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Por qué las cárceles no son un buen sitio para encerrar a yihadistas
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Por qué las cárceles no son un buen sitio para encerrar a yihadistas

Los procesos de radicalización en determinados entornos y el auge de la ideología salafista yihadista son dos realidades muy presentes en la actualidad. Las prisiones se han convertido en uno de los ámbitos donde se da un mayor índice de adoctrinamiento en lo que concierne al ideario islamista más radical. La razón nos la cuenta Carlos Igualada Tolosa, un experto OIET - Terrorismo Yihadista.

Introducción

La presencia del terrorismo yihadista a nivel global desde el 11-S es un hecho innegable. Este fenómeno se ha mantenido desde su origen en constante evolución, mutando de una forma u otra tanto en sus objetivos, como en su modus operandi y en las organizaciones más representativas. De igual forma, los procesos de radicalización han ido sufriendo la misma trasformación dependiendo del contexto y las herramientas a las que se han tenido acceso en cada momento. En la actualidad, Internet tiene un papel predominante en este sentido, ayudando al autoadoctrinamiento y permitiendo el acceso a contenidos que incitan a la radicalización del individuo por cuenta propia. A ello, hay que sumarle la capacidad de entrar en contacto con otros usuarios a través del uso de las redes sociales y el intercambio de material, experiencias e influencias ideológicas. No obstante, este entorno online sigue complementándose en gran medida con el que se produce de forma más tradicional y alejado de las nuevas tecnologías. El contacto personal, así como la participación en determinados círculos puede influenciar en gran medida la iniciación de un proceso de radicalización. En lo que respecta a este contacto offline, el caso de las prisiones es peculiar ya que en ellas se dan los condicionantes necesarios para que se desarrolle esta actividad, dando como resultado un espacio en el que acaban contactando individuos o agentes radicalizadores con una alta capacidad para el adoctrinamiento y otros que están dispuestos a acceder a él, influenciados en parte por su situación personal y la dificultad de buscar otra opción más allá del fanatismo religioso mediante el cual canalizar el rechazo hacia la sociedad y las autoridades. A lo largo del presente documento se tratarán los procesos de radicalización enfocados desde la perspectiva de estos entornos. Para ello, se analizará por un lado el caso más ilustrativo, enmarcado dentro del contexto de la guerra de Irak en 2003, que a su vez supone el auge de la radicalización en torno a este ámbito, y por otro lado, la situación actual en las prisiones europeas, donde frecuentemente se dan episodios de radicalización interna. Dicha situación ha obligado a las autoridades a tomar medidas e implantar programas de desradicalización con la finalidad de impedir que se den nuevos casos en los que presos comunes acaban convirtiéndose en potenciales terroristas tras ser influenciados por las dinámicas de la ideología salafista yihadista.

Las prisiones en Irak. De centros penitenciarios a universidades yihadistas

Una de las tantas lecciones de aprendizaje que se pueden extraer de la ocupación estadounidense durante la guerra de Irak en el año 2003 de cara a futuros conflictos y tareas de reconstrucción tras el derrocamiento de un Gobierno es la necesidad de que la presencia extranjera no sea considerada por la población local como un enemigo invasor. Este error fue uno de los que llevaron a Estados Unidos y a sus aliados a verse inmersos en un enfrentamiento con la insurgencia que provocó muchas más muertes que la propia guerra contra el régimen de Sadam Husein. El hecho de que los intereses estadounidenses le llevasen a proteger únicamente puntos estratégicos, principalmente pozos petrolíferos, así como la polémica decisión de disolver las Fuerzas Armadas dejando sin trabajo a cerca de 400 000 hombres con preparación militar, provocó que la inseguridad y la violencia se adueñasen de las calles. A ello hay que sumarle las medidas políticas adoptadas por los nuevos dirigentes iraquíes que favorecieron enormemente los intereses chiíes en detrimento de la comunidad suní, alentando la aparición de un sectarismo que sería clave para entender la guerra civil que surgiría poco después.

Con este caldo de cultivo, la insurgencia fue ganando terreno y respaldo por una parte de la población, traduciéndose inmediatamente en un incremento de atentados y acciones contra el ejército estadounidense. Los ataques contra vehículos y soldados que patrullaban las ciudades iraquíes se convirtieron en acontecimientos diarios. La respuesta por parte de las autoridades estadounidenses fue la de responder mediante el uso de la fuerza y el abuso de la autoridad. De esta forma, comenzaron las detenciones masivas de población, produciéndose muchas de ellas durante la noche, entrando en los hogares sin miramientos y deteniendo a los sospechosos de participar en actividades terroristas sin ofrecerles ningún tipo de pruebas. Todo ello delante de sus familias y vecinos, lo que hacía incrementar el sentimiento de humillación. Posteriormente, un informe de Red Cross aportaría documentos en los que se concluyó que el 70-90 % de las detenciones se produjeron por error.

