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    31 de octubre de 2014

El alcance de las revueltas en Túnez y Argelia

Carlos Echeverría

Tras casi un mes de movilizaciones violentas en Túnez y otras de menor duración pero también violentas en Argelia, debemos preguntarnos si estas pueden conllevar cambios que puedan afectar a la seguridad y a la defensa en la región.

Tras casi un mes de movilizaciones violentas en Túnez y otras de menor duración pero también violentas en Argelia, debemos preguntarnos si estas pueden conllevar cambios que puedan afectar a la seguridad y a la defensa en la región. Ambas han permitido evocar las “Revueltas del Pan”, en Túnez y en Marruecos a mediados de los ochenta, o la “Revuelta de la Sémola”, en octubre de 1988 en Argelia. Esta última, como se recordará, no sólo provocó un millar de muertos en las calles sino que fue el elemento estimulador de un proceso que introdujo cambios estructurales en el país, con un precipitado proceso electoral incluido.

Lo primero que debemos destacar ahora es que lo que han comenzado siendo reivindicaciones sociales y económicas se ha transformado más pronto que tarde en movilizaciones políticas. Pasó lo mismo recientemente en el Sáhara Occidental con el campamento reivindicatorio de las afueras de El Aaiún, cuyo desmantelamiento por las fuerzas de seguridad marroquíes degeneró en violentos enfrentamientos en la capital del territorio ocupado. En Túnez recordemos que el detonante de todo lo que está ocurriendo no fue en sí político, y los policías que interceptaron el 17 de diciembre al vendedor ambulante Mohamed Bouazizi en la localidad de Sidi Bouzid no podían imaginarse la mecha que estaban encendiendo. Sintiéndose humillado, este joven, un diplomado frustrado más, decidió quemarse “a lo bonzo” como protesta, y dicho acto supuso la politización del proceso al ser en términos simbólicos el arranque de las protestas masivas posteriores. Bouazizi murió el 4 de marzo como consecuencia de sus quemaduras pero su figura ha sido ya llevada a los altares de las redes sociales dentro y fuera del país, como ocurriera en 2009 con la manifestante cuya muerte en Teherán fue transmitida por cámaras de teléfonos móviles a todo el mundo.

El aparentemente plácido Túnez sigue en llamas, varios jóvenes se han quemado “a lo bonzo” después de Bouazizi, el número de muertos en choques callejeros varía según las fuentes – como ocurriera en El Aaiún a fines de 2010 –, sectores profesionales como los abogados o los docentes han ido a la huelga y el régimen ha cerrado escuelas y universidades y prohibido determinados actos deportivos para evitar su aprovechamiento en el marco de las protestas. Incluso la veterana Unión General de Trabajadores Tunecinos, tradicionalmente considerada poco crítica con el régimen del Presidente Zine El Abidine Ben Alí, se ha visto obligada a sumarse a las críticas ante el cariz que van tomando los acontecimientos. También es importante destacar que las movilizaciones han servido para demostrar tanto las desigualdades territoriales existentes en el país como la fractura dentro de la sociedad entre los muchos jóvenes, formados y sin expectativas, y el resto de la población. El epicentro de las protestas fue, y en buena medida lo sigue siendo, el interior, frente a unas regiones costeras más cuidadas por el régimen para seguir atrayendo al turismo y en las que se concentran más los fondos locales y foráneos – incluidas las ayudas de la Unión Europea – perpetuando desequilibrios.

En Argelia, las movilizaciones han tenido causas endógenas – una subida a principios de año de un 30% en los precios de diversos productos básicos – por lo que no debe de hablarse de contagio tunecino, pero lo que sí es evidente es que las redes sociales funcionan permitiendo la movilización dentro de las fronteras nacionales pero también el seguimiento de lo que ocurre más allá de ellas. Aquí, y según el Fondo Monetario Internacional, el 75% de los argelinos tienen menos de 30 años y el paro entre ellos supera el 20%. En Argelia, como en Túnez, las políticas educativas de las décadas pasadas han dado formación, y ello diferencia a ambos países de un Marruecos donde el analfabetismo sigue siendo aún una lacra importante, pero el tejido económico no es capaz después de absorber a los diplomados.

Para el caso argelino parece que las protestas se van desactivando mientras las de Túnez no sólo perduran sino que se intensifican. Ello permite a algunos alimentar teorías conspiratorias sobre la instrumentalización por algunos sectores del poder argelino de las protestas para debilitar al Presidente Abdelaziz Buteflika. En cualquier caso creo que las revueltas en Argelia son tan graves como las de Túnez, y ello por varios motivos. Uno es la violencia que han manifestado: en pocos días se habla de varios muertos y de cientos de heridos, la mayoría de estos últimos miembros de las fuerzas de seguridad lo cual es significativo. Otro es la extensión de las protestas por todo el territorio útil, es decir, la franja norte y muy urbanizada, desde Argel en el centro hasta Orán en el oeste y Annaba en el este. Y un tercero a considerar es la instrumentalización política en unos momentos delicados en los que la salud del Presidente Buteflika genera todo tipo de rumores: un cabecilla islamista de triste recuerdo como es Alí Belhadj, líder del ilegalizado Frente Islámico de Salvación, ha tratado de hacer suyas las protestas, y con él otros líderes de la misma tendencia, y por otro lado estas movilizaciones violentas deben de hacernos recordar lo que la “Revuelta de la Sémola” representó para el país en términos de seguridad. También es preocupante la situación en Túnez, donde las protestas son cada vez más violentas y el régimen se siente cada vez más acosado. En términos globales las revueltas no han provocado reacciones visibles de parte de los principales socios de Argelia y de Túnez – los estados europeos del sur del Mediterráneo – que siguen apostando por mantener la estabilidad en la región, pero sí deben de servir como llamadas de atención: si no se sanea urgentemente la vida política, económica y social en estos países, estos seguirán siendo potenciales bombas de tiempo, con el agravante de que el temporizador puede estar acercando el momento de una deflagración mucho mayor y generalizada. Si tal saneamiento no se produce, entre otras cosas porque desde aquí no somos capaces de exigirlo, los islamistas radicales a los que estos regímenes combaten – con distintas intensidades – no harán sino seguir ganando terreno, un escenario nefasto para ambas orillas.

* Carlos Echeverría es Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid
Profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED

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