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El discurso del Estado Islámico: el populismo de Oriente Próximo
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(Foto: Gage Skidmore)

El discurso del Estado Islámico: el populismo de Oriente Próximo

Los populismos están apareciendo por todos los puntos de la geografía en los cinco continentes. A su vez, el mundo islámico vive uno de sus momentos más críticos con la aparición del Daesh. El objetivo de este artículo es relacionar ambos eventos intentando averiguar hasta qué punto forman parte de un mismo fenómeno mundial vinculado a la globalización y a la crisis del sistema económico.

En 1978, un profesor de Literatura de la universidad de Columbia vendría a revolucionar al completo los estudios sobre el mundo árabe e islámico con la publicación de un libro de nombre sencillo: Orientalismo. En sus páginas, el palestino Edward Said vendría a diseccionar el sistema discursivo de dominación colonial que las potencias imperiales habían desarrollado a lo largo de los tres últimos siglos para la conquista del otro por parte de Occidente. No obstante, aunque desenmascarado el monstruo, el mecanismo llevaba actuando ya mucho tiempo en las mentes y cuerpos de los actores implicados, y aún lo hace a día de hoy. Así, todos aquellos procesos económicos, políticos y sociales que ocurren fuera de los límites, en gran medida indefinidos, del mundo occidental son observados como una realidad paralela y aislada, sin ningún vínculo con los hechos que transcurren dentro de las fronteras de Europa, EE. UU., Canadá o Australia. Ciertamente, toda región goza de sus dinámicas propias, imprescindibles para entender sus particularidades; sin embargo, en la plenitud de la imparable globalización, negar las conexiones inmediatas existentes entre puntos de la Tierra aparentemente pertenecientes a mundos distintos significaría cegarnos ante lo obvio de la realidad que nos rodea.

Estas perspectivas son las que han imperado a la hora de analizar el fenómeno de los movimientos yihadistas en el mundo islámico al considerarlos esencialmente diferentes a cualquiera de los fascismos, totalitarismos y movimientos violentos que han emergido en Occidente a lo largo de la Historia, como si de una terrible enfermedad exclusiva del islam se tratara y no como procesos históricos y políticos en los que se implican actores de todas las latitudes. Con ello iban también los problemas económicos del mundo árabe, la permanencia de los regímenes dictatoriales, la misoginia institucionalizada y la tendencia al conflicto. Siguiendo esta línea, especialmente a partir de los acontecimientos del 11 de septiembre, la criminalización del islam se impondría en la opinión pública, así como su posicionamiento radicalmente opuesto a la democracia y a los derechos humanos —occidentales—. El nosotros contra ellos quedaba totalmente asentado hasta el presente.

Los mismos parámetros han sido aplicados en el acercamiento al estudio del fenómeno que tantos titulares ha ocupado desde su entrada en escena en 2014: el Estado Islámico (EI), también conocido como Dáesh. El grupo ha llamado la atención de analistas y expertos de todos los ámbitos y ha hecho correr ríos de tinta, ya que, si bien su ideología no es nueva, el grupo ha conseguido añadir el factor de la territorialidad a sus características, con lo que ha desarrollado estructuras semejantes a las de cualquier otro Estado soberano. A la vez que se ha impuesto como el grupo yihadista que más combatientes internacionales ha conseguido atraer hacia sus filas, demostrando unas enormes habilidades en el uso de las nuevas tecnologías de la información y de las redes sociales para su campaña propagandística, ha sabido aprovecharse de manera claramente mejor que otros grupos de las condiciones materiales y el contexto global que se le han presentado.

Mientras tanto, los tiempos del populismo están aquí. Desde EE. UU. a Europa y previamente en Latinoamérica, los movimientos políticos de carácter populista no dejan de captar la atención del público y de conquistar plazas en el escenario político de todos los Estados. Washington ha sido la última torre en caer, pero el fenómeno apareció antes en países tan diversos como Suecia, España, Grecia, Hungría, Reino Unido, Francia o Países Bajos. Muchos de ellos, los de remarcada tendencia derechista, han alimentado su argumentario xenófobo precisamente gracias a las acciones y atrocidades del Dáesh. El grupo, a su vez, como si un de un oscuro reflejo se tratara, se ha servido del racismo y la exclusión social que sufren millones de musulmanes integrantes de dichas sociedades para atraerlos hacia sus filas.

