir a ampliar el poder territorial de sus filiales, y aunque sus capacidades para atentar fuera de Asia y África sean desconocidas, sería arriesgado desechar la posibilidad de una agresión suya en suelo occidental. Después de todo, ¿qué mejor prueba podría dar a sus admiradores de sus méritos para volver a liderar a los abanderados de la yihad global?

Conclusiones

Como hemos tratado de mostrar en este análisis, la caída de las últimas ciudades gobernadas por Daesh en Siria e Irak abre un abanico amplio de posibilidades, cuyo desarrollo podría acarrear consecuencias relevantes para la evolución de la amenaza yihadista y de los conflictos en los que la propia organización continua inmersa. Daesh podría desaparecer, recuperar su capacidad para controlar y administrar territorios o cambiar su estrategia para sobrevivir y adaptarse a su nueva situación, opción que parece más probable que cualquiera de las dos anteriores, máxime si mantenemos una perspectiva de corto plazo. Incluso conviene empezar a tomar en serio la posibilidad de cierta colaboración con otras fuerzas yihadistas en Siria e Irak, incluidas aquellas que se han mantenido fieles a Al Qaida. Además, la organización fundada por Osama Bin Laden que dio origen al movimiento yihadista global podría verse claramente beneficiada por las derrotas del Daesh. En otro orden de cosas, esas derrotas no traerán estabilidad a los países que en los últimos años han padecido la actividad del Daesh o de alguna de sus filiales. Acaso Irak pudiera ser una excepción en ese sentido, pero los diversos problemas de gobernabilidad a los que todavía debe hacer frente ese país y su proximidad al escenario sirio no garantizan ningún desenlace feliz. Finalmente, la promoción de nuevas oleadas de ataques terroristas constituye una de las pocas opciones con las que Daesh todavía cuenta para intentar mantener su visibilidad y retener sus credenciales como vanguardia del movimiento yihadista.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de Desarrollo Editmaker

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.