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    25 de octubre de 2014

Manuel Baldizón, un peligro para Guatemala

Rogelio Núñez

Pérez Molina y Manuel Baldizón disputarán el próximo 6 de noviembre la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Guatemala. Se enfrentan dos alternativas antagónicas, no tanto desde el punto de vista ideológico, sino por lo que ambos candidatos pueden ofrecer para el futuro de este país centroamericano.

Pérez Molina y Manuel Baldizón disputarán el próximo 6 de noviembre la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Guatemala. Se enfrentan dos alternativas antagónicas, no tanto desde el punto de vista ideológico, sino por lo que ambos candidatos pueden ofrecer para el futuro de este país centroamericano.

Otto Pérez Molina aprendió la lección de 2006 y, a lo largo de este último cuatrienio, ha ido construyendo un mensaje más plural y estructurado que, si bien incide en el tema del combate a la inseguridad (su famosa “mano dura” y su no menos famoso puño cerrado), también toca otros temas de carácter fiscal, social, político y económico.

Esto le ha convertido en un candidato más creíble, sin que ello suponga que el ex general sea un estadista de primera fila. Pero sin duda ha hecho los deberes y esto debería rendirle frutos en la segunda vuelta captando el voto de clase media alta y alta, urbana y universitaria, que en primera vuelta prefirió respaldar a Eduardo Suger (16%) y a Harold Caballeros (7%).

Baldizón, demagogo y populista

Manuel Baldizón, que aparece en sus mítines con la Biblia en una mano y la constitución en la otra, apela directamente a los más bajos instintos. La población, asustada por la inseguridad ciudadana, espera medidas rápidas y contundentes. Y Baldizón sabe ofrecerlas. Su respuesta es sencilla: aplicar la pena de muerte.
Detrás de esa propuesta no hay grandes estudios ni el asesoramiento de expertos en materia de seguridad. Solo hay el deseo de aplicar una medida efectista pero poco efectiva pues, en sí misma, no es la solución. Podría, y es muy discutible, ser parte de una solución integral. Pero por sí sola no arregla nada.

Baldizón encarna el nuevo populismo latinoamericano. Un demagogo dispuesto a todo por alcanzar el poder. El poder por el poder, no hay nada más. En esa línea no repara en promesas poco efectivas (la pena de muerte) o escasamente viables (la decimoquinta paga).

Ese camaleonismo de Baldizón le permite ser el receptor del voto indígena y de los ex guerrilleros que apoyaron a Rigoberta Menchú o de los que no pudieron votar a la descalificada Sandra Torres, prototipo del voto clientelar vinculado a los subsidios caciquiles discrecionales que en el cuatrienio de su esposo (ex esposo desde que se separaron para que ella pudiera ser candidata) ellos se encargaron de distribuir sin ningún control institucional.
Como suele ocurrir en Guatemala, el demagogo ha creado en torno a sí un partido sin base ideológica ni principios articuladores de un mensaje integral. Es un artificio a mayor gloria del candidato. No en vano el partido de Baldizón se llama LIDER, Libertad Democrática Renovada.

Baldizón es un aventurero de la política. Comenzó su carrera en el PAN, de ahí saltó a la UNE, el partido del actual presidente Álvaro Colom, y ahora decidió fundar su propia fuerza, la mencionada LIDER, solo cuanto dentro de la UNE no encontró posibilidades de crecer. Su ambición no parece tener límites y desea que sus éxitos como empresario tengan un correlato en la política. Su fortuna ha cimentado su mensaje y su campaña de agresivo marketing desde hace años.

Un gasto económico muy difícil de mantener a no ser que se cuenten con ingresos extraordinarios sobre los cuales se lleva especulando mucho, sobre todo en torno a su procedencia, que para algunos no está muy clara, Baldizón hizo su fortuna en su departamento de origen, El Petén, que ha estado durante largo tiempo bajo estado de excepción por la penetración del crimen organizado, en concreto de Los Zetas mexicanos.

Guatemala acumula más de una década perdida desde el punto de vista político lo que ha propiciado que bordee la condición de estado fallido. Tras el gobierno corrupto de Alfonso Portillo (2000-2004), vino el del débil Oscar Berger (2004-2008) que redujo el ejército de tal manera que dejó el campo libre para que se desarrollara el crimen organizado. La administración de de Álvaro Colom (2008-2012) ha estado caracterizada por el clientelismo y la ausencia de un proyecto serio y viable así como por la absoluta carencia de políticas públicas.

Guatemala no puede afrontar un nuevo gobierno carente de rumbo, sin una agenda clara y que se dedique a vivir el día a día canalizando las presiones sociales mediante la corrupción y el clientelismo. Y eso es precisamente lo que encarna Baldizón.

* Rogelio Nuñez es Doctor en Historia de Iberoamérica.
Miembro del Observatorio de Seguridad y Defensa de América Latina (OSAL).

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