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Fuerzas Armadas Brasileñas, participación política o subordinación

Carlos Gutiérrez P.

Los militares brasileros se encargan de hace un breve aterrizaje sobre el sustrato político brasileño, para retomar la pregunta sobre la subordinación de las instituciones castrenses al poder democrático.

Cuando cada vez menos son las noticias relevantes que dicen relación con la defensa y las fuerzas armadas en nuestra región, los militares brasileros se encargan de hacernos un breve aterrizaje sobre nuestro sustrato político, para retomar la pregunta sobre la subordinación de las instituciones castrenses al poder democrático.

Tras un nuevo incidente en el entorno ministerial de la Presidenta Dilma Rousseff, le fue pedida la renuncia al Ministro de Defensa Nelson Jobim, que ya venía ejerciendo tal cargo desde la administración de Lula, y ha sido presentado en su reemplazo el ex canciller Celso Amorim, que también estuvo en el gabinete del presidente saliente.

Ante esta noticia, los Comandantes en Jefe de las tres ramas de las Fuerzas Armadas manifestaron su inquietud y desacuerdo con el cambio y el nuevo nombramiento, hecho que altera la normalidad de una relación entre fuerzas armadas y poder ejecutivo en cualquier democracia del mundo. En todo caso, no es la primera vez que estas instituciones tienen una participación activa en la definición del nombre del ministro, como de hecho le ocurrió al propio Presidente Lula en su gestión gubernamental, y ante la cual terminó cediendo en torno a la postura de los militares.

Sale un ministro de tendencia centrista, militante del PMDB, y entra Celso Amorin que viene del Partido de los Trabajadores, más a la izquierda, lo que seguramente añade un dato más a la tradicional resistencia de los militares por la conducción civil de la defensa, que se arrastra desde los años sesenta cuando fueron artífices principales del gobierno dictatorial y del modelaje institucional de Brasil.

En ese largo período se construyó el enorme poderío militar que penetró en el tramado político y civil de Brasil, y que sigue dejando su impronta a pesar de la transición democrática y el avance del conjunto de gobiernos civiles y democráticos que han sucedido, pero que siguen teniendo una debilidad fundamental en su relación con el mundo castrense.

Es bueno recordar que Brasil sólo hace unos pocos años que logró institucionalizar el Ministerio de Defensa, terminando al menos formalmente con la autonomía de cada una de las ramas castrense, y que nunca ha logrado consolidar un libro blanco de la defensa. Además, ha habido constantes y fructíferos intentos por obstaculizar una Comisión de Verdad sobre los atropellos a los derechos humanos en tiempos de la dictadura cometidos por las fuerzas armadas y han existido grandes presiones corporativas en la adquisición de sistemas de armas, una de las cuales está también en la base de esta disputa, particularmente con la fuerza aérea por la compra de los nuevos aviones caza que renovará su actual flota.

Este retraso en la modernización de la defensa brasilera y la plena subordinación y control civil de las Fuerzas Armadas al poder político, no tiene efectos sólo en el plano interno y que están relacionados con la profundidad y calidad de la democracia brasilera, sino también en el plano internacional, donde su política exterior y de defensa juegan un papel muy importante.

Debemos tener en cuenta que Brasil es un socio prioritario de la misión internacional en Haití; que tiene un liderazgo indiscutible y tremendamente necesario para la evolución y consolidación del Consejo Sudamericano de Defensa, que justamente apunta a una mejor interrelación entre las políticas de defensa de los países miembros, donde la consolidación democrática y el absoluto apego de las fuerzas armadas a los preceptos constitucionales y sus conductores políticos son una piedra angular del éxito multilateral; que su potencial militar es considerable, desde el punto de vista de la fuerza, de la industria así como de la elaboración conceptual, lo que indudablemente ejerce una influencia y es un espejo para el resto de las instituciones regionales; tiene un rol clave en entornos geopolíticos muy sensibles, como son por una parte la macro región amazónica y por la otra el Atlántico Sur y la ribera occidental africana; y por último, debemos considerar las justas aspiraciones de Brasil por ser un miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con lo que se quiere lograr una instancia más representativa de la actual correlación de fuerzas mundial.

Ninguno de estos compromisos puede ser plenamente logrado si las instituciones castrenses carecen de legitimidad democrática, puesto que no se alcanzarán los consensos internos necesarios ni tampoco existirán las condiciones para que la comunidad internacional, cada vez más exigente, acepte a estos actores en la dinámica global.

Por lo tanto, todos estos enormes desafíos de la política exterior y de defensa brasilera tienen que estar entrelazados a partir de una estrecha unidad conceptual y política del gobierno, y fundado sobre instituciones castrenses que naveguen total y absolutamente sobre condiciones plenas de respeto por la democracia y que cumplan la trilogía de subordinación, control y conducción del poder político que emana legítimamente de la soberanía popular.

*Carlos Gutiérrez Palacios es Licenciado en Historia por la Universidad Católica de Chile,
director de la ONG Centro de Estudios Estratégicos, en Chile y magister en Ciencias Militares.

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