¿No estaremos, pues, ante un mismo fenómeno de tipo global? ¿No será acaso el Dáesh un fenómeno populista más en el escenario internacional, marcado por las particularidades del imaginario islamista y de sus precedentes ideológicos yihadistas? Si así fuera, el Dáesh no sería sino la reacción en el seno del mundo musulmán contra los cambios sucedidos a lo largo y ancho del planeta y una forma de aferrarse algo tras la decepción de las esperanzas incumplidas con el fin de la Guerra Fría. La versión islámica de los discursos de Donald Trump, el Frente Nacional o Pegida. El propósito de este análisis es, por lo tanto, el de averiguar si el Estado Islámico puede efectivamente ser considerado un fenómeno populista. Con ello se pretende además despertar interés por esta aproximación teórica al yihadismo con la esperanza de motivar investigaciones posteriores.

El populismo, una cuestión discursiva

Para acercarnos a la cuestión deberemos, en primer lugar, tener claro a qué fenómeno nos referimos cuando hablamos de populismo, pues la Historia ha marcado dicho término con unas connotaciones peyorativas que no nos sirven para comprender la compleja realidad de este fenómeno que se expande y nos rodea en pleno siglo XXI y que ha llegado para, por ahora, quedarse.

Habitualmente, cuando se habla de populismo, se hace referencia a un tipo de Gobierno demagógico que ignora las instituciones, la separación de poderes y la ley amparado en la fuerza que le da el apoyo del pueblo. No obstante, siguiendo a Laclau, el populismo no es un tipo característico y específico de ideología, sino una lógica de articulación de demandas sociales que no predispone en sí misma su bondad o maldad. Es una cuestión de forma y no de contenido lo que permite catalogar a un movimiento de populista. En resumen, lo que hace populista a un movimiento político o social es su forma de pensar las identidades sociales, así como su lógica de articulación de las demandas sociales dispersas, de manera que todas aquellas que no son satisfechas por el sistema establecido pueden quedar capitalizadas por un actor que se contrapone a aquellos que impiden su satisfacción. En sus propias palabras, «cuando las masas populares que habían estado excluidas se incorporan a la arena política, aparecen formas de liderazgo que no son ortodoxas desde el punto de vista liberal democrático, como el populismo». Para llevar a cabo esta tarea, los populistas utilizan el lenguaje de la «gente ordinaria», con lo que logran trascender las categorías del eje político izquierda-derecha. Es por ello que el discurso se convierte en el elemento básico que se debe analizar si se quiere entender un fenómeno populista.

Resulta útil, por lo tanto, acudir al análisis político del discurso (APD), una propuesta teórico-analítica iniciada por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Como afirma Padierna, el APD parte de la base de que los sujetos son seres situados cuya identidad se constituye a través de un proceso histórico de significación mediante la interactuación con múltiples variables. Este carácter procedimental de la identidad de los sujetos la convierte en un campo en constante cambio, incapaz de ser fijado unilateral ni definitivamente, con lo que las relaciones sociales están sometidas a una permanente posibilidad de transformación histórica. El conflicto político es entonces la lucha por la fijación —siempre parcial— de sentidos de diferentes significantes a través de su inscripción en un discurso determinado, siempre en competición con otros y que determina la subjetivación de los individuos. Este juego de subjetivaciones se torna así una lucha permanente por las posiciones éticas y morales, que hacen que los puntos de referencia de lo bueno y lo malo no estén determinados a priori. Con todo ello, quien domina el juego político de significación define las reglas del propio juego. Esto es lo que se denomina la lógica hegemónica: la operación por medio de la cual un particular ocupa lo universal fijando el campo de la significación de manera momentánea, considerando además que, según Laclau, esta es la que gobierna toda intervención política y que es a través de la cual se ponen en juego los proyectos políticos en competición, se establecen alianzas y se delinean las fronteras de la acción política.

