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    25 de octubre de 2014

Situación actual y posibles salidas a la crisis en Libia

Ángel Tafalla

Entramos en la cuarta semana desde que comenzaron las operaciones en Libia y aunque convendría tener algo más de paciencia, es quizá el momento de repasar –revisitar, en jerga OTAN- tanto la situación sobre el terreno en Libia como las resoluciones del Consejo de Seguridad que la han originado.

Entramos en la cuarta semana desde que comenzaron las operaciones en Libia y aunque convendría tener algo más de paciencia, es quizá el momento de repasar –revisitar, en jerga OTAN- tanto la situación sobre el terreno en Libia como las resoluciones del Consejo de Seguridad que la han originado.

Las dos decisiones de la Administración Obama, que han sido básicas a la hora de configurar la presente situación, son la de someterse a la legalidad que pudiera emanar de la ONU y exigir a los europeos asumir mayores responsabilidades de las habituales. Parecen brotar estas dos decisiones de un reconocimiento a la multipolaridad que caracteriza la globalización, lo que, de confirmarse, marcaría un signo diferenciador de la estrategia Obama.

De las dos resoluciones del Consejo de Seguridad -y más específicamente de la 1973- que configuran la actuación en Libia podríamos deducir dos consecuencias: una explícita y otra más enterrada entre líneas, que hay que encontrar deduciendo mas allá de la letra acordada.

La deducción explícita es que no hay más pueblo libio, población civil en su terminología, que los opositores, pues sólo a ellos se refiere la 1973 con esa denominación.

Pero asimismo, y de forma un poco más laboriosa, podríamos concluir que esta resolución desea que el régimen del coronel Gadafi no tenga continuidad. Sería absurdo que, después de bombardearlo, volviéramos a admitirlo en el seno de la comunidad mediterránea e internacional como si no hubiese pasado nada. Se podría argüir que son los opositores o rebeldes los que se supone que deberían derribar el régimen de Gadafi, pero si ellos se demuestran incapaces ¿qué debería hacer la coalición?

El curso de las operaciones en Libia está demostrando dos cosas en el plano estratégico: que las fuerzas opositoras casi no tienen valor militar y que un sector de cierta entidad de la población libia -sea por miedo o por convicción- está del lado del régimen de Gadafi.

En lo que pudiera denominarse el ámbito táctico, el uso de escudos humanos, el estacionar medios de mando y control y vehículos acorazados en centros de población y el utilizar los mismos vehículos que los opositores, hacen que los aviones de la coalición OTAN no puedan actuar con eficacia, sobre todo al tratar de minimizar bajas civiles. Como la exclusión de fuerzas de ocupación extranjeras, que señala la 1973, se interpreta rígidamente por parte de la coalición, y no se están desplegando ni controladores aéreos avanzados ni tan siquiera instructores, las tácticas de los seguidores de Gadafi están teniendo una cierta eficacia. Las líneas del frente no existen como tales y la situación se vuelve tan fluida y caótica que es muy difícil distinguir unos de otros.

En cuanto a la congelación de fondos y el embargo exclusivamente marítimo de armas, hay que señalar que son medidas de lento rendimiento, que exigirían una paciencia quizá inexistente en nuestras opiniones públicas.

División

Esta situación y los fundamentos en que se basa nos llevan hasta un escenario de guerra civil con el posible resultado de una división de facto de Libia -algo que la resolución 1973 no deseaba explícitamente- y una cierta continuidad del régimen de Gadafi, tampoco deseada -implícitamente- como se deduce al principio.

Se abren aquí dos posibles vías de acción para evitar que tanto esfuerzo desemboque en un resultado doblemente indeseado: revisitar la 1973 o alternativamente que la coalición interprete de una forma más flexible la frase “no utilizar fuerzas extranjeras de ocupación”.

La primera de estas opciones -la ideal de querer mantener la doctrina Obama- tiene el inconveniente de tener que implicar en el seno del Consejo de Seguridad a China y a Rusia y convencerles de que no se está estableciendo un precedente aplicable a ellos al emplear fuerzas terrestres. Se podría argumentar sensu contrario que la intervención desembocará previsiblemente en una división del país, solución que tampoco ellos consideraran positiva. Es decir, habría que convencerlos que una intervención por tierra es mejor que división o secesión. No va a ser nada fácil.

De forma alternativa, los países de la coalición encabezada por la OTAN podrían, a su propio riesgo, flexibilizar su interpretación de la 1973 en el mismo sentido. Pero entonces, serían Turquía y Alemania a las que habría que convencer para cambiar las posturas que han adoptado, con toda seguridad, en función de la percepción de su lugar en el mundo islámico, en el primer caso, y de su opinión pública interna, verde y pacifista, en el segundo.

Algo habrá que hacer en un plazo de una o dos semanas pues la resolución 1973 se está demostrando ineficaz a la vista de sus limitaciones y percepciones iniciales, no totalmente correctas, en combinación con las tácticas utilizadas por las fuerzas de Gadafi. Esta resolución realmente contiene una contradicción interna: o permite fuerzas terrestres o va resultar en una división de Libia.

He tratado de señalar en estas líneas las dos direcciones más prometedoras, para tratar de aliviar los sufrimientos del pueblo libio -sea cual sea su bando- y teniendo en cuenta las complejidades de la toma de decisiones en la esfera internacional.

*Ángel Tafalla es Almirante.
Ex Segundo Jefe del Estado Mayor de la Armada y
del Mando Marítimo OTAN de Europa Sur

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