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¿Qué es el populismo?
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(Foto: María Alejandra Mora)

¿Qué es el populismo?

El término populismo suele ir acompañado de connotaciones negativas. Sin embargo, el abuso del término puede conducir a emplearlo sin rigor o de manera incorrecta, como sucede con otros términos como el de «fascismo». Para evitar caer en ese error, este artículo trata de explicar el origen de dicha palabra, cuáles son las características generales de un sistema político populista y cuáles serían los ejemplos históricos más claros.

Origen del término

El término «populismo» suele asociarse automáticamente a los regímenes políticos de Iberoamérica del siglo pasado. Pero ni el populismo nació en el s. XX, ni se dio exclusivamente en el continente americano. El término proviene del latín populus, que significa «pueblo» y figuraba en las divisas institucionales romanas por lo menos desde el año 80 a. C. El conocido «SPQR», acrónimo de Senatus Populusque Romanus («el Senado y el Pueblo Romano»), condensaba el fundamento de la sociedad romana: por un lado, el Senado, la máxima institución de la República y, por otro, el pueblo, el auténtico sujeto político de la misma. El pueblo era en aquel sistema el conjunto de los ciudadanos, no todo habitante de la ciudad, sino sólo aquellos que tenían derechos políticos y deberes cívicos.

Sin embargo, el populismo ya había aparecido siglos antes en Grecia, cuna de la democracia. En efecto, la timocracia del s. VI a.C. llevó al gobierno de Atenas a ciudadanos bien preparados y regidos por un estricto código de honor que preparó así el terreno a una democracia modélica. Solón (594 a. C.), Clístenes (509 a. C.) y Efialtes de Atenas (462 a. C.) contribuyeron al desarrollo de ese sistema en el que se empezó a dejar a entrar cada vez más gente en la gestión de la cosa pública. Eso permitió que Tucídides cantara las loas del gobierno de Pericles (muerto en el 429 a.C.) y su ejemplo llegara hasta hoy.

Como no ha nacido aún el sistema político perfecto e inmutable, pronto aparecieron diferentes percepciones en aquel paisaje democrático idílico. Surgió un grupo de personas que, utilizando los procedimientos democráticos, jugaron a ser dictadores en la sombra, manipulando a los electores, a los ciudadanos. Los demagogos no dieron ningún golpe de Estado; simplemente se aprovecharon de los puntos débiles del sistema en el que les había tocado vivir para sacar el máximo provecho personal de aquella situación. Eran capaces de convencer a su auditorio para orientar su voto en una dirección u otra según les conviniera. Utilizaron las formas, los procedimientos, para pervertir el espíritu democrático.

Quizás, el momento cumbre de esa demagogia, de esa injusticia consumada en nombre de la ciudadanía, del pueblo, por el bien del pueblo, lo constituyó la acusación contra Sócrates. Una sentencia de la polis de Atenas condenó a Sócrates a muerte por cicuta y, según recogió Platón en su Fedón, «Critón le cerró la boca y los ojos» el año 399 a. C. Las instituciones democráticas acabaron con su vida cuando hicieron caso las acusaciones que contra él se vertieron –no reconocer a los dioses atenienses y corromper a la juventud—. Por eso, cuando Platón, discípulo de Sócrates, habla de la democracia lo hace desde el desencanto y Aristóteles, discípulo de Platón, lo hace ya desde una posición menos pesimista y ofreciendo más soluciones; el primero habla de las bondades del gobierno mixto, con predominio del elemento aristocrático, mientras que el segundo insiste en la educación cívica de los que van a votar y tomar decisiones.

El desarrollo de las instituciones democráticas recibió un gran impulso con la República romana. Sin embargo, esta, sucesora de la monarquía, fue reemplazada definitivamente con el ascenso de César Octavio Augusto al poder (27 a. C.) y con su transformación en dios-emperador. En efecto, aunque siguiera blandiéndose el SPQR por doquier, afirmar que el emperador no es un hombre más sino que es todo un dios destruye en sí mismo el principio democrático de la igualdad de todos los miembros del cuerpo social. Sin prejuzgar si eso fue bueno o malo para Roma o para la Historia de la humanidad, aquí simplemente se afirma que ese fue el fin de la democracia en Roma.

