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¿Volverá Turquía a revivir sus gloriosos años del Imperio Otomano?
(Foto: Observer)

¿Volverá Turquía a revivir sus gloriosos años del Imperio Otomano?

Durante los últimos 14 años, Turquía ha evolucionado de manera determinante en todos los ámbitos. Erdogan pretende replicar los siglos gloriosos del Imperio otomano, y por ello está transformando su política exterior en lo que se puede denominar como neo-otomanismo, que implica ser más influyente, nacionalista y asertiva en el exterior y más anti kurda, e igualmente nacionalista, en el interior.

Introducción

El famoso politólogo y profesor de la Universidad de Harvard, Samuel Huntington, en su célebre libro El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, definía a Turquía como un país doblemente desgarrado.

En primer lugar por el eterno enfrentamiento entre las dos comunidades dominantes, turcos y kurdos, un choque entre dos nacionalismos muy acentuados con una gran identidad y que se retroalimentan en el rechazo y exclusión del otro, donde cualquier intento kurdo por ganar en autonomía es visto como un avance hacia la ansiada independencia y, por tanto, como una amenaza a la integridad territorial.

En segundo lugar, la sociedad ha estado muy polarizada debido al proceso de secularización de las primeras décadas de la República Kemalista y la culturización según el islam tan patente durante los últimos 15 años. Hubo diferencias muy acentuadas entre una élite política laica y occidentalizada, y una sociedad cada vez más islamizada. Kemal Atatürk, el padre fundador de la República que se instaló en Turquía en 1923, persiguió con ahínco la modernización del país para acercarlo a los modelos occidentales. Pretendió crear un Estado nación moderno y para ello necesitaba reconvertir las instituciones del Imperio.

Durante la última etapa de este, ya se había producido alguna modernización, además de detracción de poderes al sultán. También había habido movimientos constitucionalistas y asamblearios, de tal forma, que el gran visir (el equivalente a primer ministro) fue adquiriendo más poderes. Así, en esa transformación, el presidente ocupaba el puesto del sultán, el gran visir, sería primer ministro y la Gran Asamblea Nacional de Turquía, que se había constituido en el año 1920 en Ankara, era donde estaba representada la voluntad popular.

Para ello se redactó la primera Constitución y se separó el Estado de las influencias religiosas. Esto es, los dogmas religiosos no influenciarían las nuevas leyes.

Mustafa Kemal consideró el secularismo y la occidentalización como principios básicos para consolidar el nuevo régimen post-otomano. Para ello, se lanzó a promover leyes revolucionarias basadas en las vigentes en países como Francia o Reino Unido, entre las que las más destacables fueron: impuso el cambio de alfabeto arábigo al latino, aplicó legislación diversa sobre igualdad de derechos de la mujer, se adoptaron los códigos civiles y mercantiles de Francia y Suiza, cambió el calendario, la vestimenta, prohibió la llamada a la oración en árabe, aplicó cambios en costumbres y en el ocio, etc.

En su empeño por pasar de un imperio decadente y agónico a una nación insertada en la era moderna, estableció un nuevo régimen autoritario, despótico, con rasgos y simbología nacionalistas, pero de corte occidental.

Desde el principio, el padre de la nueva nación veía a la religión como un impedimento para la modernización del país, y en consecuencia, impuso restricciones a la práctica del islam, estableció para su control el Ministerio de Asuntos Religiosos, proceso de secularización que consolidó en la década de los años treinta con la definitiva separación religión-Estado.

Mustafa Kemal Atatürk

Esto no dejó de provocar fricciones y una relación tensa con una población que en un 98 % era musulmana muy practicante y muy consciente de la interiorización de los valores del islam. Attatürk controló el islam oficial de palacio pero no el rural, del que años más tarde emergerían las contra élites y las corrientes islamistas.

Dos fueron los pilares que sostuvieron durante ocho décadas la República, por un lado una administración civil eficiente, el establishment kemalista, compuesto por militares, académicos, intelectuales, jueces, etc., que intentaba aproximarse a los modelos de Occidente, pero sin desvirtuar la esencia autoritaria del régimen.

Por otro, y más importante, el Ejército, instrumento esencial para el impulso modernista, garante principal del nuevo sistema político, que ejerció una influencia política fundamental, en especial hasta el comienzo de la implantación del multipartidismo a principios de los cincuenta.

Este actor ha intervenido en varias ocasiones para sacar el país del descontrol político y de la corrupción, en tal sentido, cuatro han sido los casos en que ha provocado golpes de Estado al objeto de mantener a la nación alejada de situaciones caóticas o de derivas islamistas.

La vida política turca ha girado en torno a la tutela de las Fuerzas Armadas (FAS) y los golpes de Estado, destacando el posmoderno de 1998 que hizo caer al Gobierno islamista de Erbakan. En todos ellos ha ejercido el poder durante cortos períodos de tiempo para proceder de nuevo a su transferencia al poder civil, pero siempre sin dejar de abandonar su posición vigilante e influyente.

Esa influencia la ha ejercido a través del Consejo de Seguridad Nacional, el MGK, el cual tenía poder de veto y cuyo dominio reservado estaba recogido en la Constitución. Esto fue revisado por Erdogan cuando comenzó a quitar poderes a las FF. AA.

Sin embargo, cuando Huntington escribió el citado libro, todavía no había conseguido alcanzar el poder el actual partido gobernante Justicia y Desarrollo, AKP (siglas en turco), y el presidente Racyp Erdogan, al principio un conservador y reformador.

Su principal objetivo, aunque tardó en atisbarse con nitidez, fue la islamización progresiva de la sociedad turca y todos los resortes del poder de la nación.

Con ello, el segundo desgarro al que se hacía alusión en párrafos anteriores empezó a desdibujarse, y esas diferencias irreconciliables entre el pueblo y el establishment comenzaron a diluirse a medida que Erdogan se afianzaba en el poder.

Ello se vio favorecido por una situación económica en ascenso que caracterizó sus primeros años como primer ministro con crecimientos del PIB que se acercaban anualmente a los dos dígitos, de hecho Turquía ha ocupado el puesto 17 en la economía mundial y es un país emergente.

Erdogan aprovechó la bonanza económica para venderla ante su pueblo y para fijar como objetivo estratégico el establecimiento de su país como un enclave estratégico de comunicaciones, apoyado por un ambicioso plan de infraestructuras, así como una nación sostenida por un sistema de seguridad moderno y eficaz, complementado por una industria de defensa propia y solvente, con una sólida base tecnológica, y que le permita todo ello un reforzamiento como nación en todos los ámbitos en el exterior.

Erdogan renegó del kemalismo y de la fuerte tradición secular que había caracterizado a la República, forzó la desaparición de la simbología kemalista e inició la islamización de las élites en todos los sectores sociales, incluyendo las FF. AA., que como ya se ha señalado, fue el principal instrumento garantista del anterior régimen.