Mediante este ejercicio discursivo, los movimientos políticos intentan que distintos se reconozcan como sujetos y se constituyen con una identidad determinada. Se lleva a cabo mediante el despliegue de determinados elementos en los que el sujeto se ve identificado. Durante la interpelación, se ponen en juego elementos que aluden a las condiciones de vida de los sujetos y se proponen estrategias de resolución de las mismas articulando ideales de plenitud que ofrecen motivaciones para unirse a su fuerza política emisora y hacen que determinadas acciones en su nombre sean legítimas. Este proceso afecta tanto el ámbito de lo racional como el de los deseos, pues los sujetos buscan constantemente modelos identificatorios en los cuales reconocerse con el objetivo de llenar la falta estructural de integración en la sociedad, de acuerdo con Žižek. Ello permite diferenciar los movimientos populistas entre sí, es la forma en la que llevan a cabo estas estrategias y en la que articulan la reincorporación de las masas populares al escenario político y determina quiénes son incluidos o excluidos dentro de las mismas.

La semilla del populismo: las crisis del sistema

Si algo une a todos los movimientos populistas es que despegan en momentos de crisis sistémica, en los que las élites, instituciones y actores políticos y económicos tradicionales se ven totalmente deslegitimados como representantes de la ciudadanía, principalmente por ser incapaces de satisfacer las demandas y las necesidades de la población durante un período turbulento o especialmente complejo: destape de casos de corrupción, altos niveles de paro, amenazas terroristas o incluso conflictos bélicos. En esos contextos políticos, el carácter de outsider se convierte en la condición de posibilidad para la irrupción en la escena política.

En palabras de Albiac y Jiménez, «la ruptura o el desvanecimiento de los relatos tradicionales que servían para repartir las posiciones políticas ‘respetables’ favorece, en diversa medida, la promoción de proyectos políticos que articulen nuevos alineamientos, que se repartan de nuevo las posiciones, e incluso que se dé lugar a nuevas identidades políticas y sociales». El proceso de ruptura hace colapsar los cimientos vitales de millones de personas y acaba con el sentido que hasta el momento habían dado a sus vidas, con sus objetivos vitales y con las esperanzas que hasta entonces el sistema liberal, democrático y capitalista les había garantizado cumplir. La situación es obvia en el momento presente, cuando sistemas políticos de todo el mundo han terminado derivando en Estados nación inviables, democracias no representativas y enormes desigualdades de carácter socioeconómico. En un contexto como este, con poblaciones desorientadas identitariamente e incapaces de ver sus necesidades fisiológicas y psicológicas satisfechas, las posiciones innovadoras —extremistas en muchas ocasiones— calan de manera eficaz. Frente a la desesperante realidad, los recién llegados a la arena política proponen un regreso a una era dorada que permita la salvación individual y colectiva de la sociedad, un proceso que en ocasiones requiere de la violencia en diversos grados y que se articula con ciertas diferencias según las coordenadas geográficas y culturales en las que tenga lugar.

Si existe un proceso que alimenta sin cesar los movimientos populistas es la globalización, promulgada desde los centros de poder internacionales como garantía de bienestar económico y asociada en muchas ocasiones al advenimiento de la democracia. Sin embargo, lo cierto es que Occidente parece haber olvidado que con el desarrollo tecnológico capitalista y los avances y retrocesos políticos y sociales que han ocurrido en su seno vinieron también grandes desigualdades, episodios de violencia —dos guerras mundiales son testigos de ello—, la explotación sistemática de pueblos y la destrucción de lazos sociales preexistentes.

Por otra parte, lo cierto es que nunca antes en la Historia un número tan alto de seres humanos habían tenido un tiempo, una realidad, común, así como una consciencia colectiva de humanidad, una realidad en la que la información recorre el planeta en instantes y en la que los descubrimientos —y también las catástrofes— se sienten de manera inmediata tanto si ocurren en el país vecino como en los antípodas. En este contexto, los avances tecnológicos y los capitales fluyen de un punto a otro sin prácticamente ninguna regulación, al igual que los retos y las amenazas, pero son unos los que acaparan los beneficios derivados de ello y otros los que sufren las consecuencias perjudiciales para la vida al exacerbarse la acumulación del capital en unos pocos centros y el aumento de las desigualdades. Las capas sociales más humildes a nivel mundial, las menos formadas y las más vulnerables, son las que cargan con la parte negativa de la balanza, y es entre sus filas donde se crea el caldo de cultivo idóneo para alimentar las filas de los movimientos populistas