Por supuesto, los emperadores –incluyendo a Cayo Julio César, padre adoptivo de Augusto, asesinado el día de los idus de marzo del año 44 a.C. — siempre miraron de reojo lo que decía el Senado y la plebe; no porque estuvieran convencidos de que debían rendirles cuentas, sino por temor a que le organizasen una conjura o una sublevación que acabara con su vida o su estirpe. En resumen, su preocupación por el interés popular era poco sincero en términos generales. Es cierto que algunos emperadores hicieron progresar su civilización en el campo científico, técnico, cultural y, sobre todo, de las instituciones políticas y el Derecho. En aquella Roma imperial, los primeros populistas fueron los propios emperadores, que buscaron lisonjear a su pueblo y le suministraron «pan y circo» con tal de que les dejaran gobernar a su gusto. Aquella civilización, centrada en sí misma, decadente por buscar sólo cubrir sus necesidades más básicas, sin fuerzas para acometer grandes empresas, pereció bajo la presión exterior de los bárbaros sin grandes dificultades. Un pueblo, preocupado por sus intereses individuales, que había abdicado de la búsqueda del bien común, no podía sobrevivir por mucho tiempo.

Aquel pueblo romano desapareció y fue sustituido por una serie de tribus bárbaras que fueron adoptando algunos elementos de la civilización caduca. La fusión de lo viejo y lo nuevo produjo nuevas formas políticas, la más importante de las cuales fue el feudalismo. Allí ya no había pueblo ni democracia; había un monarca, unos nobles consejeros y unos súbditos que debían fidelidad a su señor. La esclavitud era, ciertamente, cosa del pasado, pero la realidad era bastante parecida pues la propiedad de las vidas de aquellos fieles podía ser comparada a la posesión de cualquier otro bien material. Los pensadores cristianos de aquella época que duró mil años debatieron a profundidad sobre las formas políticas más justas; grosso modo, justificaron que el rey desempeñara un papel de padre de los súbditos por el bien de todos como la cabeza vela por el bien de todo el cuerpo.

Con el aristotelismo medieval y la llegada del Renacimiento, volvieron a aparecer las ideas de Aristóteles y su concepción de ciudadanía, de igualdad,… conceptos que impulsaron el surgimiento de repúblicas en la península Itálica, como la de Venecia o la de Génova. Allí, a través de unas elecciones, se le concedía un poder inmenso a una especie de dictador (el dux), aun conservando una serie de instituciones democráticas, tales como un Senado o unos tribunales que aplicaban el Derecho (y su idea de justicia). La ruptura con la Iglesia Católica en el s. XV permitió que en media Europa se desarrollaran instituciones que fueron germen de democracia y que florecieron con la llegada de la Ilustración y, sobre todo, tras las ondas revolucionarios provocadas por el impacto de los sucesos de finales del s. XVIII en las Trece Colonias Americanas y en Francia. En efecto, durante siglos la Iglesia fomentó la idea de la necesidad de mantener la unidad del continente europeo bajo la guía (espiritual) del papa y (política) de un emperador; en efecto, destruir ese modelo implicó buscar formas de gobierno menos universalistas y que no funcionaran de arriba a abajo, sino que se legitimaran desde la base. Esto no significa que Lutero fundara instituciones democráticas, pero sí es cierto que, al romper el monopolio de la Iglesia Católica en muchos ámbitos, tuvo que fundamentar su legitimidad de alguna manera y eso llevó a buscar un cierto arraigo del principio democrático. La Paz de Westfalia (1648) y su solución para frenar las guerras de religión –cuius regio, eius religio— no fue un ejemplo de democracia en sí, pero sentó las bases para sostener la igualdad radical de los seres humanos y la conciencia de que los nobles príncipes deberían compartir algo de su poder con el pueblo al que iban a regir.