Turquía tiene ya poco que ver con la nación que era antes de Erdogan si nos referimos al plano interno por su deriva tanto islamista como autoritaria, bajo la guía y tutela intensa de su presidente.

A su vez, esos cambios en su casa han tenido una gran repercusión en la acción exterior turca y su nueva política con EE. UU. y sus vecinos, y muy en particular con Europa, y, sobre todo, con Oriente Medio, pero también con los países de Asia Central, donde se encuentran realmente los orígenes del pueblo turco.

En este sentido, se puede afirmar que Turquía ha vuelto a la región, de la cual se mantuvo ausente desde la desaparición de la Sublime Puerta, y ha retornado con mucha fuerza, para quedarse y para ser un actor regional influyente de primer orden, compitiendo con el resto de potencias regionales, principalmente con el Irán chiita y con el sunnita reino saudí.

El resurgimiento turco en Oriente Medio provoca el recelo en la mayor parte de los países, o mejor, pueblos, árabes, que ven con gran suspicacia la implicación turca en la región, debido a su pesado ascendente como consecuencia de los largos siglos de la dominación del sultán de Istambul. Es lo que muchos analistas de diversos think tanks vienen a llamar esa nueva política en su vecindario como un nuevo otomanismo, el denominado neo-otomanismo.

Pero también es cierto que Turquía ha reorientado su política exterior en Oriente Medio porque es en esta región donde se tiene que enfrentar a las actuales amenazas y desafíos que comprometen su seguridad.

La política exterior turca de los últimos años también ha dado como resultado un alejamiento, cuanto menos preocupante, de Occidente, tanto de la Unión Europea (UE) como de EE. UU., país en el cual depositó gran parte de su seguridad durante las décadas de la Guerra Fría.

En esa política exterior que está forjando durante los últimos años se está configurando una identidad religiosa frente a una identidad laica. La construcción de esa identidad laica y de aproximación a Occidente le hizo en su momento pertenecer a todas las organizaciones occidentales: OTAN, OSCE, OCDE, Consejo de Europa, etc. El problema está ahora en la identidad y el viraje hacia sus intereses en otros países y seguir perteneciendo a la OTAN. Digamos que ha habido una reconstrucción en las relaciones internacionales.

Además, Turquía ha vuelto su mirada, de manera sorprendente, a Moscú, su némesis, su eterno enemigo, con el cual lleva camino de establecer una relación estratégica duradera e intensa, al menos en apariencia. Erdogan ha tenido como referencia a Putin y su sistema presidencialista para avanzar hacia ello en su propio país desde el primer momento que accedió al poder, y, finalmente, lo ha conseguido y ha establecido este tipo de régimen donde el presidente va a gozar de poderes similares al premier ruso.

Esta relación ruso–turca que, a pesar de sus altibajos, algunos de ellos incluso peligrosos, está estableciendo unos lazos de carácter, no sólo económicos y energéticos, sino también otros que le afectan a la seguridad estratégica de ambos actores, y que pueden hacer surgir un reparto de áreas de influencia a cuenta del conflicto sirio que comenzó siendo local, para transformarse en regional, pero con gran implicación de actores globales, o que aspiran a serlo.

Turquía, con su ambigüedad desplegada en los últimos tiempos, se ha convertido en un socio incómodo dentro de la Alianza Atlántica, donde ingresó en 1952, precisamente por el temor que le profesaba a su adversario estratégico, la Unión Soviética, y para hacer descansar sobre la OTAN, y más en especial sobre la VI Flota norteamericana, la gran responsabilidad de controlar los estrechos que constreñían la salida al mar Mediterráneo de la 5ª Escuadra naval soviética.

Asimismo, se puede contemplar con desazón, según cómo y por quien se mire, como el país se encuentra en la actualidad mucho más alejado de la UE que hace una década y media. Y ello bajo la sombra de un acuerdo sobre el control del flujo de refugiados hacia Europa desde las costas de Éfeso y el mar Egeo. Si bien el apoyo de los turcos al ingreso en la Unión era del 80 % en 2005, ahora las cifras han cambiado mucho, y a ello también ha contribuido los sucesivos «no» de la UE.

Da la impresión, como así parece ser, de que Turquía no quiere ingresar en la UE, un club de naciones, que, en definitiva, no deja de tener sus raíces en una cultura política que separa el poder político de la práctica religiosa, aunque también se puede percibir que desde Europa nunca se contemplaba realmente a Turquía como miembro de pleno derecho en el seno de ese club de la Unión.

Se ha de mencionar la persistente obsesión de Turquía, el contencioso con el pueblo kurdo, un conflicto que se puede encajar tanto en el plano interno como en el externo. A pesar de que afecta de manera decisiva a las decisiones en política doméstica, no se debe olvidar que su política exterior está condicionada en gran medida por su relación con los kurdos, no solo con los de Turquía, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), sino con los de las naciones circundantes, sobre todo los kurdos de la Rojava, la región norte de Siria, que constituye la franja que recorre la frontera sirio – turca, casi controlada en su totalidad por las Fuerzas de Protección Popular (PYD/YPG). También con el Kurdish Regional Government (KRG) de Irak, con los que mantiene una relación fructífera y de conveniencia que le sirve a Ankara para presionar al Gobierno de Bagdad, próximo a Teherán, y para aprovecharse de ser la vía de salida del petróleo de la región de Erbil.

En este artículo, se pretende, en su primera parte, profundizar en los grandes cambios que han tenido lugar en la nación turca desde que Erdogan llegó al poder hace ya 14 años. Cómo se ha ido islamizando la sociedad y las élites de forma progresiva, y cómo el nuevo sistema va derivando con intensidad hacia un autoritarismo, que conlleva purgas masivas entre las oligarquías y en todos los sectores y resortes del poder que han dominado la vida social y política del país durante los años de la República de Atatürk.

Dicho proceso se ha impulsado de forma preocupante después del intento de golpe de Estado que tuvo lugar en julio de 2016, bajo indicios que hacen sospechar que quizá haya sido patrocinado y lanzado desde los propios órganos de poder controlados por el presidente.

En la segunda parte, se trata la política exterior desplegada por Erdogan a lo largo de los años de su mandato, tanto como primer ministro como durante su actual presidencia, que se antoja muy larga después del voto afirmativo en el referéndum del 16 de abril a fin de aprobar los cambios constitucionales que le otorgan grandes poderes al presidente.

Su acción exterior ha ido evolucionando a lo largo de estos 14 años desde la postura de «cero problemas con sus vecinos», hereditaria de la máxima de Kemal Atatürk: «paz en casa, paz en el exterior», a una nueva que entraña una creciente implicación en los problemas y conflictos de la región, no sólo de Oriente Medio, sino en todo MENA (Middle East, North Africa), no hay más que fijarse en el apoyo a las milicias y grupos armados ligados a los Hermanos Musulmanes en Libia, por poner un ejemplo ilustrativo.