En pocos meses, las prisiones establecidas por Estados Unidos bajo su supervisión y autoridad quedaron saturadas por la afluencia intensiva de presos, desbordando los recintos penitenciarios y acumulando a más reos de la capacidad que tenían. Se calcula que cerca de 100 000 personas cruzaron las puertas como presos de estas cárceles durante los años de presencia estadounidense. Entre estos centros localizados en el territorio ocupado y en los que mayor índice de radicalización hubo se encuentran Camp Bucca y Camp Cropper. No obstante, la cárcel iraquí más famosa fue Abu Ghraib, tras la filtración a la opinión pública de las terribles torturas a las que fueron sometidos los presos, convirtiendo ese trato inhumano en la mayor vergüenza de la guerra de Irak, lo que provocó el rechazo por parte de la sociedad hacia las autoridades estadounidenses. Las decisiones tomadas tras el escándalo de Abu Ghraib con las imágenes difundidas a nivel mundial fueron la liberación de gran parte de los presos, pasando de 7 000 a algo más de 2 000 y dos años más tarde, en marzo de 2006, su cesión total a los dirigentes iraquíes, trasladando a los presos considerados como más peligrosos a Camp Cropper. Resulta incluso paradójico que el nombre oficial que le dieron los estadounidenses a la prisión de Abu Ghraib fuese el de Camp Redemption. En cuanto al citado Camp Cropper, su importancia residía principalmente por la ubicación estratégica que tenía, pues que se encontraba próximo al aeropuerto internacional de la capital iraquí. Durante el año 2007 el número de presos que allí se encontraban ya se había reducido considerablemente, estableciéndose por encima de los 2 000, y en el año 2010 se decidió ceder las competencias a las autoridades iraquíes, quienes le cambiaron el nombre, pasando a llamarse Karkh Prison. Su fama se debe al índice de procesos de radicalización interna en esta prisión y los abusos de poder que allí se cometieron.

Por su parte, Camp Bucca se convirtió en el centro neurálgico de radicalización yihadista de las prisiones estadounidenses establecidas en Irak. El dato que mejor representa esa realidad es que nueve de los miembros de la posterior cúpula de Daesh estuvieron presos en algún momento en el interior de este centro penitenciario.El analista iraquí Hisham al Hashimi va más allá y señala que, según datos del Gobierno iraquí, pasaron por Camp Bucca diecisiete de los veinticinco grandes líderes de las más importantes organizaciones yihadistas. Algunos de estos individuos fueron Abu Bakr al Baghdadi, Abu Muslim al Turkmani (segundo en la jerarquía de Daesh y muerto en 2015), Abu Mohamed al Adnani (portavoz de Daesh y mano derecha de al Baghdadi hasta su muerte en 2016), el importante exmilitar Haji Bakr, Abu Shema, Abu Suja o Abu Qasim. No obstante, es cierto que la probabilidad de que importantes nombres pasasen por Camp Bucca es mayor, dado que a mediados del año 2007 contaba con cerca de 24 000 presos, superando sobradamente esta cifra al resto de centros penitenciarios.

Las referencias que existen sobre el paso del líder de Daesh por esta cárcel no son del todo claras, especialmente en lo que concierne al tiempo de estancia y si fue una o dos veces las que estuvo en este centro. El dato que sí parece concordar es que fue detenido en Faluya en 2004, tras estar implicado de forma directa en la insurgencia cuando tenía 33 años, y que fue trasladado a Camp Bucca. La disparidad de fuentes gira en torno a su fecha de liberación, establecida en diciembre de ese mismo año, por lo que apenas pasaría diez meses encarcelado, o dada tras cinco años de permanencia allí. Existe la posibilidad de que durante ese intervalo fuese excarcelado y detenido de nuevo. Sea como fuere, el hecho remarcable es que durante ese período de prisión, según algunos presos que convivieron con al Baghdadi y tuvieron contacto con él, éste tenía una actitud reservada y se mostraba muy respetuoso con los soldados, quienes le dejaban visitar los distintos módulos en los que se dividía la prisión. Son varios los reos que hacen hincapié en que por aquel entonces ya mostraba una personalidad carismática, a pesar de que no era una de las grandes figuras dentro del recinto, lo que le permitió granjearse cierta libertad de movimientos y no estar permanentemente controlado por las autoridades.

