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    30 de septiembre de 2014
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El fin de la URSS

Óscar Gantes

Última actualización 24/09/2011@00:00:00 GMT+1
El fin de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1991 fue interpretado en su momento como el fin de la historia. Veinte años después, pocos dudan de que la desaparición del estado comunista totalitario únicamente fue un punto y seguido.

El fin de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1991 fue interpretado en su momento como el fin de la historia. Veinte años después, pocos dudan de que la desaparición del estado comunista totalitario únicamente fue un punto y seguido. El líder ruso, Vladímir Putin, aseguró en una ocasión que la desintegración soviética había sido “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Otros, en cambio, opinan que la derrota del bloque comunista que se enfrentó a Occidente durante medio siglo de Guerra Fría fue una bendición para el mundo. ¿Quién tenía razón?

“Por supuesto que la caída de la URSS fue una gran tragedia. Moscú y Washington controlaban el mundo. Eran las únicas superpotencias. El equilibrio y el orden estaba garantizado”, comentó a este corresponsal Ruslán Jasbulátov, ex presidente del Parlamento ruso y uno de los organizadores de la resistencia popular contra el golpe de estado de 1991. Hace 20 años Estados Unidos se quedó solo como gendarme de la paz mundial. En su opinión, desde entonces el mundo no es más seguro que antaño.

“La ilusión de que EEUU se las arreglaría por su cuenta duró hasta los atentados del 11 de septiembre. Los extremistas se sintieron libres, ya que no tenían que responder ante nadie, y decidieron atacar a los americanos. Mientras, los países emergentes comenzaron a tomar decisiones contrarias a los intereses del imperio estadounidense. Es decir, la desaparición de la URSS fue una catástrofe geopolítica”, afirma Jasbulátov.

La desaparición de la Unión Soviética fue recibida con júbilo no sólo por Occidente, sino por muchos otros países del primer y tercer mundo. Y es que la confrontación ideológica entre capitalismo y comunismo había desangrado durante muchas décadas a muchas regiones del globo. Muchos pensaron que el fin de la Guerra Fría desembocaría en una larga etapa de estabilidad y prosperidad. Muchos pueblos resultaron liberados y el comunismo más recalcitrante únicamente pervive en sus vertientes más o menos ortodoxas en China, Corea del Norte, Cuba, Laos y Vietnam.

No obstante, el mundo no es más estable o seguro. El conflicto de Oriente Medio sigue igual de enquistado que entonces; el régimen teocrático de Irán es una amenaza aún mayor que hace 20 años, y la estalinista Corea del Norte efectuó sus primeros ensayos nucleares precisamente en el último lustro. Las guerras de Irak y Afganistán en este siglo no tienen nada que envidiar en su crueldad a la primera guerra del golfo entre iraquíes e iraníes o la invasión soviética del país centroasiático de los años 80 del siglo XX. La guerra de Yugoslavia se convirtió en el primer conflicto bélico que estallaba en territorio europeo desde la contienda mundial. Por si fuera poco, el principio de integridad territorial dejó de ser sagrado cuando Occidente reconoció a Kosovo y abrió la caja de pandora de los separatismos. El siguiente en la lista fue Rusia, que invadió Georgia y aprobó la secesión de Abjasia y Osetia del Sur.

China tampoco parece dispuesto a tomar el testigo de la URSS. El gigante asiático únicamente vela por sus intereses. Tiene grandes ambiciones, pero éstas se centran en contar con un potencial militar que le permita recuperar Taiwán y en convertirse en la mayor potencia económica del planeta. La hegemonía mundial no entra dentro de sus planes. Los chinos prefieren que EEUU se desgaste en el intento de hacer realidad sus delirios de grandeza.

El cataclismo histórico soviético dio a luz a quince nuevos países. Además de Rusia, aparecieron varios países europeos, caucásicos y centroasiáticos, que acogían en sus territorios importantes arsenales nucleares e ingentes recursos energéticos. No obstante, la independencia no siempre trajo democracia y prosperidad a sus pueblos.

A decir verdad, Uzbekistán, Turkmenistán, Tayikistán, Azerbaiyán o Bielorrusia no son más democráticos que a finales de los años 80. En el caso de Rusia, el espíritu de libertad que reinaba en los debates del Sóviet Supremo soviético de finales de la Perestroika contrasta con la práctica desaparición del parlamentarismo ruso. Además, el nivel de vida en algunas repúblicas tampoco ha mejorado desde entonces. La sensación que queda es la de una oportunidad perdida. Esos pueblos no estaban preparados para la libertad y Occidente no estaba interesado más que en quitarse de en medio a su enemigo.

La lista de agravios desde la caída de la URSS es interminable, pero no toda la culpa es de Estados Unidos. La culpa es del sistema que hemos heredado, que no es capaz de hacer frente a las nuevas amenazas: el terrorismo internacional, el crimen organizado y el narcotráfico. El orden unipolar debe dar paso obligatoriamente al orden multipolar. Esto no debe verse como una demanda de los países denostados por Washington: Irán, Venezuela o Bolivia.

Occidente se está quedando solo en su insistencia en el mantenimiento del statu quo y el papel preponderante de la OTAN en perjuicio de la ONU. Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS) también piensan de otra forma y su potencial e influencia no deja de crecer, lo que es aún más evidente desde el estallido de la crisis financiera.

La URSS es historia y ya nadie parece interesado en desandar el camino, pero también es cierto que nadie sabe cómo será el nuevo orden que marcará el siglo XXI. EEUU, la Unión Europea y el resto de organizaciones occidentales no se bastan por sí solas para garantizar la estabilidad mundial. Cuanto antes lo reconozcan, mejor será para el resto del mundo.

* Óscar Gantes es periodista

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