También se ha de tratar los inquietantes cambios en sus relaciones con Occidente, Rusia, e incluso China, actor este último que poco a poco se va abriendo también su hueco para ocupar parte de los vacíos que se han ido produciendo en la región por parte de la Administración Obama.

No solo es inquietante el creciente retraimiento norteamericano como consecuencia de su agotamiento estratégico debido a las guerras de Irak y Afganistán, así como su intención de ir pivotando a la región Asia – Pacífico, también sugiere interrogantes la tendencia de la nueva administración Trump de aislacionismo y su todavía incierta política exterior.

Finalmente, se expondrán unas conclusiones sobre cómo ha cambiado el país dejando atrás ese carácter secular, propio de las más de ocho décadas de kemalismo desde que Atatürk fundó la nueva República en 1923 tras los Tratados de Sevres y Lausanna en los que los occidentales consumaron el fin del imperio de la Sublime Puerta.

Erdogan reniega del kemalismo

Desde una democracia defectiva a un sistema autoritario

El sistema político que se instauró con Kemal Atatürk fue un autoritarismo que rompió con el pasado otomano y que fue derivando de forma progresiva, sobre todo a partir de la década de los cincuenta con la implantación del multipartidismo, hacia una democracia defectiva, liberal y tutelada.

Hubo varios golpes de Estado que demostraron como el Ejército era el garante del carácter secular del régimen así como el instrumento encargado de asegurar que el islam quedase alejado de la política y que no sea cuestionada la naturaleza unitaria de la nación, donde los nacionalismos periféricos quedasen controlados, y más en particular el kurdo.

El primer golpe se produjo en 1960 y la constitución que se redacta después fue paradójicamente más liberal que la anterior y produjo avances en muchas cuestiones, pero también fue la que introdujo el órgano por excelencia que iba a ejercer el tutelaje, el Consejo de Seguridad Nacional, MGK.

Después del golpe de septiembre de 1980, el más duro hasta entonces, fue cuando comenzó a acelerarse la liberalización económica, aunque acompañada de restricciones políticas, se ilegalizaron los partidos, aunque años más tarde traería consigo una mayor proliferación de formaciones políticas.

Se va estableciendo un sistema político de carácter moderado, semiliberal y seguía sometido al tutelaje, con los defectos característicos de una democracia defectiva, como por ejemplo la dificultad de cumplir con los derechos políticos, como es el caso de la libertad de prensa, la deficiente implementación del Estado de derecho, la limitada transparencia, corrupción y acceso a la justicia, etc.7 Los diferentes derechos estaban recogidos por ley, pero en la práctica estaban garantizados de manera muy limitada.

Durante los años ochenta se consolidaría la primera formación islamista, el Partido del Bienestar, liderada por Necmettin Erbakan, padre político del Erdogan9 . Aunque creado en los años setenta, fue en 1995 cuando ganó las elecciones y ejerció como primer ministro hasta el golpe que tuvo lugar en 1998 para frenar el avance islamista, conocido como el golpe postmoderno, en el cual Erbakan fue destituido y apartado de la política.

A la izquierda, Necmettin Erbakan, primer líder de un partido político islamista en ganar unas elecciones generales en Turquía. A la derecha, el expresidente Abdullah Gül y su primer ministro Erdogan, ambos hijos políticos de Erbakan, tocan su féretro.

En las elecciones de 2002 el AKP es el partido vencedor, formación conservadora de Erdogan que se escindió del anterior grupo político de Erbakan.

No cabe duda que la experiencia del golpe de Estado posmoderno de 1997, que acabó con el primer ministro Erbakan, había dejado una huella indeleble en las mentes de los nuevos líderes del partido que acababa de acceder al poder.

Esta será una de las razones que le lleva al AKP a mostrarse muy prudente y moderado al principio. Por ejemplo, se manifestaron de manera muy cauta sobre el uso del velo así como sobre los derechos humanos y la libertad de conciencia. Por otra parte, su programa incidió en acabar con la pobreza promoviendo el crecimiento económico y un mejor reparto de la riqueza.

Sin embargo, a pesar de su espíritu renovador, el AKP despertó desde un principio muchas suspicacias en los sectores secularistas de la nación, incluso desde su misma creación10 .

Durante la primera legislatura (2002-2007), conocida como la etapa dorada, tuvieron lugar muchos avances y reformas, motivados por el objetivo de acceder a la Unión. Durante este período se estableció la apertura de las negociaciones con Bruselas así como se apoyó por parte del Gobierno el plan de la ONU para la reunificación de la isla de Chipre en 2004.

Al final de esta etapa se ralentiza el ritmo de reformas y fue a partir del 2007, recién conseguida una nueva mayoría absoluta, cuando comienza a dejar de lado el lenguaje de consenso para ir haciéndose poco a poco más excluyente y arrogante. También se empieza a percibir con mayor claridad la deriva islamista del régimen de Erdogan. Sirva como ejemplo que en la universidad se va a permitir el uso del velo, previo cambio constitucional.

Asimismo, se presenta por primera vez un candidato islamista a la presidencia de la nación, Abdullah Gül, el cual ejerció dicho cargo hasta que Erdogan accedió en agosto de 2014. Ello provocó que surgiese un cuestionamiento de la democracia turca tanto en el interior como en el exterior de sus fronteras.

Desde que accedió a la presidencia, Erdogan está acelerando, en especial después del fallido intento de golpe de Estado de julio de 2016, el proceso de consolidación de la versión más islamo-conservadora del nacionalismo turco. El objeto es concentrar el poder en torno a su persona y limitar el pluralismo del espectro político, a fin de transitar hacia un sistema autoritario que acabe con cualquier obstáculo que pueda suponer un riesgo para su permanencia en la jefatura del Estado.

Una sociedad más islamizada

«La occidentalización planteó graves problemas de identidad a un pueblo que, después de todo, procede de Asia, profesó el islam y perteneció por tradición durante muchos siglos al mundo islámico de Oriente Próximo, donde los otomanos fueron líderes inamovibles»13 . Bernard Lewis, The emergence of modern Turkey

11 de febrero de 2011, el presidente egipcio Hosni Mubarak es depuesto y expulsado del país después de una dura represión para intentar desactivar las revueltas que se iniciaron el 25 de enero en la plaza Tahir de El Cairo y en otras ciudades, siguiendo el ejemplo de Túnez, primer país en enfrentarse a la ola de sucesos que afectaron a todo el mundo árabe sin excepción, desde Rabat en Marruecos a Sanaa en Yemen.

Año y medio más tarde, en junio de 2012, Mohamed Morsi gana las primeras elecciones después de iniciarse las revueltas y los Hermanos Musulmanes se hacen con el poder. Su mandato duraría tan solo un año, ya que en julio de 2013 su propio ministro de Defensa, el mariscal Abdelfatah Al-Sisi, lleva a cabo un golpe de Estado. Se acababa así con un Gobierno elegido democráticamente y legitimado en origen, pero con un proyecto antidemocrático por el que fue fuertemente rechazado por una parte importante de la sociedad egipcia que salió a la calle para oponerse a las imposiciones de los Hermanos Musulmanes.

