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¿Sabías que la Catedral Nueva de Plasencia está engullendo a la vieja?

¿Sabías que la Catedral Nueva de Plasencia está engullendo a la vieja?

Descubre de la mano de ONE Magazine por qué razones debes visitar esta localidad de Cáceres. Adéntrate en su historia y sus monumentos más característicos.

Era una mañana de calor horroroso. Dejamos aparcado el coche en la avenida Juan Carlos I, en una parte en la que el resto del día daría la sombra de un edificio cercano. Así comenzó nuestra visita a Plasencia. Hacía falta caminar despacito para no acalorarse.

Primera parada: un monumento en memoria de los caídos de la Guerra Civil

Lo primero que, como turistas, atrajo muestra atención fue un pequeño parque con un monumento. Al acercarnos vi que era un antiguo monolito en forma de cruz levantado a la memoria de los caídos del bando nacional durante la Guerra Civil de 1936 a 1939.

Me hizo pensar durante un rato en mi propia familia, que sufrió sus efectos dañinos tanto a los de un bando como a los del otro, y tanto en las primeras líneas del frente –un tío mío murió en la batalla del Ebro y otro en la ofensiva de Zuera, uno en cada bando- como en la retaguardia, con sus desplazamientos de mayores, mujeres y niños para encontrar un lugar a salvo de los combates.

El que murió en Zuera era uno de los cadetes que, como otros que estaban de vacaciones de fin de curso, no se encontró en la Academia de Infantería en julio de 1936 y no padeció aquel asedio al Alcázar de Toledo que tanta importancia dieron defensores y atacantes, y que tanta resonancia internacional alcanzó.

Plano de la Plasencia antigua / Luis Toro.

Observé que al monumento de Plasencia le faltaban algunos adornos que habían sido arrancados y, en cambio, le sobraban algunas pintadas ya antiguas. Me dio pena el empeño de algunos de estos tiempos –que seguro que por su edad no conocieron los efectos inmediatos de aquella guerra, ni las causas, ni los legítimos ideales de unos y de otros- de asaltar la memoria de ¡¿sus enemigos?! como si ahora siguieran siéndolo de ellos, en lugar de colocar en el mismo nivel a los que, de su bando, creyeran merecedores de un trato igualitario.

Que los muertos descansen en paz y que los que, por sus méritos merezcan el recuerdo, que lo tengan, pero dedicarse ahora a remover tumbas, huesos y recuerdos sólo sirve para herir a los familiares de aquellos que murieron en ese bando antes vencedor en la guerra y ahora, tras más de 70 años, calificados como los únicos malos de nuestro pasado civil.

Podríamos caer en la cuenta de que el primitivo castigo egipcio de privar del descanso a los muertos a base de destruir los monumentos levantados en su memoria –la ‘damnatio memoriae’ de los romanos- sigue vivo, como si los siglos de civilización no hubieran servido de gran cosa al respecto de aprender a respetar al rival y aceptar que luchara por sus ideales.

Segunda parada: las murallas

Nos dirigimos hacia el centro siguiendo por la avenida que nos llevaba hacia el casco antiguo pasando por donde había estado un tramo de la muralla medieval. La fortificación de Plasencia estaba formada por un castillo o alcázar en el extremo del terreno rodeado por el río Jerte del que partía una larga muralla que creaba un gran espacio interior protegido para acoger eventualmente en caso de peligro a tropas, caballos, vituallas, vecinos de los alrededores y sus enseres y ganados. Este mismo tipo de fortificación lo vemos, por ejemplo, en Molina de Aragón.

La ciudad conserva mucha parte de esas murallas del siglo XII y que están muy bien restauradas. Su perímetro original, que partía del alcázar o castillo –destruido durante la Guerra Civil del 36-, se ha estimado en cerca de 2’5 km; algunos estudios refieren que llegó a tener más de 70 torreones, de los siguen en su sitio 26. Como referencia, la muralla de Ávila, que se conserva íntegra, mide algo más de 2,5 km y tiene 87 torreones y 9 puertas.

La muralla de Plasencia conserva 7 grandes puertas, algunas monumentales, capaces de dar entrada y salida a grandes carromatos. Conservan sus antiguos nombres de Puerta del Sol, Puerta de Trujillo, Puerta de Talavera, Puerta de Berrozanas, etc.; también conserva tres puertas pequeñas o postigos para el paso de personas y cargas pequeñas llamadas del Salvador, de Santa María y de Santiago.

Resultan muy interesantes las lápidas de 1488 que, sobre las puertas del Sol y de Trujillo –y seguro que estarían en otras desaparecidas-, informaban en letras góticas a los forasteros de que la ciudad había dejado de ser de los Zúñiga y regresaba a la jurisdicción real. Por ello aparecen sobre ellas el escudo de los Reyes Católicos.

Tercera parada: la Plaza Mayor

No había casi nadie por las calles. Era un día no aconsejable para el turismo a causa del calor, un calor que no impedía el placer de ir paseando ante casonas antiguas de piedra, con sus portones y escudos heráldicos o argollas en las que antiguamente se ataban los caballos.

Llegamos a la Plaza Mayor, un delicioso lugar por sus soportales, por la arcaica irregularidad de su perímetro y por la inclinación de su superficie. Como en todas las plazas mayores, y a pesar del calor, había gente, visitantes y locales, ya dedicados al noble arte del tapeo, ya paseando o ya cumpliendo con la obligación de todo turista de nutrirse con las delicias de la gastronomía local. Por cierto, tomamos las imperdonables migas y una interesante cerveza de bellota.

