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Estrategias contra las maras

Rogelio Núñez

Las maras (las pandillas de delincuentes juveniles) que actúan en América Central se han convertido en una peste para estos países y en un fenómeno de enorme peligrosidad social que afecta también a la gobernabilidad y seguridad de la región, pues se trata de un problema que va más allá de las fronteras nacionales.

Las maras (las pandillas de delincuentes juveniles) que actúan en América Central se han convertido en una peste para estos países y en un fenómeno de enorme peligrosidad social que afecta también a la gobernabilidad y seguridad de la región, pues se trata de un problema que va más allá de las fronteras nacionales.

Los famosos Zetas mexicanos comenzaron siendo simples sicarios del Cartel del Golfo y ahora son uno de los cárteles más peligrosos del mundo. Evitar que eso ocurra con las maras en Centroamérica debe ser uno de los grandes objetivos de los gobiernos de la región.

Las dos grandes “confederaciones mareras”, la Mara Salvatrucha y la M-18, han convertido el Triángulo Norte de América Central (Guatemala, El Salvador y Honduras) en la zona con "la mayor tasa de homicidios del mundo”, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, por encima incluso de México.

2010 ha evidenciado que el poder de las maras va a más (ejemplo evidente es que fueron capaces de paralizar el servicio de transporte en San Salvador, una ciudad de 1,5 millones de habitantes, entre el 7 y el 9 de septiembre pasado). Pero el problema va más allá de la capital salvadoreña pues han implantado un reinado de terror en Honduras (San Pedro Sula ocupa el tercer lugar y Tegucigalpa el sexto como ciudades más violentas del mundo) y sus actuaciones son cada vez más audaces en Guatemala.

Los gobiernos, en especial el del salvadoreño Mauricio Funes, han optado por la mano dura: la ley de Proscripción de Pandillas de 2010, que castiga hasta con 10 años de cárcel a los miembros de las pandillas involucradas en actos delictivos.

El peligro de la maras no reside sólo en la inseguridad que provocan sino en que son capaces de adaptarse a nuevas situaciones para sobrevivir y hacerse más fuertes (ahora reclutan a adultos de 40 años y no sólo jóvenes) y, sobre todo, porque, como dice el ministro de Seguridad de Honduras, Óscar Álvarez, "se han convertido en la fuerza de trabajo y el ejército de reserva del crimen organizado".

Pero qué estrategia debe seguirse contra las maras. ¿La pura mano dura?, ¿poner a las políticas sociales a la vanguardia de este combate?, ¿aplicar ambas estrategias a la vez?

Sin duda, la mano dura por sí sola no basta: Honduras lleva por ese camino desde 2003 y no parece haber tenido grandes éxitos. En los últimos cinco años la tasa de homicidios casi se ha duplicado en Honduras, de 37,2 a 66,8 homicidios por cada 100 mil habitantes. De estos crímenes, más del 32% se atribuyen a mareros convertidos en sicarios.

Si bien la mano dura no debe ser desechada del todo (es necesaria), debe ser conjugada con otras estrategias de prevención de la violencia.

Las palabras coordinación e inteligencia son la clave en esta pelea. Coordinación para impulsar esfuerzos conjuntos entre instituciones y organismos de la sociedad civil en ámbitos como la familia, las instituciones, la escuela y la comunidad.

Como asegura el experto en el tema de maras Luis Enrique Amaya hay que impulsar dos alternativas diferentes y complementarias, para “en primer lugar, prevenir la incorporación de más personas a las “maras o pandillas”. Y en segundo lugar, prevenir la comisión de delitos por parte de los miembros activos de las “maras o pandillas”. La primera alternativa atiende a la base social de estos grupos, mientras que la segunda se dirige a los grupos mismos”.

Además, hay que incluir coordinación entre países pues los mareros no entienden de fronteras nacionales (sí de fronteras entre territorios de pandillas rivales). Guatemala, El Salvador y Honduras deben actuar de forma conjunta, e incluir a México donde el fenómeno también es visible y de importancia creciente.

En ese aspecto, la lucha contra las maras debe estar signada por la labor de inteligencia dado que el fenómeno marero es cada vez más complejo (incluye personas en vulnerabilidad social, delincuentes comunes y criminales organizados).

Las maras son, por lo tanto, un reto para la seguridad nacional (por sus vínculos con el crimen organizado) para muchos países de la región pues son, no sólo un problema social y de seguridad pública, sino de gobernanza regional.

* Rogelio Nuñez es Doctor en Historia de Iberoamérica.
Miembro del Observatorio de Seguridad y Defensa de América Latina (OSAL).

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