Cuando la población egipcia otorgó su apoyo en las elecciones a los Hermanos Musulmanes, lo que buscaban era conseguir un mayor reparto igualitario de la riqueza y la mejora de las condiciones de vida de un pueblo, que había contemplado a lo largo de su historia reciente como los recursos económicos de la nación quedaban en manos de muy pocos y la pobreza se extendía a todos los ámbitos.

Sin embargo, se encontraron con que el nuevo Gobierno islamista de Morsi se centraba en cambiar la Constitución para afianzarse en el poder (por cierto, nada distinto de lo que hicieron sus predecesores) y aplicar un acelerado proceso de islamización de la sociedad, aunque con ello descuidase casi por completo la economía y la seguridad del país.

A pesar de que el caso egipcio es de una gran complejidad y se ha explicado en los párrafos anteriores de forma simplista y muy resumida, se considera su comparación con lo sucedido en Turquía. Las diferencias son muy acusadas, precisamente el gran error de Morsi y de los Hermanos Musulmanes fue no seguir el ejemplo turco que tanto éxito le está otorgando al AKP y a Erdogan desde 2003.

El presidente heredó una Turquía donde la corrupción se extendía por todo el país y cuya economía estaba casi en bancarrota, dependiente de los créditos del FMI y del Banco Mundial. El nuevo primer ministro se centró al principio en aplicar las medidas necesarias para encauzar una economía que languidecía y en mejorar de manera determinante las condiciones de vida de los turcos. Simultáneamente, y paso a paso, se iba a proceder a islamizar las élites políticas y la sociedad que, en gran parte, se identificaba con los valores propios del islam.

El islam es una religión, pero el islamismo no deja de ser una ideología, como en su día lo fueron el nacionalsocialismo, o el marxismo–leninismo, o incluso los nacionalismos. La intención de los patrocinadores de ideologías es transmitirla a las sociedades que dirigen. Por tanto, Erdogan, un islamista, en consecuencia, un ideólogo, lo que siempre ha pretendido desde el principio es islamizar a su pueblo.

La islamización lleva consigo el alejamiento de Occidente y la correspondiente negación de las esencias que han caracterizado la República Kemalista y secular. Esto no es nuevo, ya de hecho Erbakan veía a Turquía no integrada en las organizaciones occidentales y liderando el mundo musulmán, estableciendo como aliados fundamentales a Pakistán, Malasia, Egipto o Indonesia.

El que fuera primer ministro hasta su dimisión en mayo de 2016, Ahmet Davutogl, llegó a manifestar que era consciente de la incompatibilidad e imposibilidad de sostener el acercamiento o integración en las organizaciones occidentales con la deriva islamista del partido AKP.

Se puede apuntar y adelantar que es evidente que la progresiva islamización condiciona, y de hecho está condicionando, la política exterior de la nación turca, en un proceso de constructivismo de las relaciones internacionales, como ya se tratará en la segunda parte de este trabajo.

El ejecutivo fue aplicando medidas islamizadoras tanto religiosas como sociales, en especial a partir de la victoria en las urnas en 2007. Se citan como ejemplos el impulso de la multiplicación de mezquitas, restricciones sobre el consumo de alcohol, condenas por blasfemia, censura sobre los medios de comunicación, reformas del sistema educativo para potenciar la enseñanza religiosa, etc. Al principio fueron de la mano con los gülenistas hasta que se produjo la ruptura entre ellos en 2013, como consecuencia de la oposición de aquellos al acuerdo de paz con el PKK y también debido a las acusaciones de corrupción contra el Gobierno.

Conviene hacer hincapié en la persecución y acoso al que se están viendo sometidos los medios de comunicación que no son afines al Gobierno y son críticos con las políticas desarrolladas y futuras del presidente, que ha tomado como una de sus máximas el control del flujo de la información.

Turquía se ha convertido en uno de los países con mayor número de periodistas en prisión16, y cada vez que se produce un atentado se decreta un bloqueo informativo que deja las manos libres al Gobierno para dar su propia versión y controlar la mensajería que se proporciona a la población. Además, Erdogan acusa repetidamente a los medios gülenistas de unirse con el PKK para desestabilizar el Estado y de promover el terrorismo, mensajes que calan de forma plausible en la gente, especialmente en aquella con menor índice cultural y de profundos sentimientos nacionalistas. En este sentido, son muchos los ejemplos que denotan como se distorsiona la realidad con la información distribuida para satisfacer los propios intereses.

Erdogan contra las oligarquías burocratizadas

«My greatest opponent in the bureaucracy has always been the bureaucratic oligarchy. Politicians are only as successful to the degree that they defeat the bureaucratic oligarchy. This I believe».

Erdogan busca limpiar el camino de cualquier obstáculo que pueda constreñir o limitar su poder para hacerse con el control absoluto de la nación. Para ello, debía legitimar el sistema que quiere imponer mediante la celebración de un referéndum, el cual se tratará posteriormente, así como acabar con las oligarquías burocráticas que dominaban la vida política y social del anterior régimen.

El sistema kemalista estaba monopolizado por oligarquías y lobbies que controlaban los sectores sociales y los resortes del poder. Se citan ejemplos al respecto: los alevíes estaban muy asentados en la judicatura, los paramilitares del Partido del Movimiento Nacionalista Turco (MHP)20 eran fuertes en la policía y en las fuerzas de operaciones especiales del ejército, incluso los masones se decía que controlaban el cuerpo diplomático y el banco central, por no hablar de la amplia variedad de redes religiosas, como los mismos gülenistas, que formaban numerosas asociaciones culturales y sociales al objeto de influir sobre los diferentes sectores de la población.

Todavía está presente en las mentes de los turcos la imagen de los salones y cafés atestados de humo del tabaco de los generales, académicos, altos funcionarios y jueces, que se reunían para deliberar sobre ascensos, promociones, reparto de subvenciones y para determinar a quién depurar o no en función de si era comunista, islamista o si alguien representaba alguna amenaza a su monopolio exclusivo de un establishment bien asentado, pero que comenzó a experimentar su ocaso a mediados de los noventa.

Todos los partidos políticos han estado ligados de una forma o de otra a estos grupos de poder y se han retroalimentado mutuamente para beneficiarse y no permitir que nadie altere ni obstruya su monopolio y control.

Los islamistas siempre han sido mantenidos fuera del sistema por ser considerados como una amenaza, por tanto, y se reitera de nuevo, dado que Erdogan es un islamista, se evidencia el hecho que todos estos lobbies y grupos representan a los adversarios del propio presidente y sus seguidores, y él se ha propuesto terminar con todos ellos a fin de consolidar definitivamente su poder.