A partir de ese momento, además, quedó herida de muerte la teoría de la legitimidad divina de los reyes. Si ya antes se había justificado el tiranicidio para ciertos casos extremos, las revoluciones inglesas del s. XVII mostraron al resto del continente que los reyes ya no podían seguir siendo tan soberanos, que debían compartir el poder con un Parlamento. Después ya sólo quedaba responder a la pregunta de cómo debe conformarse esa cámara, quiénes pueden ser elegidos y quiénes los eligen.

«Todo el poder para el pueblo, pero sin contar con el pueblo» fue el lema usado por el despotismo ilustrado del s. XVIII. Se basaba en la idea paternalista de que los gobernantes debían velar por el bien de sus súbditos, pero sin hacer mucho caso a las demandas que pudieran hacerles pues en realidad eran unos pobres ignorantes que no sabían realmente lo que necesitaban. Sobre esa mentalidad se construyó toda una forma de hacer la política sin dejar que los regidos participaran de alguna manera en el proceso de toma de decisiones. Aunque fuera con intermediarios. Así, con la Ilustración en el s. XVIII comenzaron a popularizarse las ideas de algunos pensadores que abogaban por pasar de un sistema absolutista, donde un solo monarca ejerce un poder absoluto, a un sistema democrático.

En ese sentido, fueron capitales las aportaciones de Locke, Kant, Montesquieu y Rousseau entre otros, ya que primero hubo que justificar que todos los seres humanos somos iguales por naturaleza. Esto dio pie a reclamar al monarca que compartiera el poder político que ostentaba en solitario pues los súbditos tenían que abandonar su estado de minoría de edad para pasar a ser adultos responsables, ciudadanos de pleno derecho. Eso solo podía hacerse si la gente, bien formada y educada, se atrevía a poner en cuestión las órdenes que recibía de las autoridades, si osaban poner en tela de juicio sin acatar automáticamente como autómatas las órdenes de sus superiores. Después se pasó a exigir la separación de poderes para asegurar con un sistema de contrapesos que ninguna persona o institución tendría un poder absoluto, sino que se controlarían mutuamente.

Tomando la Revolución Francesa como modelo, la ruptura con el pensamiento anterior se dio en el momento en que Sieyès propuso que los Estados Generales se transformaran en Asamblea Nacional y, al poco tiempo, Constituyente. Puede parecer un simple cambio de nombre, y eso es lo que realmente fue, pero es que los nombres significan cosas y sirven para describir realidades; en este caso, se pasaba de una concepción paternalista del reino a una visión más aséptica –y fría, si se quiere— en la que el rey ya no era el padre de todos ni simbolizaba la unidad nacional sino que el soberano ya era el pueblo, que confiaba en unos gobernantes que periódicamente debían rendirle cuentas. El reino pasó a ser un Estado-nación y los súbditos se convirtieron en soberanos, en ciudadanos de primera categoría. Esto sucedió en el mismo 1789. Y aún se dio un paso más cuando se aprobó la Constitución (1791) y se creó una Asamblea Legislativa que puso a prueba la paciencia del rey. Ahí se evidenció que el núcleo del poder no estaba ya en el monarca sino en una asamblea o Parlamento que representara legítimamente al pueblo, a la ciudadanía.

Hubo de acudir a la ficción de la representación, pues no parece que para gobernar extensas masas de territorio se pueda aplicar la teoría de la democracia directa; eran necesarios intermediarios que manejaran los asuntos políticos mientras el resto de la población se dedicaba a sus labores. ¿Quiénes podían ser electores? Pareció razonable entonces que sólo podían serlo aquellos que tenían cierto nivel económico y educativo pues se entendía que sólo ellos actuarían con seriedad y con responsabilidad.