La confluencia de potenciales terroristas que se produjo en Camp Bucca pronto fomentó la creación a nivel interno de grupos de reclusos en función de su capacidad y su compromiso. Lo que había nacido como una prisión para aquellos sospechosos de colaborar con la insurgencia acabó transformándose en una universidad para yihadistas en las que los más radicalizados realizaban labores de proselitismo y captación, ejerciendo a su vez como profesores e impartiendo clases a sus alumnos sobre la fabricación de explosivos o cómo proceder con el modus operandi de un terrorista suicida. La religión era utilizada en estos contextos como elemento canalizador de todo el odio que se fue gestando hacia las autoridades estadounidenses y el fanatismo resultante de este proceso fue clave en el respaldo que tuvieron las organizaciones yihadistas en particular y la insurgencia en general en su enfrentamiento contra las fuerzas de ocupación. La permisividad era tal que aquellos que rechazaban su ideología negándose a participar en sus círculos o colaboraban con los vigilantes estadounidenses eran perseguidos, llegándose a dar casos en los que hubo palizas hacia éstos con la intención de atemorizar e incluso, algún asesinato.

Otro de los factores que propició una proliferación de la ideología radical en Camp Bucca se encuentra en el hecho de que el contacto con el exterior era muy reducido, no porque los presos tuviesen las visitas restringidas especialmente, sino más bien por su ubicación geográfica, ya que al estar situado en la frontera con Kuwait la gran mayoría de población iraquí no veía como una opción plausible el ir a poder ver a sus familiares, ya fuese por motivos económicos o por su propia seguridad; pues no hay que olvidar que desde inicios de 2006 la guerra civil era una realidad en Irak. Ante este aislamiento, resultaba más sencillo que el fanatismo fuese ganando adeptos a medida que pasaba el tiempo.

Camp Bucca se había convertido en el lugar idílico para establecer una red de contactos de la que formaban parte numerosos individuos comprometidos con una causa y una sed de venganza contra el enemigo invasor. En este mismo contexto se dio el inicio de la relación entre muchos ex militares baazistas y los propios yihadistas, quienes en una relación de conveniencia frente al enemigo no dudaron en colaborar, sabiendo fusionar a la perfección los puntos más fuertes de cada una de las partes. Mientras los primeros ofrecían sus conocimientos sobre estrategia militar, su formación y disciplina, los segundos contribuían con un propósito, un ímpetu y un determinismo a los que sólo se puede llegar a través del fanatismo religioso y el radicalismo. Un terrorista arrepentido que estuvo presente en Camp Bucca explicó que los presos se apuntaban indicaciones en el elástico de su ropa interior para que una vez puestos en libertad pudiesen establecer contacto entre ellos y con otros intermediarios para seguir las pautas necesarias y unirse al movimiento de la yihad.

La situación de evidente radicalización fue tal en determinados módulos que las propias autoridades penitenciarias tuvieron que establecer una serie de medidas con la intención de frenarla. Hasta ese momento, más que evitarla parecía más bien que la habían fomentado, estableciendo la separación entre los distintos campos en función de comunidades y ramas religiosas. De esta forma, todos los posibles potenciales terroristas acabaron ocupando un mismo espacio y el contacto entre ellos se produjo tarde o temprano. Alguna de las decisiones adoptadas sobre las que había mayor esperanza a la hora de prevenir y frenar este proceso fue la de aislar a los presos más radicales para evitar el contagio ideológico, la creación de programas antiradicalización o el establecimiento de una jerarquización en función del grado de fanatismo y atención individualizada. A pesar de la implementación de estas medidas, el daño ya estaba hecho y poco se podía hacer para repararlo.

La decisión de cerrar Camp Bucca en septiembre de 2009 cuando todavía quedaban varios centenares de presos en su interior permitió que la mayoría de ellos fueran puestos en libertad, mientras que los que estaban considerados como los más peligrosos fueron entregados a las autoridades iraquíes y trasladados a otros centros penitenciarios que estaban bajo su autoridad. Algunos de ellos acabaron en Abu Ghraib o Al Hout, siendo ambas asaltadas en el año 2013 por hombres armados, quienes liberaron a más de mil presos. La mayoría de ellos acabarían combatiendo por la causa yihadista.