Cuando el AKP alcanzó el poder en 2003 y Erdogan tomó el cargo de primer ministro, comenzó a socavar el sistema, pero lo hizo al principio de forma muy suave y sutil para no despertar excesivos recelos en el establishment que pudiera provocar un golpe de Estado que acabase con sus aspiraciones, como ya ocurrió en su día con Erbakan a finales de los noventa.

Para ello, se apoyó en uno de esos grupos monopolizadores del poder en la sombra, concretamente en el Movimiento Fetullah Güllen. El AKP y Güllen fueron de la mano durante los primeros años del mandato de Erdogan para atacar el sistema kemalista y a los secularistas.

El partido se ocupaba de purgar con mucho tiento a militares, jueces, académicos, profesores, etc., y esos puestos, una vez vacíos, eran ocupados por gülenistas, de tal modo que lo que se estaba haciendo era cambiar unos oligarcas que se oponían a toda forma de islamismo en el sistema por otros afines al partido gobernante.

Esta cofradía, conocida como el Hizmet (servicio), no solamente consiguió importantes cuotas de poder e influencia en el interior de Turquía, también estableció una estructura en 170 países con más de 3.000 centros educativos con el objeto de impartir una enseñanza de élite, así como apoyar a los nacionales turcos dispersos por todo el mundo.

Güllen se presentaba en Occidente como un movimiento islámico, pero de carácter moderado y promotor del diálogo interreligioso, que además se esforzaba por establecer lazos con las comunidades locales, en especial las religiosas. En 2013, Erdogan y los suyos tomaron conciencia y se mostraron muy preocupados por el poder que habían alcanzado los gülenistas, ya que estos se volvieron demasiado peligrosos para el AKP y sus aspiraciones.

Tuvieron lugar las intensas y masivas protestas que se iniciaron en la plaza de Taksim en Estambul, oponiéndose a la construcción de un centro comercial en el parque, pero que se fueron extendiendo al resto de ciudades del país y convirtiendo en un movimiento contra el AKP, al que se le acusaba de ser antidemocrático, represivo y corrupto.

Erdogan acusó a los gülenistas de orquestar una campaña de acusaciones de corrupción contra el Gobierno, y fue entonces el turno de la purga correspondiente de este grupo religioso. El propósito era apartarlos no solo del Estado sino del propio país, incluso su líder, Güllen, se tuvo que exiliar en EE. UU.

No es la primera vez que esta organización se ha visto represaliada, pues también fue objeto de persecución en el golpe de 1998 contra el Gobierno islamista de Erbakan.

Los puestos que han ido dejando los gülenistas son poco a poco ocupados por personal afín a Erdogan, es decir, por islamistas. De nuevo estamos ante el cambio de unos oligarcas por otros.

Durante estos procesos continuados de purgas y de idas y venidas, las instituciones han quedado muy dañadas, y esa es una de las razones que han empujado al presidente a celebrar un referéndum con el fin de legitimar su cambio de orden y así poder modificar la esencia del Estado y consolidar el nuevo sistema islamo-autoritario, lo que constituye su victoria final y su gran aspiración desde que se hizo con el poder en 2003.

En definitiva, estamos ante una revolución, y tal es así por las continuas manifestaciones de asesores de Erdogan empleando lenguaje revolucionario y haciendo referencias a la fe del pueblo como en el caso francés en el siglo XVIII o el ruso e iraní en el XX.

El golpe de julio de 2016, ¿un regalo de Allah?

«En 10 años, Irán podría convertirse en Turquía, y Turquía en Irán» Bernard Lewis.

Cada vez son más los que piensan en Turquía que existe el temor a que se consolide en el país una república islamista, y también son muchos los que alegan que ese momento ha llegado por desgracia, sobre todo después del triunfo del «sí» en el referéndum celebrado el pasado 16 de abril.

Erdogan, al grito de «Allah es grande», convocó por las redes sociales a miles de turcos en respuesta al fallido intento de golpe que tuvo lugar en julio de 2016, al mismo tiempo que grupos de islamistas amenazaban a aquellos que disfrutaban de una noche de verano tomando una copa en las terrazas con vistas al Bósforo.

Fueron miles los detenidos, y todavía son muy numerosos los que permanecen en prisión. Pertenecen a todos los estamentos, desde militares a académicos, profesores, miembros de la fiscalía y de la judicatura, y por supuesto, periodistas. Es una auténtica caza de brujas que se ha extendido por todo el país y que ha hecho que Estambul deje de ser un lugar seguro. Todos ellos han sido acusados de estar ligados al movimiento Fethullah Güllen.

La ruptura entre la cofradía y Erdogan se produjo como consecuencia de las negociaciones entre el Gobierno turco y el PKK, a las que Güllen se oponía con intensidad. El enfrentamiento entre esos dos líderes se explicitó de diferentes maneras, como es el caso de oficiales y miembros del servicio de inteligencia, MIT, ligados a Güllen, que acusaron al Gobierno de apoyar a grupos islamistas en Siria mediante convoyes que transportan víveres y armas, o que lanzaron operaciones anticorrupción en 2013 que pusieron al propio sistema al borde del abismo.

Imágenes del intento de golpe de Estado en 16 de julio de 2016

No están claras las acusaciones de varios sectores dentro del país que culpan al propio Gobierno de propiciar el golpe para, una vez fracasado, proceder a deshacerse de sus enemigos políticos. Lo que sí es evidente es que Erdogan capitalizó el fallido golpe para impulsar la purga en todos los sectores sociales y, en especial, en el seno de las FAS.

Las purgas comenzaron de inmediato y de forma masiva, lo que hizo pensar a numerosos analistas y comentaristas que las listas de los purgados estaban fijadas de antemano27 y que el MIT, tenía conocimiento perfecto de que estaba teniendo lugar un golpe y comenzaron a hacerlo fracasar desde el mismo momento en que se iniciaron los movimientos de tropas.

El mismo presidente declaró que el golpe es un regalo de Dios ya que nos da una razón para limpiar el Ejército. Resulta incluso muy llamativo que durante el golpe no apareciese en televisión ninguna autoridad relevante en apoyo de la intentona para contrarrestar los mensajes del presidente, como sí ocurrió en las asonadas anteriores, o que se trasladase sin ninguna dificultad a una base aérea, cuando precisamente la Fuerza Aérea fue la más implicada en el golpe.

El presidente supo utilizar muy bien la mensajería y la propaganda para hacer creer a la mayor parte de su pueblo que los EE. UU. estaban detrás del intento de golpe. El Gobierno se apresuró a acusar a los norteamericanos de dar cobijo a un terrorista, Güllen, considerado por muchos como el principal responsable.

También se destaca que los militares que se rebelaron desaprobaban la política exterior impulsada por Erdogan, el neo-otomanismo, y ello, además, después de producirse la dimisión dos meses antes del primer ministro Ahmet Davutoglu, defensor de la otra visión, «cero problemas con sus vecinos».