Sin embargo, como Luis XVI se negó a firmar las leyes que la Asamblea le presentaba, ésta proclamó unilateralmente la república en septiembre de 1792, declarando abierto un nuevo proceso constituyente que trajo la Constitución del año I (1793), que contemplaba el sufragio universal y el derecho a la rebelión. La hora de los más desfavorecidos había llegado a la política francesa, dando paso a la etapa de la Convención. Esta época está llena de escenas estremecedoras en las que el populacho tomó las instituciones más respetables y las convirtieron en un auténtico esperpento: la Asamblea (la llamada Convención) era una turba «hipnotizada» por Robespierre, mientras que los tribunales no eran «de justicia» sino «revolucionarios». Esta etapa acabó con un golpe de Estado, con una «reacción termidoriana» que llevó a Robespierre y sus compañeros a la guillotina y trajo un gobierno tranquilo de propietarios –eso sí, después de una breve etapa de «terror blanco»—.

Las revoluciones inglesas del siglo XVII y las revoluciones americana5 y francesa del siglo XVIII pusieron en práctica esas teorías, plasmaron en la realidad aquello que se había discutido en salones de té y en aulas universitarias. Y una vez que el sufragio universal se había llevado a la práctica era difícil dar un paso atrás y expulsarlo de la historia. Así, ya en el siglo XIX, los obreros, generalmente poco formados y sin gran capacidad económica, emprendieron una lucha por conquistar derechos políticos, reclamando entre otras cosas ese sufragio universal.

El siglo XX trajo otro paso en los nuevos desarrollos de los sistemas políticos y hubo movimientos que, en nombre de la democracia, de una auténtica democracia, se arrogó la capacidad de interpretar casi instintivamente los deseos del pueblo, pudiendo prescindir así de los intermediarios, de los profesionales de la política. Nacieron de este modo los diversos fascismos. Sin lugar a dudas, la corrupción y el agotamiento del modelo liberal decimonónico facilitó el ascenso de estos movimientos. Aquellos partidos liberales habían demostrado que no sabían gestionar lo que Ortega y Gasset describió magistralmente en La rebelión de las masas: la llegada de grandes masas de gente a la política. Si en el siglo XVII la política era una cosa de unas pocas decenas de personas en todo el país, en el siglo XVIII pasó a estar en manos de unos pocos cientos mientras que en el XIX y XX ese número creció exponencialmente.

Los únicos que habían demostrado ser capaces de integrar a las masas en un entramado político fueron los distintos movimientos obreros; aquellos socialistas habían conseguido aglutinarse en torno a las ideas de Marx y Engels y llegaron a organizarse internacionalmente a través de la Asociación Internacional del Trabajo. Escisiones aparte, los socialistas mantuvieron una especie de herencia común que les permitió aliarse en no pocos sitios a socialdemócratas con comunistas e incluso con anarquistas. Himnos, cánticos, imágenes, discursos, colores, banderas, lemas, eslóganes, manifestaciones,… todos esos elementos fueron permeando la gran masa obrera, que se fue reuniendo en las sedes de los partidos, en las llamadas «casas del pueblo».

Tanto desde el sindicato como desde el partido se inició una labor tribunicia, es decir, una crítica permanente de un sistema que ellos sabían que no iban a dirigir6 . También ofrecían, prometían cosas que sabían sobradamente que iban a poder otorgar en caso –extraño, remoto— que llegasen a tocar poder. Algunas de sus reivindicaciones sí calaron en ciertos gobernantes y fueron avanzando en sus conquistas. De esta época (siglo XIX y comienzos del XX) proceden la mayoría de los clichés, viejas creencias, eslóganes y modus operandi que aún a día de hoy mantienen ciertos grupos de extrema izquierda. Estos movimientos obreros tuvieron un éxito limitado en el siglo XIX (salvo la comuna de París, de 1871); no así en el XX, donde disfrutaron de evidentes triunfos. Es cierto que la revolución rusa de 1905 fue un fracaso en cuanto a la eficacia cortoplacista, pues no llegó a conseguir más que se inaugurara en mayo de 1906 una Duma imperial domesticada por el zar. Sin embargo, aquella revolución tuvo una virtualidad para los enemigos de aquel orden establecido: fue el ensayo general para la revolución que doce años más tarde sí llegó a cuajar: las revoluciones de 1917.