El discurso del Estado Islámico

Desde las primeras páginas del primer número de Dabiq se configura una imagen idealizada del proyecto del califato: se muestra un proyecto sin fisuras, marcado por la fraternidad entre combatientes, unidos bajo una misma bandera Así, el primer pilar del discurso del EI y alrededor del cual se trazan el resto de líneas es claro: o nosotros o ellos —«nosotros o el diluvio»—, la estabilidad, el orden, la justicia y la verdad frente al caos y la hipocresía. La estrategia se desarrolla mediante la vinculación directa y constante con valores morales e imágenes de tipo positivo a la vez que ridiculiza y deja en evidencia al bando contrario. Esta bipolarización de la realidad es común en todos los populismos y es uno de los pilares sobre los que se construye el edificio de su ideología.

A su vez, el Dáesh se presenta como un proyecto alternativo de carácter antinacionalista que pretende rebasar las fronteras impuestas a la umma —la comunidad de todos los musulmanes del mundo— por los poderes coloniales. Para conseguirlo, el Dáesh nombra todos y cada uno de los conflictos, debates ideológicos o situaciones de injusticia en las que estén envueltos los musulmanes, ya sea para desacreditar, para demostrar la superioridad de su perspectiva o para dar apoyo a determinados grupos. Asimismo, el EI va aumentando el público al que se dirige, con el número 13 de la revista ya en inglés, árabe, francés, ruso y turco. De esta forma, el grupo busca un número cada vez mayor de destinatarios y toma partido en todos los contextos del escenario internacional, evitando que nadie escape a su discurso, evitando ser ignorado. Con todo ello, el Dáesh sienta los cimientos de su proyecto hegemónico ocupando el mayor espacio político posible, eliminando a rivales e introduciendo su mensaje revolucionario anti-stablishment en todos los contextos.

Una de las tácticas discursivas que el Dáesh utiliza es otorgar a su misión política un carácter exclusivo y especial: participar en ella significa formar parte de una minoría de elegidos que, guiados por la fe, se unen a un proyecto en un país lejano al que acuden tras escuchar la llamada de alguien a quien no han visto o conocido nunca. Son, en su mayoría, hombres especiales y únicos, que han abandonado su tierra y sus familias — sus tribus— por la causa mayor del califato. Eso los convierte en moralmente superiores, homenajeados en vida como combatientes y tras su muerte como mártires, representantes de los valores genuinos del Dáesh. Así, el propio movimiento deja claro que no hay Dáesh sin combatientes, lo que conduce a la definición del califato como «un edificio construido sobre las calaveras de los mártires». Con todo ello, desde el principio se despliega un imaginario de tipo épico y colectivo convertido en una tipología de interpelación que, coincidiendo con la explicación de Padierna, «hace referencia a las condiciones materiales de los sujetos a los que se dirige, propone soluciones a las mismas y articula una serie de ideales de plenitud que ofrecen motivaciones».

En oposición a la degradación social a la que se ve sometida la umma en todos los rincones del mundo, el EI se propone como una alternativa a los Estados promocionándose como un sistema capaz de prestar servicios sociales e inclusión y en cuyo seno hay igualdad, seguridad y solidaridad, además de resaltar la igualdad en el acceso al sistema sanitario de los habitantes del califato y ofrecer programas formativos en enfermería y medicina tanto para hombres como para mujeres. Asimismo, el EI consigue articular un discurso antirracista al dejar claro que no existe lugar para la segregación racial dentro del islam. Unirse a la hijra significa renunciar a la etnia, a la nación y a todos los lazos anteriores y sustituirlos por la lealtad exclusiva hacia la umma, dentro de la cual reina un total cosmopolitismo. En definitiva, lo que consigue el Dáesh mediante la articulación de estas ideas es común a muchos movimientos populistas: la idealización de una forma de vida, de una época de oro a la que volver, y la delimitación de quién conforma el pueblo y qué cualidades especiales tienen sus componentes, todo ello intercalado con una directa y profunda crítica al sistema imperante y a las élites que lo dominan.