Es un hecho que el golpe ha sido aprovechado por el presidente para incrementar su control sobre las FAS y retirar de sus puestos a un número más que considerable de militares, lo que está afectando a la operatividad y disponibilidad de sus ejércitos29 , aunque ello ya comenzó a impulsarse desde 200730 . Incluso las purgas están incidiendo en la economía, debido a la incertidumbre reinante, con caídas acusadas de la inversión extranjera y ralentización general de los índices de crecimiento.

El presidente ha creado un clima de miedo e intimidación al llevar a cabo una purga masiva que afecta a todos los sectores y que se ha llevado por delante a más de 100 000 funcionarios, periodistas, académicos, jueces, etc., entre detenidos y despedidos de sus puestos. A ello se añade los 265 muertos durante la asonada, y el autoexilio de una gran cantidad de profesionales liberales a otros países que, sin duda alguna, tendrá una gran incidencia económica y social.

La oposición, situación actual, potencial limitado

En primer lugar se ha de resaltar que desde que se implantó en los años 50 el sistema de partidos en Turquía, este no ha estado plenamente institucionalizado debido a su alta volatilidad y fragmentación que lo ha caracterizado a lo largo de sus primeras décadas, así como por la dificultad de los ciudadanos para encontrar formaciones con las que identificarse.

A partir de los noventa comenzaron a revitalizarse los aspectos religiosos y nacionalistas, tendencia que culmina con la preeminencia actual del AKP, partido que combina ambas cuestiones.

La primera formación de la oposición que se menciona es el Partido Republicano del Pueblo, CHP, principal grupo político con mayor representación parlamentaria, actualmente con 134 asientos en la Asamblea Nacional, el primero por detrás del AKP, el cual obtuvo una mayoría absoluta de 317 diputados sobre un total de 550 en los últimos comicios de noviembre de 2015.

El líder de este partido es desde 2010 Kemal Kiliçdaroglu. Tradicionalmente estuvo asociado a las élites y burocracia kemalista, pero a partir de los sesenta se transformó para acercarse más a los problemas de la sociedad y adoptó su ideología de corte social demócrata para centrarse en combatir la corrupción y en reclamar una gestión eficaz del Estado.

También se señala que es el partido que más se ha relacionado con sus homólogos europeos, e incluso forma parte del grupo de partidos observadores del Grupo Socialista del Parlamento Europeo.

Cuenta con gran apoyo entre la población urbana, en especial las ciudades costeras del oeste del país, y los alevíes, incluso su líder pertenece a este grupo religioso.

Esta formación política tiene dificultades para asentarse como una alternativa de gobierno y está destinada a ser el principal partido de la oposición al mostrarse incapaz de superar el 25 % de apoyo en las últimas elecciones.

En segundo lugar se encuentra el Partido Democrático de los Pueblos, HDP, con 59 diputados en la Asamblea, creado en octubre de 2012 y cuyo líder principal es Selahattin Demirtas. La primera vez que obtuvo representación fue en las elecciones de junio de 2015 cuando fue capaz de sobrepasar el umbral del 10 %, que es el mínimo exigido por la legislación turca para conseguir asientos en el parlamento.

Comparte lazos e ideología con el PKK y goza, por tanto, de gran apoyo popular en la región sudeste de Anatolia, donde se asienta la minoría kurda.

Kemal Kiliçdaroglu y Selahattin Demirtas, líderes del CHP y HDP

Es de corte izquierdista y su posición ambigua respecto al conflicto kurdo, que se reactivó a mediados del 2015, le ha restado apoyos fuera de dicha región y le impide incrementar su atracción sobre votantes de las zonas urbanas, lo que se ha traducido en una reducción del apoyo popular del 2,4 % en los últimos comicios.

Es un partido que continuamente se enfrenta a su posible ilegalización por su relación estrecha con el PKK y la intensificación del conflicto con los kurdos le está colocando en una posición todavía más complicada.

El siguiente es el Partido de Acción Nacionalista, MHP, «los lobos grises», la formación de los ultras nacionalistas que a su vez apelan a la identidad islámica sunní del pueblo turco y que siempre desde los sesenta ha desempeñado un papel polémico en la vida política del país.

Su líder es Devlet Bahçeli, actualmente cuenta con 40 diputados y fue el partido que resultó más perjudicado en los últimos comicios. Es el grupo político que se opuso con más fuerza al diálogo y acuerdo entre el Gobierno y el PKK de mediados de 2013. También es el único de la oposición que apoya la presidencia ejecutiva de Erdogan, ya que se sospecha que han llegado a un acuerdo no explícito para que ocupen puestos burocráticos importantes en la nueva administración.

Sus principales apoyos se encuentran tanto en áreas urbanas como rurales entre grupos de población de clases bajas con fuertes sentimientos nacionalistas.


Devlet Bahçeli, líder del MHP, «los lobos grises»

La gran ventaja que caracteriza el mandato de Erdogan, aparte de un apoyo popular sostenido, es la dispersión y falta de unidad de la oposición, con una acentuada división en su seno. No solamente se denota el lógico enfrentamiento del partido gobernante AKP con el resto de formaciones políticas, también es notoria la animadversión generalizada contra el PKK, a excepción del HDP, pero incluso este partido se enfrenta al PKK para disputarse la influencia y control sobre la comunidad kurda.

Erdogan se esfuerza por mantener esa división y evitar a toda costa un posible acercamiento entre los partidos de tradición secular con los grupos de apoyo a los kurdos, tratando en este sentido al HDP como el brazo político y la prolongación del PKK. Además, se asegura la postura más o menos ambigua del MHP nacionalista integrándole en los sectores del poder y otorgándole puestos importantes en el seno de la administración.

A ello se añade la percepción entre la mayoría de población turca que, dada la situación general de las formaciones y grupos de la oposición, es al final el AKP, con el presidente a la cabeza, el único capaz de mantener la estabilidad y seguridad de la nación, y esto explica también en gran medida el fuerte apoyo popular del que disfruta Erdogan.

El presidente ha ido consolidando su poder desde que lo alcanzó en 2003, con tres mayorías absolutas, en 2002, 2007 y 2011, como primer ministro y una cuarta, ya como presidente, desde 2014. Esta última la alcanzó forzando la repetición de las elecciones, ya que cuando se celebraron en marzo de 2015 no la consiguió y se negó a formar Gobierno de coalición con cualquiera de los partidos de la oposición. En tal sentido, impuso nuevas elecciones en junio, y amenazó con volverlas a convocar en noviembre en caso de que no ganase nuevamente por mayoría absoluta, todo ello con un alarde de autoritarismo que sorprendió tanto dentro como fuera del país.

Referéndum del 16 de abril de 2017: un paso decisivo para consolidar el nuevo sistema

En enero de 2017, el Parlamento aprobó después de largos, tensos y exacerbados debates, el conjunto de reformas que iban a transformar el actual régimen, basado en el parlamentarismo, en el pretendido presidencialismo. El AKP, con el apoyo del MHP, sacó adelante los profundos y sustanciales cambios constitucionales que iban a propiciar la permanencia de Erdogan en el poder durante más de una década por delante.