Quizás hoy se diría que Lenin fue un líder populista porque ofrecía cosas a los obreros que no iba a poder cumplir pues todo el entramado del sistema zarista lo impediría. Con lo que no contaron entonces es con que Lenin tenía un plan en mente y lo iba a ejecutar, pese a todas las resistencias provenientes de derecha e izquierda, como así fue.

Principales casos históricos

Sin embargo, Lenin y su POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia) no fueron los primeros populistas. Habría que remontarse a la América del siglo anterior. Tras la guerra civil o de secesión estadounidense, Oliver Hudson Kelley, un empleado del Departamento de Agricultura, hizo un viaje en 1866 por los estados del sur. Al ver la situación tan penosa de los pequeños propietarios se decidió a fundar en 1867 la National Grange of the Order of Patrons of Husbandry, comúnmente conocido como Grange9 , cuyos miembros, los grangers, seguían una serie de rituales secretos a imitación de los masones. En la década siguiente el movimiento se extendió por todo el país, llegando a contar con unos 800.000 afiliados. Este movimiento populista dio lugar al Partido Popular (1891) y tuvo su punto álgido en las elecciones presidenciales de 1896, cuando fue absorbido definitivamente por el Partido Demócrata. Su mensaje giraba en torno a los abusos de los ferrocarriles, el precio de los cereales y la inflación. En Europa también surgieron movimientos populistas, especialmente en Rusia, de la mano de los naródniki, es decir, de los miembros de Zemliá i Volia («tierra y libertad», en ruso) fundada en 1860, que luego dio lugar a la Naródnaya Volia («voluntad popular») en 1880. Como en su contraparte americana, eran de origen agrario, pero en este caso eran socialistas y no nacieron en un ambiente democrático sino bajo la autocracia de los zares y la presión de la Ojrana (Policía Secreta).

Tras la Segunda Guerra Mundial, los partidos políticos tuvieron que alinearse ante la confrontación ideológica que se había establecido entre el bloque liberal-capitalista y el bloque socialista, reproduciendo el esquema izquierda-derecha. Sin embargo, según se acercaba el final de la Guerra Fría las diferencias entre los partidos de una tendencia y los de otra iban desapareciendo ya que ofrecían a sus electores soluciones semejantes para los problemas que se planteaban en sus respectivas sociedades. Ante el surgimiento de un electorado más o menos neutro, que huía casi instintivamente de identificarse demasiado con una ideología o con la contraria, los partidos se lanzaron a la caza del centro electoral, sembrando mensajes confusos, ambiguos, que bien podrían ser aceptados casi por cualquier persona, no radicales y, por lo tanto, poco fieles a sus propios principios. Son los conocidos como catch all parties o «partidos atrápalo todo». A estos partidos también se les podría calificar de populistas en el sentido de estar orientados a captar el mayor número de votos sin importar mucho qué se ofrece al electorado pues la intención de cumplir lo prometido es bastante dudosa.

La labor de los partidos tribunicios es semejante en este sentido pues tienen como objeto lanzar mensajes exagerados o radicales, claramente identificados con la línea original del partido o de la ideología a la que dice representar, sabiendo que difícilmente alcanzará el poder y se verá en la tesitura de aplicar su programa (que en el fondo sabe que es inaplicable).