El ‘pueblo’ del Estado Islámico

Abraham Maslow, psicólogo de la universidad de Brandeis, estableció una jerarquía entre las necesidades humanas básicas y sus fuentes de satisfacción. Aunque admitía que muchas de estas dependen de factores culturales, como la religión, su conclusión fue que las necesidades fisiológicas son la verdadera prioridad, es decir, lo que el cuerpo necesita para vivir: comida y agua. Cuando todas las necesidades se encuentran insatisfechas, las no fisiológicas desaparecen o, desde luego, pasan a un segundo plano; una vez satisfechas es cuando se abre espacio para otras con mayor función social, que, siguiendo a Herbert Kelman, podríamos denominar necesidades psicológicas colectivas, las cuales incluyen la necesidad de una identidad, de seguridad, reconocimiento participación social, dignidad y justicia. La gran victoria del Dáesh es la de haber sabido —y podido— satisfacer ambas esferas de las necesidades humanas, pero con una diferencia: la increíble importancia que ha dado a las necesidades más abstractas ha conseguido revertir en cierta medida la jerarquía de Maslow al hacer que los individuos captados por el grupo estén dispuestos a dejar sus necesidades fisiológicas a un lado e incluso a sacrificar su vida.

El fenómeno del Dáesh enraíza en las características de la sociedad moderna, especialmente con las condiciones psicológicas y materiales de su principal objetivo que interpelar: los jóvenes criados en sociedades occidentales descendientes de familias migrantes de tradición musulmana. Es un fenómeno que, por lo tanto, depende del presente contexto social e internacional y de las formas de subcultura juvenil que emergen en su seno, lo que permite considerarlo un fenómeno generacional. Se trata de una generación de ciudadanos de ascendencia no europea que se enfrenta a diversos retos; muchos de ellos se encuentran en los escalafones más bajos de la sociedad y deben enfrentar graves procesos de exclusión y xenofobia, altos niveles de paro, problemas de vivienda y deficiencias educativas. Los que han logrado evitar y superar estas trabas se encuentran en medio de las incesantes corrientes de la globalización, que disipan los puntos de referencia identitaria. A esto se suma el hecho de que, si bien su conocimiento y práctica de la religión suelen ser mínimos o nulos, han sido forzados a participar en un reduccionista debate acerca de la compatibilidad de los valores del islam y los de Occidente.

En resumen, aunque precarios, estos jóvenes tienen sus necesidades fisiológicas cubiertas; es en el ámbito de lo psicológico, de lo emocional y de lo identitario donde sienten una falta. Y es en ese hueco por donde penetra el discurso del Dáesh. Lo que les queda, siguiendo las palabras de Sáez Mateu, es una «identidad triste», vergonzosa, casi indigna, en la que se ven estancados y que no puede sino ser sustituida por una identidad inventada más cómoda que la impuesta, algo que también ocurre a las masas de jóvenes desempleados del mundo árabe, atrapadas entre la represión gubernamental y la ausencia de un futuro a la vista. Este es el punto en el que comienza la carrera por la significación identitaria y donde el EI entra en escena. Por medio de su discurso interpelador, el EI ofrece un amarre, un futuro, una salida hacia adelante. Así, frente a lo que podría parecer puro nihilismo al entregarse a una tarea que con muchas probabilidades los llevará a la inmolación o directamente a la muerte, lo que realmente alimenta el discurso exhortativo del EI es el narcisismo, un elemento que además es motivado constantemente por la cultura de masas en las sociedades occidentales y del cual se los ha excluido.

Con todo ello, lo que el EI ofrece es lo que Padierna denomina «ser la voz en la narración», un constructo por el que se incluye a determinados actores en los espacios de decisión de la cuestión política como respuesta a un estatus previo de subalternidad. En definitiva, se les da oportunidad de ser verdaderos agentes de su vida y de controlar su destino, como afirma Žižek, de llenar una falta estructural al plantearles un modelo alternativo que ofrece lo que les gustaría ser —identificación imaginaria— y cómo quieren ser vistos —identificación simbólica—. En este caso, el EI plantea una tarea heroica que realizar y un modelo de vida alternativo, valioso y ejemplar, además de una justicia social y una equidad de las que carecen en su entorno inmediato. Con todos estos elementos, que adquieren la función de puntos nodales, los receptores quedan atrapados por la interpelación. En definitiva, en palabras de Laclau y afianzando la tesis del carácter populista del discurso del EI, «cuando las masas populares que habían estado excluidas se incorporan a la arena política, aparecen formas de liderazgo que no son ortodoxas desde el punto de vista liberal democrático, como el populismo»

El acento del proyecto está, por lo tanto, en el pueblo, y el pueblo que el EI define es uno formado por héroes, múltiples e individuales. Los individuos se convierten en bandera de los ideales del EI, herederos de una misión confrontadora iniciada por los propios profetas y de la cual son la culminación.