Los cambios constitucionales propuestos más destacados son:

- Restricción del control parlamentario sobre la presidencia.

- Desaparición del cargo de primer ministro, el poder ejecutivo pasa a ser controlado en su totalidad por el presidente, el cual elige a los miembros de su gabinete sin pasar por el Parlamento.

- Elección del presidente para períodos de cinco años, dos mandatos, con lo que se puede asegurar el cargo hasta 2029, ya que las primeras elecciones presidenciales en el nuevo sistema tendrán lugar en un principio en 2019.

- Erdogan se reserva el nombramiento de importantes cargos de la administración, como por ejemplo los de la judicatura, ya que podrá elegir la mitad de los miembros del Consejo Superior de jueces y fiscales. La división de poderes se limita por no decir que de hecho desaparece.

- El presidente tendrá la potestad de legislar por decreto sin necesidad de control por parte de la Cámara. - Asunción del control de facto de la política exterior por parte del presidente, otorgándole mayores capacidades para adquirir compromisos internacionales y modelar a su gusto dicha política.

- Se contempla la posibilidad de ser sometido a impeachment, el cual al precisar de mayorías cualificadas muy complicadas será muy difícil que pudiera tener lugar. La campaña previa a la celebración del referéndum del pasado 16 de abril, tuvo lugar durante el estado de emergencia, que todavía está vigente desde el intento del golpe de julio. Hubo una fuerte presión sobre todos los medios e intelectuales que estaban en contra de la reforma, por lo que se impuso con suma arbitrariedad la censura a los medios que iban en contra del presidente, así como sobre los partidos de la oposición que apoyaban el «no», el CHP y el HDP, incluso numerosos miembros de este último fueron encarcelados, acusados de apoyo al terrorismo y de pretender desestabilizar el Estado.

Ganó el «sí», y con ello los turcos dan licencia a Erdogan para reorganizar el régimen y romper definitivamente con el modelo de la moderna República de Atatürk. El resultado fue bastante ajustado, ya que la victoria resultó con un apoyo de un 51,4 %, y con veladas acusaciones de fraude por parte de la oposición, e incluso de observadores de la OSCE.

Para impulsar la campaña del «sí», el presidente despertó en la población los recuerdos de una época infausta caracterizada por las continuas crisis políticas y económicas y donde la corrupción estaba muy implantada y extendida. Ello lo llevó a cabo a través de unos medios de comunicación controlados por el AKP en su mayor parte, y silenciando a los que preconizaban el «no».

A su vez, en sus mensajes reiterativos estimulaba e incitaba el miedo de la población a los atentados, que eran todavía más reforzados cuando se producía un ataque terrorista por parte del Estado Islámico (ISIS) o del PKK kurdo. Con ello, el presidente se hacía representar como el único líder capaz de garantizar la estabilidad y seguridad del Estado.

Con la reforma aprobada, se va a profundizar definitivamente en el autoritarismo al que se encamina Turquía de forma decidida. Erdogan se convierte en un verdadero sultán neo-otomano con grandes poderes.

Su posición es prácticamente incontestable por parte de una oposición que se debilita y languidece a medida que el presidente y su círculo cercano, junto con el AKP, se hacen más y más fuerte. Aparte, se purgan los cuerpos burocráticos, de los que se ha hablado anteriormente, se silencia a los medios díscolos y críticos con el sistema y se desmantela finalmente el movimiento gülenista, que tanto poder llegó a abarcar durante los primeros años del mandato del presidente cuando era primer ministro.

El actual líder, presenta una visión de una Turquía transformada para ser más poderosa, más próspera y más musulmana, en la que los valores religiosos conservadores irán dando forma a la sociedad turca que incluso reconfigurarán el comportamiento y la vida de los turcos.

Desde su postura megalómana, Erdogan, que lleva en su ADN el autoritarismo, y se inspira en la larga y gloriosa historia otomana que quiere replicar, se erige en una especie de monarca absoluto y mesiánico, como el único capaz de hacer de Turquía la gran nación que rememora los mejores tiempos de la Sublime Puerta36 . En definitiva, él es quien mejor representa el neo-otomanismo.

Es el establecimiento del nuevo sistema que se dispone a transformar los fundamentos y estructuras del Estado, acabando con los constreñimientos y equilibrios que han imperado hasta ahora. Y a tal fin se aprueba la reforma de la constitución que le da cobertura legal al presidente, al objeto de, entre otros objetivos, perpetuarse durante largos años en el poder, que será ejercido de forma absoluta.

Se va asentando un nuevo orden que presenta ciertas similitudes con el Reino de Marruecos, donde también existe una democracia bastante imperfecta, cuya esencia es, igualmente, el autoritarismo, y donde el círculo en torno al rey Mohamed VI, el Majzén, es el órgano de poder erigido como único árbitro monopolizador y controlador de todo el espectro político. Aparte, se ocupa de colocar a políticos próximos al monarca en todos los partidos y, además, decide quien dirige los ministerios y estamentos de poder más importantes. Pero encima, en el caso turco, se suprime el cargo de primer ministro, como ya se ha señalado anteriormente.

En esencia, la historia turca ha estado plagada de formas de gobierno autoritarias, represivas y violentas en algunos momentos, siendo la que dominó la República Kemalista la más evolucionada hacia una democracia defectiva, pero que también se basaba en un autoritarismo más o menos intenso.

En los años 20 del siglo pasado, un sistema autoritario representado por el Imperio otomano fue sustituido por otro, el de la República moderna de Atatürk, y de nuevo durante estos últimos 14 años vuelve a tener lugar el reemplazo de un autoritarismo por otro, en este caso el erigido por Erdogan y su neo-otomanismo.

La gran diferencia con el anterior régimen, es que aquél aspiraba a implantar en Turquía una democracia plena y de corte occidental, mientras que en el actual sistema que se está consolidando desaparece dicha aspiración en su totalidad.

Se ha de significar que la legitimidad del nuevo régimen ha estado amenazada ante las duras acusaciones de fraude en el desarrollo de la consulta y durante el recuento de votos, y ello tanto desde los partidos de la oposición, CHP y HDP, como desde la comunidad internacional.

La propia Comisión conjunta de la OSCE y el Consejo de Europa aseguró que el referéndum no cumplió con los estándares democráticos, y la misma jefa de la misión de supervisión de la consulta, Florin Preda, denunció que el campo de juego no estaba nivelado y hubo una gran falta de imparcialidad.

No obstante, no se quiso evaluar la impugnación por parte de la oposición que alegaba que tuvo lugar una supuesta presencia de nada más y nada menos que 2,5 millones de votos sospechosos (un 4,5 % del total de los votos emitidos), y que la propia junta suprema electoral turca dio por válidos.

