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    23 de abril de 2014
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Siria: consecuencias de una guerra en punto muerto

Mario Laborie Iglesias

Última actualización 05/04/2013@00:00:00 GMT+1
Cuando se aproxima el segundo aniversario del comienzo de las revueltas populares en Siria, casi 70 mil de sus habitantes han perdido la vida en los combates y cientos de miles más han buscado refugio en alguno de los países vecinos.

Cuando se aproxima el segundo aniversario del comienzo de las revueltas populares en Siria, casi 70 mil de sus habitantes han perdido la vida en los combates y cientos de miles más han buscado refugio en alguno de los países vecinos. Sin embargo, el conflicto no tiene visos de una rápida solución. Tanto en el campo político como el militar, la situación parece encontrarse en un punto muerto y las partes enfrentadas parecen dispuestas a continuar, por el momento, la lucha con todos los medios a su alcance. Sectarismo, radicalización y brutalidad son los rasgos de una guerra, en la que también juegan, de forma indirecta, los poderes regionales.

En los últimos meses, las fuerzas del régimen se han replegado de amplias zonas del país. Así, los rebeldes, que a fecha de hoy controlan más del 70% del territorio sirio, continúan su progresión en Damasco y en las ciudades del norte, aunque por el momento se ven incapaces de controlar por completo ninguna de las grandes ciudades. Detrás de los últimos avances de la oposición parece encontrarse la mayor cooperación entre las distintas facciones, así como una abrumadora superioridad numérica, aunque no de armamento.

En la capital, los intensos combates se extienden a lo largo de la carretera que rodea la ciudad. El presidente Assad es consciente de la importancia estratégica de Damasco y que el resultado de esta batalla de desgaste, todavía difícil de dilucidar, afectará al resto del conflicto. Por ello, muchas de las mejores unidades del régimen están empeñadas en la defensa de la ciudad y no pueden ser empleadas en otras zonas. En todo caso, ninguna de las partes parece estar en condiciones de alcanzar la victoria a corto o medio plazo.

En el frente político, también la situación puede considerarse de equilibrio. Aunque Assad es consciente de que no puede ganar la guerra bajo los actuales parámetros, cuenta aún con el aparato de seguridad del régimen y con el apoyo sin fisuras de las minorías alawita, drusa y cristiana que parecen dispuestas a luchar hasta el final por el miedo a futuras represalias de los sunitas.

Por su lado, y pese a los esfuerzos occidentales, la oposición muestra signos de división interna y es notoria la falta de legitimidad de sus líderes entre la población siria, que no comprende por qué permanecen fuera del país y no acuden a las zonas “liberadas”. Además, cada vez es más patente la creciente influencia del islamismo radical en las filas de la oposición armada. Muchos de los yihadistas, llegados desde el exterior, tienen experiencia de combate previa en Irak o Afganistán, lo que, junto a su fanatismo, les convierte en los luchadores más eficaces de la insurgencia. Esta capacidad de lucha ha sido favorecida por las ayudas en armas y dinero que reciben del exterior, en mucha mayor medida que otros grupos seculares del Ejército Sirio Libre. Esta situación levanta recelos en Occidente, que teme que un derrumbe del régimen de Assad suponga en realidad una victoria para Al Qaeda o sus grupos afiliados. Preocupa, y mucho, que estos grupos pudieran apropiarse de los arsenales existentes de armas químicas y biológicas.

Por lo que respecta a los actores externos, ambos bandos continúan recibiendo apoyos de sus respectivos aliados. Desde el principio de las revueltas, Irán y Hizbulá han proporcionado armamento, equipos y adiestramiento al régimen sirio. Incluso miembros de la milicia chiita libanesa estarían luchando directamente contra los rebeldes en la ciudad de Homs. Todo parece indicar que, llegados a la situación actual, el compromiso de ambos con Assad es incuestionable. Incluso, no sería descartable una implicación aún más directa y sustancial por parte iraní si el régimen de Assad estuviese en riesgo de colapso inminente.

Por otro lado, las monarquías del Golfo, Arabia Saudita y Qatar en particular, junto con Turquía, siguen apoyando al bando opositor proporcionándole armas y suministros. Hasta el momento, tanto EEUU como la Unión Europea, se han negado a proporcionar armas a los rebeldes, ante el temor de que caigan en manos inapropiadas, y se limitan a proporcionar ayuda a los refugiados y material “no letal”, como equipos de comunicaciones e inteligencia. No obstante, en las últimas semanas, y una vez que la nueva administración norteamericana se ha hecho con las riendas del Gobierno, se ha reabierto el debate sobre el rearme de la oposición. La intención sería que los grupos moderados y seculares rebeldes no se viesen sobrepasados por la fuerza de los salafistas.

Ante la situación de equilibrio existente, la cuestión es cómo abrir cauces de negociación. Aunque una potencial salida política parece algo improbable a fecha de hoy, sí parece haber algunos movimientos en ese sentido. Las últimas declaraciones del ministro ruso de Asuntos exteriores, Sergei Lavrov, y del nuevo secretario de Estado norteamericano, John Kerry, ambos favorables a impulsar la negociación sobre la base de los seis puntos del Comunicado de Ginebra de junio de 2012, así parecen indicarlo. Hay que recordar que este comunicado no implicaba el abandono del poder del presidente Assad, lo que ha constituido hasta la fecha una condición irrenunciable de los opositores. La posibilidad de un diálogo político sin condiciones previas constituiría un cambio de orientación en la estrategia estadounidense, que habría entendido que un derrumbe del régimen sería contrario a sus intereses. Por lo tanto, ya no se trataría tanto de derribar a Assad sino de obligarle a negociar una salida al conflicto.

En conclusión, la enorme complejidad del conflicto sirio, junto a sus hondas repercusiones para la geopolítica de Oriente Próximo, hacen muy difícil predecir el futuro cercano del país. No obstante, tanto el colapso súbito del régimen como un vuelco a su favor en el campo de batalla parecen descartados. Sólo una solución política, abierta e inclusiva, podría detener el brutal enfrentamiento sectario que está dejando un rastro de inmenso dolor y sufrimiento en la población.

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