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    22 de noviembre de 2014

Turquía ante la primavera árabe

Alberto Pérez Moreno

Los movimientos populares en Oriente Medio y norte de África han centrado la atenció en Turquía por su posible influencia en la dinámica de la región.

Los movimientos populares a los que estamos asistiendo en Oriente Medio y norte de África, la denominada “primavera árabe” según los más optimistas -aunque no esté claro a dónde conducirán- ha hecho que Turquía sea centro de atención internacional, no solo por su acción mediadora, sino por el protagonismo que puede tener el modelo turco en la dinámica de la región y el proceso de reislamización que conlleva.

La actividad del brillante y autoengrandecido ministro de exteriores turco, Ahmet Davutoglu, ha sido frenética en los últimos días. En Ankara ha recibido al delegado del Consejo Nacional Transitorio de los rebeldes libios y al enviado de Trípoli, el viceministro de exteriores, Abdelati Obeidi, además de viajar a Bahréin y Siria y enviar representantes a la conferencia de Londres. Pero hasta ahora solo ha conseguido la liberación de cuatro periodistas de The New York Times arrestados por el régimen de Gadafi.

El primer ministro Tayyip Erdogan, que estuvo entre los primeros dirigentes que exigían la renuncia de Mubarak, ha adoptado una actitud más cautelosa en el caso de Libia, limitándose inicialmente a abogar por un alto el fuego sin condenar los excesos de Gadafi. Una actitud influida, sin duda, por los fuertes intereses económicos en suelo libio, donde 200 empresas turcas dedicadas a la construcción suponen 15.000 millones de dólares anuales, y han obligado a montar una operación de evacuación de 30.000 personas.

La actitud turca en la OTAN también ha sido dubitativa. Primero Erdogan declaró que la intervención en Libia, o en cualquier otro país, seria contraproducente; posteriormente accedió a que la OTAN tomase el mando de todas las operaciones en ese país. La contribución turca al embargo de armas con 4 fragatas, un submarino y un buque de apoyo, y la participación de aviones, e incluso el ofrecimiento de su base de Izmir como centro de mando para el establecimiento de la zona de exclusión aérea, más el envío de un buque que rescató a cerca de 500 huidos, entre ellos muchos heridos, en los puertos de Misrata y Bengasi, son un índice del cambio de postura, a la vez que confirman que, por su situación y tamaño, Turquía es un actor indispensable en la seguridad de la región.

La política turca de “cero problemas” y su ambición de liderazgo

Tachado por algunos de neo-otomanismo por su ambiciosa política exterior, la realidad es que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que gobierna Turquía desde 2002 tiene raíces islámicas, pero también un fuerte componente nacionalista, y ha hecho una apuesta decidida por el crecimiento económico. En una década, Turquía ha incrementado notablemente el PIB, pasando de 196.005 a 617.099 millones de dólares, y multiplicado por tres la renta per capita hasta alcanzar cerca de los 9.000 dólares. Unos logros que han dado a Turquía suficiente confianza y fortaleza para tratar de convertirse en puente entre Oriente y Occidente.

La búsqueda de nuevos mercados para su economía en expansión, y la oposición de Francia y Alemania a su rápida integración en la UE, han empujado a Turquía hacia Oriente llevando al AKP a implicarse en una política exterior de cero problemas que abarca desde Irak, Siria, Líbano y Jordania hasta Israel e Irán. Una activa diplomacia de contactos y reuniones, acuerdos comerciales y supresión de visados ha hecho crecer las exportaciones a estos países a la vez que tendía a promover su liderazgo regional.

Esta política y una mayor independencia en sus posiciones también han producido a Turquía réditos y popularidad en la región. Es lo que ocurrió en 2003 al negarse a que las tropas estadounidenses utilizasen su territorio para abrir un segundo frente en Irak y posteriormente le permitieron resolver las disputas y estrechar lazos con el propio Irak y Siria. Pero también ha provocado retrocesos en la confianza de aliados tradicionales como Washington, Bruselas y algunas capitales árabes por su oposición a las sanciones económicas a Irán y la evolución de su política con Israel.

El clima de entendimiento llevó a Turquía a estrechar lazos con Israel hasta el punto de incluir la compra de armas y realizar maniobras conjuntas, que alcanzó su máximo nivel en 2008 cuando Turquía estuvo a punto de conseguir un acuerdo entre Siria e Israel. La condena en 2009 de la ofensiva israelí sobre Gaza recibió el aplauso árabe, pero deterioró la relación con Israel que llegó a punto muerto en mayo de 2010 con motivo del ataque al barco turco Mavi Marmara cuando una flotilla humanitaria intentaba romper el bloqueo de Gaza.

El modelo turco y su influencia en “la primavera árabe”

Más allá de las declaraciones y el ideal que representa la política de cero problemas, Ankara ha dejado claro que la realidad se impone y ha reaccionado de distinta forma ante los levantamientos populares. Mientras en Irán se alineo con el poder, desoyendo las protestas populares, en Egipto no dudó en posicionarse a favor de los que pedían la destitución de Mubarak. Con Siria mantiene una posición ambivalente y en Libia, tras un primer momento de duda, finalmente coopera en las operaciones de la OTAN y escucha a los rebeldes.

Además, el modelo turco no parece que sea exportable a los países árabes. La carencia de instituciones asentadas en unos casos –Libia y Yemen-, o la situación económica en otros –Siria-, hace que este modelo pueda ser un referente, pero también existe el peligro que pueda resultar contaminado. Como dice Hugh Pope, responsable de International Crisis Group en Turquía y Chipre: ”el país es muchas cosas y ninguna: negocia la integración en la UE, pero tiene cada vez menos esperanzas de que llegue pronto; es un país musulmán dirigido por un primer ministro devoto y ex islamista, pero en el que las instituciones laicas y la sociedad representan un factor de equilibrio fundamental”.

Es indudable que Turquía es Anatolia y su relación con Asia, pero también Estambul y su puerta a Europa; en definitiva, está a caballo de Oriente y Occidente. La gran incógnita en vísperas de las elecciones en junio es si impulsará a los países árabes hacia un islamismo moderado o por el contrario se inclinará a un mayor radicalismo.

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