Como otros movimientos populistas modernos, el EI no hace sino enarbolar una respuesta crítica al sistema existente oponiendo una alternativa que ofrece un mayor poder para los individuos. Y, como ocurre con la mayoría de los movimientos populistas, su forma de hacerlo es propugnando un discurso entre los de abajo y los de arriba. En el caso que nos incumbe, el EI lleva a cabo este proceso a nivel global. Se sitúa con los de abajo, con una umma humillada y despreciada en cada rincón del planeta y a la que se ha expoliado de sus recursos, y les ofrece la oportunidad de desquitarse de sus ofensas y de redimirse de su pasividad, derrotas o traiciones. Arriba sitúa al enemigo que abatir: las grandes potencias internacionales, los regímenes árabes vendidos al invasor, los líderes del opresor mercado capitalista y de las instituciones financieras internacionales. Sin lugar a dudas, cumple con el núcleo denso del populismo, es decir, con «la interpelación del pueblo por parte de un líder carismático por medio de una movilización directa que postula la regeneración de la comunidad popular idealizada».

Conclusiones

Aunque por el contexto y el tipo de discurso que desarrollan los actuales movimientos populistas pudieran recordar al fascismo, es necesario remarcar las diferencias. Los fascismos se oponían al liberalismo, a la democracia y al capitalismo; apostaban por una revolución que sustituiría la democracia liberal por un nuevo orden político que permitiría configurar una nación —en los términos particulares de cada movimiento— pura y unificada bajo la guía de un líder carismático. Esto es algo que no puede decirse de los movimientos populistas actuales. Puede que quieran limitar la democracia, pero no terminar con ella, o poner freno a la economía neoliberal y recuperar el papel preponderante del Estado nación, pero en ningún caso quieren acabar con el capitalismo ni poner fin a la democracia representativa —aunque sí tal vez quién accede a la misma—. De hecho, su crítica al sistema es, generalmente, imprecisa y vaga. El caso del Dáesh es distinto, pues nace fuera de la democracia y en oposición a ella, pudiendo tal vez considerarse fascista, pero con importantes diferencias. En primer lugar, no ponen acento en el Estado nación, dado que es precisamente esta división territorial del mundo la que quieren hacer desaparecer, ni en la etnia o la raza, pues es la religión la que ocupa el centro de su ideología. Por otra parte, la figura del líder es sustituible; por poner un ejemplo, Abu Bakr al Bagdadi es sin duda de enorme importancia, pero carece del culto personalista que líderes fascistas como Mussolini o Hitler tuvieron dentro de los movimientos fascistas. Los tiempos en los que los fascismos emergieron tienen sin duda analogías con el presente: masivos e incontrolados movimientos migratorios, cambios vitales y culturales constantes, inestabilidad económica y política —piénsese en las primaveras árabes—. Los fascistas, al igual que el Dáesh y los movimientos populistas europeos, prometen proteger a los ciudadanos —los que lo sean según su definición— poniendo fin a las divisiones y a los conflictos en su seno y garantizando que tienen los recursos que se merecen, así como prometen devolver el orgullo y el poder a colectivos largo tiempo excluidos. Por todo ello, habiendo analizado las características fundamentales del discurso del Dáesh, podemos afirmar que se trata de un movimiento populista islámico que marca una línea diferenciadora con los movimientos yihadistas anteriores. Se trata, además, de un fenómeno inscrito en el mundo de la economía globalizada y de las nuevas tecnologías de la comunicación, sin las cuales no puede entenderse. Por último, cabe remarcar las similitudes con los movimientos fascistas clásicos por su tendencia crítica radical-revolucionaria para con el sistema, el cual pretende sustituir por algo totalmente nuevo.i

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