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    23 de abril de 2014
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Gutiérrez Mellado

Eduardo Serra

Última actualización 24/02/2011@00:00:00 GMT+1
El ex ministro de Defensa dedicó el pasado 23 de febrero una tribuna en el diario ABC a una de las figuras clave de la transición española y protagonista de excepción de los sucesos ocurridos en el Parlamento el 23 de febrero de 1981. ATENEA Digital ofrece a sus lectores el artículo de Eduardo Serra para que también puedan valorarlo y darnos su opinión.

El general Gutiérrez Mellado es, si no el paradigma, sí un inmejorable ejemplo de ello: en la retina de todos los que vivimos ese día está aquella imagen suya en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, asido firmemente a la bancada azul y aguantando las tarascadas de un joven matón, erigiéndose así en símbolo del poder legítimo

HOY hace treinta años del famoso 23 de febrero de 1981, y ahora que no estamos viviendo los momentos más felices de nuestra todavía joven democracia, debido en parte a una tremenda crisis económica que solo ahora (¡con más de tres años de retraso!) parece estar siendo atajada, pero en parte también debido a una crisis institucional, entiéndase, a un serio deterioro y descrédito de las instituciones, parece oportuno, siquiera sea por una vez, echar una mirada atrás, a nuestro pasado reciente para ver lo que se ha recorrido, en algunos casos lo que se ha avanzado, en otros lo que hemos retrocedido.

Pero también para celebrar y rendir homenaje a los que hicieron posible que estemos viviendo un ya largo periodo de Paz, Libertad y Prosperidad. Da la impresión de que somos mucho más proclives a criticar a los que nos antecedieron que a alabar a los que nos han favorecido; se cumple así el rasgo que según Ortega y Gasset caracteriza al hombre masa contemporáneo: «La radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia».

El general Gutiérrez Mellado es, si no el paradigma, sí un inmejorable ejemplo de ello: en la retina de todos los que vivimos ese día está aquella imagen suya en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, asido firmemente a la bancada azul y aguantando las tarascadas de un joven matón, erigiéndose así en símbolo del poder legítimo y que bien pudiera ser la imagen de portada de nuestra joven democracia. Pero la trayectoria del general (un militar defendiendo la dignidad del poder civil) no se agota ni con mucho en esa imagen, por expresiva que sea; el 23 de febrero de 1981 quedará para siempre como el día en que la democracia, con el Rey a la cabeza, derrotó al golpismo, acabando con el secular «problema militar». En efecto, a partir de entonces comienza un proceso de modernización de nuestras Fuerzas Armadas (cuya inmensa mayoría no secundó la intentona golpista) sin precedente en nuestra historia, que hoy se puede considerar concluido y que ha hecho de ellas un modelo de ejemplaridad y eficiencia no solo en cuantas misiones han intervenido, sino también para otras instituciones nacionales, en la medida en que han subordinado plenamente sus propios objetivos a los superiores de la Comunidad Nacional; se han convertido así en el modelo a seguir por otros para lograr la vertebración de España que añoraba Ortega y Gasset. En este proceso, el general Gutiérrez Mellado ocupa un lugar insustituible que hace de él, en el mejor sentido de la palabra, una figura egregia de nuestra historia contemporánea.

Este proceso de modernización no podía quedar concluido, y eso el general lo tuvo muy claro, sin la incorporación a la OTAN, paso previo además para nuestra integración en Europa, integración vital no solo para nuestro desarrollo económico, sino también para nuestra estabilidad política.

Además, Gutiérrez Mellado ha sido y será el mejor símbolo de la reconciliación nacional, esa difícil asignatura de un país frustrado y fracasado en sus sueños durante la Modernidad en la que no encontraba su camino. Un conciliador incomprendido por gran parte de los suyos, que solo al final se dieron cuenta de la tarea ciclópea emprendida en solitario por nuestro héroe, aunque él siempre dijera que era «de la mitad de la clase».

Con el paso del tiempo se agiganta la figura del general, pero también parece crecer su olvido, y no nos lo podemos permitir: su ejemplo nos hace ahora más falta que nunca; esta amnesia nos empequeñece y nos hace volver a las andadas: a los rencores y a las descalificaciones apriorísticas. Nos quedamos con lo cotidiano de la Democracia: las discrepancias, y nos olvidamos de lo grandioso: la concordia, los consensos. Nos olvidamos de la generosidad (cualidad del vencedor: magnanimidad) y llamamos memoria al resentimiento y al revanchismo; la raíz del perdón es el olvido, aquel no se da sin este; ambos tienen la misma raíz, en el idioma inglés se ve con claridad:forget (olvidar) y forgive(perdonar).

Supo combinar como pocos los conceptos de autoridad y de servicio; tenía muy claro para qué mandaba, para qué ejercía el poder, cuál era su misión; y también que para ello era necesario ejercer el poder con firmeza y sin desmayo. Buena lección para muchos que ven el ejercicio del poder tan solo como un medio para beneficiarse o medrar al son de las encuestas, y para otros muchos para quienes mandar es un ejercicio de continua rectificación y corrección, también al son de las encuestas.

Como hombre selecto que era, sentía «la íntima necesidad de apelar de sí mismo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone» (Ortega y Gasset, La Revolución de las Masas). Para él esa norma superior era esta reconciliación de la que hablamos y que también inspiró a los mejores hombres de la transición democrática, decididos a evitar por cualquier medio y a cualquier precio el que se volviera a repetir un enfrentamiento civil. Tuve la fortuna de compartir con él los últimos diez años de su vida, y por ello soy testigo de excepción de que esa era su más importante preocupación vital y, en definitiva, «el sentido de su vida».

La más importante pero no la única: como otros grandes hombres se consideraba en la obligación, a la que se entregaba con el más absoluto desinterés, de proteger a los débiles; de ahí su empeño en ocuparse de unos seres que a su desgracia personal añadían el estigma de la general incomprensión. Me refiero a los drogadictos, especialmente a los heroinómanos que, allá por los años ochenta del pasado siglo, proliferaban por nuestros pueblos y ciudades causando un dolor y una angustia infinitos a no pocas familias españolas.

A este fin consiguió el apoyo de un puñado de empresarios y hombres de negocios a los que poco después acompañaron nuestros grandes bancos, y a los que desde entonces y hasta hoy preside Su Majestad la Reina en la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción.

La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción se ha erigido desde entonces en catalizador social, en observatorio y en institución técnica de referencia de los problemas de la drogadicción, y también de otras conductas irregulares que han dañado quizás irreparablemente a lo mejor de nuestra sociedad, que, como decía el general, era y es nuestra juventud.

Tampoco la iniciativa de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción agotó el repertorio de preocupaciones del general Gutiérrez Mellado, pero creo que su labor en el Gobierno, como hombre público, de conducir a las Fuerzas Armadas desde un régimen autoritario a un sistema democrático y su labor en la sociedad civil como inspirador, creador y verdadera alma de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, hacen del general Gutiérrez Mellado uno de esos ejemplos que cualquier sociedad estaría orgullosa de exhibir, dedicándole estatuas, inscripciones y homenajes. Nosotros, que a su muerte nos sentimos consternados, que le dedicamos innumerables testimonios de admiración y cariño y que nos vaciamos en elogios merecidos a su persona, no somos capaces, solo treinta años después, de dedicarle siquiera el nombre de una calle de Madrid.

Eduardo Serra es ex ministro de Defensa
y actualmente preside la Fundación Everis.

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