Procesos de radicalización y programas pioneros en cárceles españolas y europeas

La aparición de Daesh y su expansión territorial iniciada tras la proclamación del califato en junio de 2014 propició la llegada masiva de foreign fighters procedentes de más de 90 países dispuestos a morir por su fanatismo ideológico. Entre ellos, se calcula que unos 5.000 son europeos, siendo centenares de ellos los que han tenido intención de volver a sus ciudades de origen con la finalidad de cometer atentados o contribuir en actividades proselitistas. Por otro lado, la Yihad 2.0. ha permitido que los índices de radicalización por parte de ciudadanos europeos se haya incrementado exponencialmente por las facilidades que ofrece Internet a la hora de iniciar un proceso de adoctrinamiento, ya sea mediante el contacto con otros individuos o de forma autónoma. Ambos fenómenos están estrechamente relacionados tanto en el incremento de atentados de carácter yihadista como en las detenciones producidas a nivel europeo. El último informe anual de la Europol cifra en 142 los ataques o intentos de ataques ocurridos en ocho países europeos, diez de ellos en España, y más de 700 detenidos vinculados con la actividad yihadista. Además, en esta nueva realidad a nivel de seguridad se observa en el hecho de que estamos ante una radicalización de carácter nacional. En el caso de España, el 73,8 por ciento de los detenidos por actividades relacionadas con el terrorismo yihadista de Daesh se radicalizaron dentro de nuestras fronteras.

Este último informe concluyó que los centros penitenciarios en España se han convertido en el cuarto entorno offline donde se producía un mayor índice de radicalización, por detrás de los domicilios privados, los lugares de culto y las actividades al aire libre. Se han dado casos aislados en los que presos comunes han intentado viajar a Siria a su salida de la cárcel para unirse a Daesh tras haber entrado en un proceso de extremismo ideológico ligado a la doctrina yihadista En otros, los propios reos que entran en la cárcel tras haber iniciado su radicalización en el exterior finalizan su proceso en el interior de ellas, como es el reciente caso de Nabil Benazzou, miembro de la Brigada al Andalus, o establecen relación con otros yihadistas, como sucedió con el imán de Ripoll y uno de los terroristas del 11-M15. Esto mismo ya se había dado anteriormente, donde algunos de los implicados de los atentados de Madrid iniciaron o completaron su proceso de radicalización en prisión.

El hecho de que se produzcan casos de adoctrinamiento ideológico en el interior de los centros penitenciarios en los que los individuos están constantemente bajo vigilancia por parte de los funcionarios es sin duda preocupante. Aun así, la situación en torno a esta cuestión en España no es tan alarmante como es en otros países europeos donde sí se ha producido unos mayores índices de radicalización en estos entornos. Siguiendo esta línea el coordinador de la oficina de antiterrorismo de la Unión Europea, Gilles de Kerchove, alertaba a principios de 2015 sobre el riesgo existente en el interior de los centros penitenciarios afirmando que «las cárceles son incubadoras masivas de radicalismo».

Es por ello que el Consejo de Europa decidió buscar un acuerdo y elaborar una guía que sirviese para evitar la radicalización yihadista en las cárceles. La publicación del documento en marzo de 2016 contenía las directrices aconsejando las líneas a seguir, entre las que destacaba especialmente el respeto hacia los presos, intentando mantener en la medida de lo posible sus tradiciones y sus costumbres religiosas para que el sentimiento de frustración y rechazo no pudiesen evolucionar hacia unas posturas ideológicas más radicales. Así mismo, se hacía especial hincapié en el control intensivo sobre los presos que puedan resultar más peligrosos por su extremismo ideológico para evitar que acaben adoctrinando a otros reclusos, tomando las medidas que fuesen oportunas y necesarias al respecto, como podían ser el aislamiento o su inserción en cárceles de máxima seguridad. Por último, se recomendaba la aplicación de una seguridad activa a partir de la cual los funcionarios mantenían una comunicación de forma normalizada con los presos para detectar de forma preventiva posibles casos de radicalización.

La elaboración de esta guía por parte del Consejo de Europa ha podido servir como complemento a los programas de desradicalización que han elaborado y ya han implantado algunos países europeos tras ver como se ha dado un incremento de esta amenaza en sus cárceles nacionales. En Francia, si bien ya existía este fenómeno con anterioridad, la preocupación sobre el entorno de las prisiones se produjo posteriormente al atentado de Charlie Hebdo en enero de 2015, tras comprobar que alrededor del 60 % de los 70 000 reclusos franceses tenía orígenes musulmanes, lo que incrementaba las posibilidades de que se produjese un mayor número de casos de radicalización a partir del uso interesado de unos preceptos religiosos tergiversados, como se demostró que estaba sucediendo. Para intentar combatir desde dentro la radicalización se han dado programas diseñados a partir de la asistencia de líderes religiosos con el objetivo de dar a conocer el verdadero islam y evitar que se produzcan nuevos casos de interpretaciones radicales. Ejemplo de ello es el que se da en la ciudad de Rennes donde un grupo de imanes visita semanalmente dos decenas de cárceles con el propósito de llegar a este objetivo partiendo de la doctrina religiosa para hacer frente a la narrativa yihadista. No obstante, a finales de julio las autoridades francesas informaron sobre el cierre de su único centro de desradicalización tras una escasa participación de voluntarios.