Como consecuencia lógica de ese sistema de «partidos atrápalo todo» surgió el sistema de «partidos cártel» o los cárteles de partidos. A ese escenario se llega desde un sistema donde una multitud de partidos compiten en condiciones de –más o menos— igualdad; poco a poco, los electores sólo respaldan un limitado número de ofertas por lo que dan su apoyo a un número de partidos más limitado; dichos partidos, en un proceso de retroalimentación, se cuidan unos a otros, se protegen entre sí, para que al final las opciones queden reducidas a dos o poco más, de manera que los demás partidos languidezcan sin subvenciones públicas o incluso se extingan. Esa reducción concertada de competitividad entre actores es lo que se llama «cártel», que es una situación previa al monopolio y distinta a la libre competición entre agentes políticos (o económicos). De ahí que parezca que los partidos políticos tradicionales –que no necesariamente tradicionalistas— o del establishment hayan incluido elementos populistas en sus discursos, o hayan aceptado elementos que al final se han convertido en transversales a todos ellos (aunque vayan en contra de sus idearios)

En este sentido, el sistema político se autolegitima a través de esos pocos partidos, de manera que cuando, por demanda social, surgen otros movimientos o partidos, éstos tienen que luchar duramente para hacerse un hueco entre los que ya estaban antes, en ocasiones lanzando mensajes que pueden ser entendidos como antisistema. Esta acusación es, en gran medida, cierta, pues los nuevos partidos desean modificar el statu quo, el estado de cosas que, claramente, les perjudica y que, por otro lado, consideran que es injusto para ellos, para sus electores e incluso para la sociedad en general

En este punto, es interesante recordar cómo Ortega y Gasset describía con gran entusiasmo y optimismo la «nueva política», contraponiéndola a la «vieja». No hay que olvidar que Ortega, republicano convencido, contemplaba con pesimismo la situación de –desde su punto de vista— decadencia en la que entonces se encontraba España frente a la ilusión que le generaba la promesa de una «inminente» llegada de un nuevo régimen que viniera a levantar España del letargo en el que parecía encontrarse: «Y, por encima de todo esto, una generación, acaso la primera, que no ha negociado nunca con los tópicos del patriotismo y que, como tuve ocasión de escribir no hace mucho, al escuchar la palabra España no recuerda a Calderón ni a Lepanto, no piensa en las victorias de la Cruz, no suscita la imagen de un cielo azul y bajo él un esplendor, sino que meramente siente, y esto que siente es dolor»

Sin embargo, al hablar de populismos, es imposible no volver la mirada al sur del continente americano, donde proliferaron todo tipo de regímenes que, grosso modo, podrían ser calificados como populistas, siendo el más paradigmático el peronismo, el régimen de Juan Domingo Perón, y su perpetuación en el tiempo a través de mensajes y estructuras puestas por él en marcha.

Principales ejemplos de regímenes populistas

América

Argentina: Juan Domingo Perón, Carlos Menem, Néstor Kirchner.

Brasil: Getúlio Vargas, Fernando Collor de Mello, Lula, Dilma Rousseff.

Bolivia: Evo Morales.

Ecuador: Rafael Correa.

Nicaragua: Daniel Ortega.

Perú: Alberto Fujimori.

Venezuela: Hugo Chávez Frías, Nicolás Maduro.

Europa

Austria: Jörg Haider (Partido Popular Austríaco, ÖVP).

Francia: Jean-Marie Le Pen y Marine Le Pen (Frente Nacional).

Grecia: Alexis Tsipras (Coalición de la Izquierda Radical, Syriza).

Italia: Silvio Berlusconi (Forza Italia), Beppe Grillo (MoVimento 5 Stelle).

Reino Unido: Nigel Farage (Partido de la Independencia del Reino Unido, UKIP).

Es necesario reconocer que apenas se nota la diferencia entre izquierda y derecha mientras que la gran brecha se sitúa entre los partidos que son del establishment y los que no lo son, entre aquellos que trabajan desde dentro del sistema y los que están fuera luchando por hacerse un hueco en el mismo (o abiertamente pretenden destruir ese sistema y construir uno diferente).