Escudo de los Reyes Católicos en la Puerta de Trujillo, Plasencia.

En una de las esquinas de la plaza está el edificio del Ayuntamiento, levantado en el siglo XVI y, como corresponde a ese tiempo, adornado no con uno sino con dos enormes escudos en piedra –algo desgastada por los siglos- del emperador Carlos, uno sobre la portada de acceso, bajo su propio soportal, y el otro, muy audaz, en la esquina del edificio.

A quienes no gusten de las piedras antiguas les llamará más la atención el Abuelo Mayorga, una figura de gran tamaño que aparece encaramada a la torre del reloj y que, con un mazo, da las horas. Me recordó al conjunto de autómatas del reloj de Laguardia.

Cuarta parada: directos a la Oficina de Turismo

Una vez descansados, alimentados y repuestos, seguimos camino de la joya de Plasencia. Pasamos por la Oficina Municipal de Turismo, que está instalada en una antigua iglesia en la que aparecían escudos de los Zúñiga, los propietarios durante unos años de Plasencia. Aparte de recibir cabal información, muy bien explicada, y mucha por escrito, vi algo que me sorprendió. Al fondo del local, un poco en penumbra, había una vitrina adosada al muro en la que se veía lo que, sin duda, era una antigua bandera coronela del siglo XIX.

Bandera Coronela del Regimiento de Milicias de Plasencia.

Me acerqué a verla y, efectivamente, era la bandera principal del Regimiento de Milicias de Plasencia. Estaba bastante deteriorada pero aún en un punto en que podía llevarse a cabo una buena restauración. La pena es que se le iban cayendo trocitos de la seda que, afortunadamente, quedaban recogidos en el fondo de la vitrina.
¿Qué hacía allí esa bandera? Por lo visto, y según me explicaron allí mismo, el alcalde de Plasencia ordenó que se quedara en la ciudad, enfadado porque el Regimiento de Milicias fue trasladado a un acuartelamiento en otra ciudad, quizá Trujillo. El color blanco de la bandera la situaba en fechas anteriores al 13 de octubre de 1843, cuando se decretó para el Ejército la bandera nacional rojo-amarillo-rojo.

Quinta parada: la esperada catedral

Seguimos paseando por la sombra de los edificios hasta llegar al objetivo principal de la visita. No era esta la primera catedral que visitábamos y, precisamente por eso, sentí una inicial sensación de desconcierto que no supe a que se debía. Desde luego, la construcción era magnífica –me recordaba algo a San Juan de los Reyes en Toledo-, la decoración plateresca, las antiguas pinturas en rojo con varios vítores –equivalentes a las de Salamanca y a la de Laguardia-, el entorno…, todo era lo esperable en una antigua e importante ciudad pero diferente.

No me resultó fácil localizar la rareza de la catedral, porque estaba muy arriba y no había mucho espacio para tener una vista adecuada: una parte tenía una altura mucho mayor que la otra y el vano vertical entre ambas estaba cerrado con un muro de ladrillos. ¡Claro! Caí en la cuenta de que, en realidad, estábamos en una curiosa foto fija de la historia constructiva. La edificación de la catedral nueva -del siglo XVI-, de mucha mayor altura y superficie que la vieja –del siglo XIII-, se había interrumpido y, como la nueva iba haciéndose en el mismo lugar a medida que se demolía la vieja, aún quedaba una parte de ésta.

Imagen y plano de la catedral / Amigos Catedral Plasencia.

Esto en el exterior no resultaba muy llamativo, sobre todo en un día de grandes calores. En el interior, sí se apreciaba, aparte de la evolución artística, en los dos tipos de piedra, una más desgastada que la otra. Y, sobre todo, en el claustro; allí está la prueba indiscutible de esa interrupción de las obras: un muro a medio continuar hacia una dirección que exigía el derribo de esa parte de la catedral antigua.

El resto, sin necesidad de paradas

La visita, dentro del día, a Plasencia dio mucho más de sí: pasear sin prisa por calles y recovecos en los que te cruzarías sin extrañarte con personajes al estilo de Felipe II, contemplar edificios de los siglos XVI y XVII muy bien cuidados, etc.

De este rico patrimonio arquitectónico destacan los palacios señoriales: el Palacio del Marqués de Mirabel, el de los Monroy, la Casa del Deán, la de los Grijalva, la de los Toledo Barrantes, el Parador Nacional… Plasencia tiene tal cantidad de tesoros, producto de su larga historia y de la importancia y riquezas de sus habitantes, que nos hacen sentirnos pequeños y obligados a conocerlo, porque es lo nuestro, recibido de nuestros abuelos y, desde mi punto de vista, preferible 1000 veces a un Nueva York por más que la llamen la capital del Mundo.

Claustro de la Catedral de Plasencia.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    1500 | Julián Simón Caslero - 30/09/2016 @ 17:35:33 (GMT+1)
    Soy placentino, vivo lejos de mi tierra aunque la visito de vez en cuando.
    Gracias por el reportaje. Me ha gustado mucho.
    No conocía la historia de la bandera. La próxima vez que vaya intentaré verla.
    El alcázar, del que tengo una foto, fue demolido después de la guerra civil. Una pena, una mala decisión del ayuntamiento cuando todo lo viejo parecía inútil.
    Afortunadamente las murallas se han ido restaurando poco a poco.
    Un saludo

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