Se destaca que en las grandes ciudades turcas, no solo las más occidentalizadas del oeste, el apoyo al «no» fue mayoritario, incluso entre votantes tradicionales del propio AKP.


Se puede apreciar en color rojo cómo en las grandes ciudades ha triunfado el «no» en el referéndum, no solamente en las más occidentalizadas de la costa del Egeo y Estambul, también en otras como la propia capital Ankara, Adana, Antalya, y las del sureste, donde se asienta la comunidad kurda, como Diyarkibir.

En color azul, las zonas, en su mayor parte rurales, donde ha triunfado el «sí».

A pesar del resultado ajustado a favor del «sí», Erdogan no emprenderá un diálogo político con la oposición para limar las asperezas como consecuencia de las acusaciones de fraude.

Todo lo contrario, su victoria le ha dado alas para seguir laminando el escaso poder que todavía queda en manos de otros sectores políticos, que pudieran llegar a representar la mínima oposición a sus ambiciosas pretensiones de ir avanzando hacia un sistema presidencialista con poderes casi absolutos y omnipresentes en todos los sectores, no sólo políticos sino económicos y sociales.

Será, a su vez, muy probable que aproveche la división entre la oposición y el gran apoyo que actualmente le otorga el pueblo para adelantar al año 2018 las elecciones presidenciales, inicialmente previstas para 2019.

Lo que está por ver, y eso el tiempo lo irá dando, es si el presidente, con el cuestionado apoyo conseguido en el referéndum, gana en legitimidad o no, sobre todo de cara a la comunidad internacional, y si realmente cuenta o no con mayor apoyo popular. Erdogan ahora es más poderoso, pero ¿menos popular y legitimo?

Recapitulando. Posibles escenarios / narrativas en el ámbito interno

Como resumen de la primera parte de este artículo, que trata sobre el ámbito interno y doméstico, se pueden presentar brevemente tres posibles escenarios que dan una idea final de cuál puede ser la deriva más probable, dadas las tendencias y los acontecimientos, así como la evolución política durante los últimos quince años en Turquía.

El primero de ellos es el de una república con fuerte presencia del islamismo, a pesar de que su Constitución explicita claramente el carácter laico del Estado. Sería de corte esencialmente autoritario, donde Erdogan va a estar muy atento para laminar de forma determinante, incluso con tintes agresivos y con todos los instrumentos a su alcance, cualquier intento opositor que pueda suponer algún peligro o amenaza a su régimen personalista, y donde el factor religioso va a presentar una destacable relevancia. Para ello manipulará el conflicto con los kurdos a fin de reforzar su poder y apoyo popular.

Desde el punto de vista electoral, el AKP se asegura a corto y medio plazo un margen del 45-50 % de apoyo del electorado, ante la escasa probabilidad de una coalición entre el CHP y HDP que pudieran alcanzar un porcentaje que acabe con la mayoría del partido gobernante.

En este escenario, Turquía seguirá profundizando en el adoctrinamiento e islamización de la sociedad, con acuciantes retrocesos en los derechos humanos, lo que le alejará definitivamente de la UE, desde el punto de vista político.

Varios inconvenientes se presentan, uno de ellos es el aumento de su falta de legitimidad ante la comunidad internacional, más en particular la occidental, con el consiguiente deterioro de su posición, hoy en día privilegiada, por ser un puente estratégico, comercial y de seguridad entre Oriente y Occidente, y más en especial entre Europa y la convulsa e inestable región de Oriente Medio.

El segundo inconveniente es que el posible empeoramiento de su situación económica, unida a la intensa política represora por parte del régimen, pudiera dar lugar a una inestabilidad creciente que acabe en una revuelta importante, como las ocurridas desde 2011 en todo el mundo árabe, y ello socave al sistema y, por tanto el régimen presidencialista.

Erdogan y el partido necesitará de sus habilidades para mantener este Estado autoritario y evitar derivas hacia un levantamiento general, y ellos ya han experimentado en el año 2013 importantes protestas con ocasión de los disturbios en torno al parque Taksim Gezi en Estambul.

El siguiente escenario a contemplar sería una evolución positiva de la democracia defectiva que ha caracterizado los años del kemalismo hacia una más representativa y de corte más liberal, aproximándose a los cánones occidentales, y que sirva de modelo para otros países del mundo musulmán, como de hecho se presuponía iba a ser cuando durante los primeros años en el poder Erdogan comenzó a reformar Turquía.

Para una evolución en este sentido, y en la situación actual, se debería de dar una ruptura o división interna en el seno del AKP que permita un vuelco electoral hacia los partidos tradicionalmente secularistas, que han ido dominando la política turca durante los años de la República Kemalista, pero con ayuda del posible grupo que haya surgido como consecuencia de la escisión del AKP.

De este modo sería posible llevar a cabo una reversión decidida de las tendencias actuales en todos los ámbitos. Desde la perspectiva de Occidente, y sobre todo, de la UE, este sería sin lugar a dudas el escenario más positivo, si bien en la actualidad se considera muy poco probable.

El tercero, el peor y más peligroso, pero también el más improbable, es que la obsesión del AKP por el mantenimiento del poder dé lugar a revueltas en aumento que traigan consigo el apremiante deterioro del Estado turco, que incluya un aumento de la tensión política, un recrudecimiento del enfrentamiento con los kurdos, una mayor penetración de los grupos yihadistas, que aprovechan el empeoramiento de la situación del país, para derivar, finalmente, hacia el colapso general.

En esta ocasión, el Ejército, tradicional garante de la estabilidad y seguridad, ya no gozaría de la fuerza política que tenía antes de Erdogan durante las décadas anteriores, o incluso se podría enfrentar a divisiones internas, lo que daría lugar a un conflicto civil de consecuencias imprevisibles, no solo en el ámbito doméstico sino para toda la región y con importantes repercusiones sobre los actores externos, ya que esa inestabilidad interna se proyectaría al exterior con intensidad.

El primer escenario expuesto es el más probable, a la vista de las formas y maneras de Erdogan y el AKP, así como de los acontecimientos acaecidos durante sus años de mandato, en especial desde el intento de golpe en julio de 2016.

Sobre todo se ha de tener en cuenta que con el «sí» en el referéndum, el presidente se asegura el poder hasta bien avanzada la siguiente década. El segundo escenario es a día de hoy poco factible a no ser que aumente la tensión política en el seno del AKP y ello dé lugar a su colapso, poco probable dado el control absoluto que Erdogan ejerce sobre el partido. Este sería indudablemente el más positivo para Europa.

El tercero, como ya se ha destacado, es el menos deseable, ya que el colapso de Turquía y el deterioro de la seguridad y estabilidad del país conllevaría una situación con graves repercusiones en toda la región de Oriente Medio y más allá, pues la UE se podría enfrentar a una crisis de refugiados mucho más grave que la que lleva experimentando en los últimos años debido al conflicto sirio.

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