Durante el siglo XIX la política estaba en manos de unas pocas centenas de prohombres; sin embargo, miles de obreros ya participaban en movimientos sociales y se asociaban para luchar por una misma causa. Cuando pasaron inevitablemente (y como era de justicia) a engrosar las filas de los electores, los partidos liberales, elitistas por naturaleza, no supieron hacerse con la nueva situación; o dicho de otro modo, había otros actores que ya llevaban tiempo gestionando la participación simultanea de miles de personas en los asuntos públicos. Así, los partidos socialistas fueron los primeros ejemplos exitosos de partidos de masas.

Precisamente, una de las cuestiones más estudiadas por Ortega y Gasset fue esa contraposición entre masa y élite, los pros y los contras que se derivaban del objetivo advenimiento de las masas a la vida política y social contemporánea. Otros autores también criticaron la llegada de las masas, entendidas estas no en sentido numérico sino en términos cualitativos, es decir, una ingente cantidad de personas que no piensan por sí mismas, que no muestran ser capaces de razonar, sino que se ven zarandeados por mensajes de una u otra dirección. Es lo que el papa Pío XII llamaba «oclocracia», el gobierno de las masas informes, sin criterio, capaces de acabar con la propia (auténtica) democracia.

En línea con Eugenio Pacelli, otro pontífice señaló que «Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana», denunciando que «una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia».

Aquí es pertinente recordar las palabras de Max Weber, recogidas por Pakulski y Higley sobre el líder carismático en las democracias occidentales, que acabarían derivando en sistemas cesaristas donde un líder carismático se haría con el control de las democracias liberales: «He depicted leader democracy as a distinctive political order marked by the domination of charismatic leaders over professional parliamentary politicians, party machines, and state bureaucracies».

Conclusiones

Tras realizar este recorrido por la historia de las ideas políticas y la evolución de los sistemas de partidos, se puede concluir que, como se afirmó al principio, se ha abusado del término «populismo» en muchas ocasiones. A veces, incluso, ha servido para denigrar simplemente al oponente, tal y como hicieron con Lech Walesa y Vaclav Havel. No obstante, hay que subrayar que, salvo el caso de los movimientos populistas del siglo XIX, ningún otro partido político ha vuelto a usar el término para autodenominarse como tal con orgullo. Por lo tanto, el término «populismo» ha sufrido un proceso de asignación de todo tipo de connotaciones negativas, como le sucede al término «fascismo».

Parece inevitable que, en toda sociedad humana que busque un mínimo de progreso, debe existir un sujeto rector y un sujeto regido, es decir, debe haber alguien que mande y otros que obedezcan. En ocasiones ambos sujetos pueden coincidir (como sucede en la democracia), pero eso, tarde o temprano, acaba por quedarse en el terreno de la teoría para pasar a una práctica bien distinta: que quienes realizan funciones de intermediarios entre la gran masa de ciudadanos y quien ejerce el poder se conviertan en los auténticos detentadores del poder, haciendo de los ciudadanos simples electores, con un poder muy limitado. En palabras de Rousseau: «Los diputados del pueblo no son, pues, ni pueden ser sus representantes, no son más que sus mandatarios; no pueden concluir nada definitivamente. […] El pueblo inglés cree ser libre, y se engaña mucho; no lo es sino durante la elección de los miembros del Parlamento; desde el momento en que estos son elegidos, el pueblo ya es esclavo, no es nada»

En efecto, se ha dado en muchas democracias occidentales una reacción entre el electorado contra los partidos tradicionales y se ha dado un giro del sentido del voto hacia partidos completamente nuevos, que se presentan prácticamente «inmaculados», sin sombra de sospecha de corrupción o abuso de poder. El caso más paradigmático ha sido el triunfo de Emmanuel Macron y su movimiento República en Marcha, que en realidad no era hace un año un partido político. En pocas palabras, los electores han votado en algunos países todo lo contrario de lo que se le proponía desde el establishment, simple y llanamente porque se le proponía desde allí.