Por otro lado, el Gobierno danés afirmó que en sus prisiones se había producido un importante incremento de la radicalización, pasando de casos en el bienio 2012-2014 a 50 sólo en la primera mitad del año 2015. El modelo Aarhus se ha convertido en la base de su programa en la lucha contra el extremismo religioso, teniendo como principios la terapia y el trato humano. En Italia, el número de detenidos por su extremismo desde 2015 hasta mediados de 2016 fue de 85, siendo muchos de ellos trasladados a cárceles del país y dándose más tarde evidencias de prácticas de radicalización yihadista, como alertaba el propio ministro del Interior, quien informó que se están tomando medidas para combatir este fenómeno sin entrar en detalles. En Reino Unido, principal objetivo del terrorismo de etiología yihadista durante el último año, el caso del terrorista Khalid Masood, quien se radicalizó durante sus varias estancias en prisión antes de atentar en marzo de 2017 en Londres, abrió un debate sobre la existencia de otros posibles casos de similares características que fuesen una amenaza para la seguridad nacional. En 2016, uno de cada cinco presos en cárceles de máxima seguridad en Reino Unido era musulmán y por ello ha surgido la idea de establecer prisiones únicamente para presos vinculados al yihadismo, con el objetivo de poder ejercer un mayor control sobre ellos y evitar actividades proselitistas y de adoctrinamiento respecto a otros reclusos. En cuanto a España, existe un programa pionero desarrollado a partir de octubre de 2016 con el objetivo de controlar y frenar la radicalización de presos musulmanes, cuyo número asciende a 7 000, siendo los más susceptibles de convertirse en objetivos de yihadistas que se encuentran en las mismas cárceles que ellos. El Proyecto Saladino cuenta con la participación de especialistas y funcionarios voluntarios que han recibido una formación cualificada para detectar con antelación cualquier conducta o indicio que encienda las alarmas sobre una posible radicalización en el interior de los centros penitenciarios. Los cerca de trescientos funcionarios que participan en este proyecto elaboran periódicamente informes sobre las novedades y casos que requieran una mayor atención, siendo enviado posteriormente al Ministerio del Interior y a los servicios de la Guardia Civil y, desde allí al CNI, encargados de evaluar estos informes y establecer el grado de riesgo que pueda conllevar. A finales del año pasado eran 241 los presos de cárceles españolas que participaban en este programa pionero: 125 de ellos eran considerados terroristas o presuntos terroristas, 35 ojeadores y los 81 restantes eran aquellos que habían sido principal objetivo de radicalización.

Conclusiones

Existen evidencias suficientes como para pensar que las prisiones se han convertido durante los últimos años en uno de los entornos en los que con más asiduidad se han desarrollado procesos de radicalización. La presencia de centros en los que conviven y se relacionan individuos con una ideología extremista junto a otros presos comunes con un alto potencial de entrar en esos círculos de adoctrinamiento es una realidad que se está produciendo a día de hoy y contra la que hay que tomar medidas para frenar estas dinámicas. El antecedente histórico de Camp Bucca y, más recientemente los atentados en suelo europeo provocados por individuos radicalizados durante su estancia en prisión deben servir para tomar en serio la amenaza que procede de la actividad proselitista que tiene en las cárceles su punto de partida. Es necesario que en las prisiones europeas se sigan desarrollando proyectos y programas para frenar este fenómeno obteniendo los resultados esperados. No obstante, para ello es necesario que los Estados inviertan en seguridad, ofreciendo las herramientas necesarias y la formación de profesional especializado para que la capacitación a la hora de detectar posibles casos de radicalismo sea la más óptima y eficaz posible. El factor temporal en este sentido es clave, dado que estas dinámicas de extremismo ideológico son más intensas en un entorno como el de los centros penitenciarios donde el contacto con otros individuos ya radicalizados es permanente y las dinámicas se acortan en cuanto a su duración. Debemos entender que el control de las prisiones es clave para garantizar la seguridad fuera de ellas.

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