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El 'caso Piëch': en Volkswagen, el apellido no importa
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El "caso Piëch": en Volkswagen, el apellido no importa

La caída de Ferdinand Piëch -hasta hace poco presidente del Consejo de Supervisión de Volkswagen (VW)- víctima de su propia conspiración contra el consejero-delegado confirma la pérdida en las grandes firmas del poder accionarial frente a la autoridad de sus directivos a causa del imperativo tecnológico.

La caída de Ferdinand Piëch -hasta hace poco presidente del Consejo de Supervisión de Volkswagen (VW)- víctima de su propia conspiración contra el consejero-delegado confirma la pérdida en las grandes firmas del poder accionarial frente a la autoridad de sus directivos a causa del imperativo tecnológico.

Bajo una trama con aire de celos profesionales, Piëch pretendió destituir a Martin Winterkorn, que con su gestión ha conseguido que en 2014 VW facture 202.000 millones de euros y obtenga beneficios por valor de 10.800 millones de euros, logrando así que la marca alemana se aproxime a Toyota, líder global del sector. Winterkorn lleva ocho años gobernando el grupo y seguirá contando, tras la escaramuza de Piëch, con el beneplácito del resto de accionistas, la representación sindical, así como del gobierno autónomo de Baja Sajonia.

El consejero-delegado de VW no lo tenía nada fácil: Piëch es nieto del mítico Ferdinand Porsche (el creador del Escarabajo), ingeniero de éxito en Audi, jefe del sello Porsche hasta 1992, además, es el representante de nada menos que el 50,7% de las acciones de VW. No obstante, el triunfo final de Winterkorn confirma la tesis que preconizara John Kenneth Galbraith (1908-2006) a lo largo de su obra desde finales de los años 50 del pasado siglo.

En la sociedad industrial, la relación entre el poder decisorio de los accionistas y la dimensión de la empresa o la complejidad de una operación es inversamente proporcional: a mayor volumen de éstas, menor influjo de aquellos, señalaba el economista norteamericano. En realidad, decía Galbraith, contemplamos un proceso en el cual el peso del empresario en relación con la tecnoestructura -representada fielmente en el caso que nos ocupa por Winterkorn- comienza a ser irrelevante.

"La empresa no puede arreglarse sin gerentes. No se puede argumentar que la gerencia hace el trabajo del propietario por delegación. La gerencia es necesaria no solamente porque la tarea es demasiado grande para hombre alguno la realice de por sí, sino porque dirigir una empresa es algo enteramente diferente de dirigir la propiedad de uno mismo", decía Peter Drucker. Drucker (1909-2005), un autor más afín a los intereses corporativos, se expresaba así cuando analizaba en The Practice of Management (1954) lo que ocurrió con Henry Ford, que condujo a la Ford Motor Company a la decadencia y casi a la desaparición quince años después de su creación.

Salvando las distancias, el "caso Piëch" recuerda que la era de los grandes nombres que recuerdan alguna consolidación empresarial hace tiempo que se ha acabado. Como les ocurriera a los Rockefeller, los Guggenheim o los Hilton -el modo de proceder del vástago de los Porsche se asemeja al comportamiento de aquellos 'robber-barons' decimonónicos- al final el capricho no suele quedar impune y la tecnoestructura, la burocracia que gobierna las empresas, termina ganando.

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