Sin entrar a valorar las opiniones de Pareto o de Robert Michels sobre la teoría elitista de la democracia y su regla de hierro de la oligarquía, parece evidente que en las complejas sociedades actuales (y futuras) el papel de los intermediarios se hace cada vez más necesario e incluso imprescindible para el buen funcionamiento de la democracia. Aunque haya adelantos tecnológicos que permitan la participación directa en el proceso de toma de decisiones (a través de medios electrónicos o telemáticos, por ejemplo) siempre será necesario la existencia y el trabajo de personas que interpreten la realidad, examinen cuáles son las necesidades y las prioridades y las ordenen, canalicen, potencien las demandas o las mitiguen hasta el punto de hacerlas desaparecer. Como se ha podido ver a lo largo del documento, los populismos nacen en las democracias. Esto no quiere decir que sea una evolución lógica –y positiva— de las mismas sino que crecen en su interior como un parásito: se aprovechan de ellas, de las posibilidades y recursos que ofrecen, para lanzar mensajes con el fin de hacerse con el poder y desde allí transformar el sistema. Se aprovechan de la debilidad de un sistema político dado y de la mala situación (generalmente económica) de una buena parte de la población para hacerse un hueco en el escenario político. Surgen como una manera más de canalizar las insatisfacciones, agravios y demandas por parte de la ciudadanía.

Por último, ¿qué define un mensaje político como populista? Se podrían señalar tres elementos. En primer lugar, la identificación del líder con el pueblo, con sus sentimientos, con su dolor. El líder viene del pueblo, es uno con él y nunca dejará de serlo (o al menos eso promete). En ese sentido, no hay intermediario posible entre él y «su» pueblo (sujeto político abstracto que sustituye al demasiado concreto de «ciudadanos» o «ciudadanía»). En segundo lugar, el líder populista es utopista en su discurso, cortoplacista en su acción. Por eso tiene tanto éxito en determinados momentos históricos, porque promete soluciones inmediatas, sencillas, casi mágicas, para problemas extremadamente complejos. En el extremo opuesto se encontrarían los grandes líderes que, lejos de tratar de engañar al público con paños calientes presenta la realidad en toda su crudeza, como Winston Churchill y su conocido discurso al ser nombrado primer ministro en medio de la Segunda Guerra Mundial, donde afirmó: «I have nothing to offer but blood, toil, tears, and sweat». En tercer lugar, el populista suele señalar un culpable como origen y causa última de todas las desgracias que azotan a un determinado país («los extranjeros», «los gitanos», «los judíos», «los fundamentalistas»…); el uso de «chivos expiatorios» no es precisamente algo nuevo en la Historia, y no será la última vez que suceda.

En definitiva, se puede observar que es muy difícil encasillar a un partido como populista pues, por un lado, la realidad es mucho más compleja que cualquier modelo teórico y, por otro lado, hay un cierto temor a aplicar tal calificativo por la carga despectiva que conlleva. Y, para hacerlo más difícil aún, hay populismos de izquierdas y de derechas, y también hay neopopulismos. Y por muy cómodo que pudiera parecer asimilar los fascismos o los totalitarismos a los populismos, son términos que no conviene mezclar, cosa que no les hace ser mejores que ellos.

Lo que está en juego aquí es el papel que desempeñan los partidos políticos en un sistema político dado. ¿Sería posible suprimir los partidos políticos tal y como hoy son conocidos? ¿Se podría prescindir de ellos para gestionar la vida pública? ¿Puede transformarse el escenario político en un lugar sin partidos, donde estén presentes solo representantes directos de la ciudadanía? ¿Es el momento de pasar de la democracia liberal representativa a la llamada democracia radical o directa?

Antonio Alonso Marcos* Profesor Hª del Pensamiento y Movimientos Sociales Universidad CEU San Pablo
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