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    17 de diciembre de 2014

Revuelo en la enseñanza superior militar (II)

Santiago Ávila

En "Revuelo en la Enseñanza Superior Militar" intentaba trazar un encadenamiento lógico entre la finalidad de la Institución Militar y la pertinente formación de sus oficiales (por supuesto también de los suboficiales).

En "Revuelo en la Enseñanza Superior Militar" intentaba trazar un encadenamiento lógico entre la finalidad de la Institución Militar y la pertinente formación de sus oficiales (por supuesto también de los suboficiales). La secuencia se iniciaba con una referencia al concepto ‘alineamiento’ para continuar con breves reflexiones sobre el papel de los Ejércitos de España, la misión del oficial, tipos de problemas a los que se enfrenta la persona (clasificados como ‘operativizables’ y ‘no operativizables’), finalizando, por último, con el apartado de formación del oficial y algo de crítica. En el presente ensayo pretendo ir un poco más allá.

El Ejército, como institución, es un sistema ciertamente complejo, orientado a la victoria como objetivo último e irrenunciable a través del uso de la fuerza, uso supeditado, como citaba en el anterior ensayo, a la autoridad civil. Queda fuera del alcance de mi exposición debatir sobre los principios que legitiman al poder civil en el uso de la fuerza.

Que el Ejército, como no puede ser de otra forma, esté supeditado al poder político, implica la interacción de dos sistemas; uno es el universo político, de mayor complejidad y aristas, con metas y fines más amplios, y otro el militar, con objetivos más definidos y de menor alcance.

Ambos sistemas, insisto, uno supeditado al otro, en su ‘alineamiento’ en la búsqueda del mismo fin último, necesitan de unos elementos imprescindibles para el funcionamiento sincronizado de los mismos; los ‘engranajes’. La armonía y sincronización de ambos mundos depende en gran medida de ellos; consecuentemente, se ven sometidos a una fuerte tensión y desgaste anímico; así, ‘la calidad del engranaje’ acaba definiendo la bondad del sistema global.

El ‘engranaje’ queda definido por el poder político y militar al más alto nivel. Desarrollemos, pues, algunas claves de las distintas concepciones de ambos universos. !No, no he olvidado que estamos hablando de la enseñanza superior militar!

Ética del carácter vs ética de la personalidad

Stephen Covey (nuevamente Covey) en “Los Siete Hábitos de la Gente Altamente Efectiva" muestra la evolución, a lo largo de más de doscientos años, en la concepción de la filosofía del éxito, concluyendo que la sociedad en general "ha comprado" en los últimos 50-75 años una forma de hacer más banal y superficial que en los 150 años anteriores; es lo que denomina ética de la personalidad, en contra de lo que primaba con anterioridad, la ética del carácter.

En la ética de la personalidad, vivimos instalados en ella, la imagen, la técnica y los arreglos transitorios son los que priman en la consecución del éxito social; están presentes en la parafernalia previa a un debate político en televisión (traje, colores, escenario, posición, orden de intervención, etc.), en el espejismo que provoca en muchas personas el ‘famoseo’ en determinados programas televisivos, en lo fácil y superficial como consigna vital; es eso del “aprenda inglés en dos meses”, “adelgace en cuatro semanas”, “curso intensivo en liderazgo de tres días” (atentos a la selección española de rugby, reportaje en ATENEA DIGITAL)“conozca las claves de la dirección de equipos en dos sesiones de mañana y tarde”, y un largo etcétera de despropósitos en los que la imagen y ‘lo superficial’ han sustituido al ‘ser’. En ella lo importante es el PARECER.

Por el contrario, en la ética del carácter, que ha sido motor del comportamiento social hasta la Primera Guerra Mundial, se basaba en lo profundo y vital; la integridad, la humildad, el valor, la justicia, la paciencia, el esfuerzo, la constancia, la modestia. En ella lo importante es el SER.

En la milicia, ¿a quién le resulta ajena la ética del carácter?

La universidad y la enseñanza superior militar

El mundo universitario, anclado irremediablemente a la evolución de la sociedad, ha asumido como propios los valores de la ética de la personalidad en detrimento de los presentes en la del carácter.

En él está ampliamente extendida la idea de que, como consecuencia de la madurez y responsabilidad del alumnado, no es pertinente comprobar la asistencia al aula, siendo el resultado del examen lo que califique su madurez y grado de conocimiento.

¡Qué ingenuidad! Hemos trasladado a nuestra juventud la idea de que, con tal de que se supere el examen, todo lo demás es accesorio; así, la idea del esfuerzo, la constancia, la renuncia, la consideración hacia el profesor que asiste diariamente a sus sesiones y un largo etcétera de valores caen avergonzados ante la burla de quien, aprobando inmerecidamente, se mofa de aquel que ha empleado tiempo y esfuerzo en su propósito.

¿Y la enseñanza superior militar? Como consecuencia de su aislamiento con respecto al mundo universitario, ha permanecido vitalmente anclada en la ética del carácter. En otras palabras, no ha sido contaminada por una enseñanza que se ha olvidado de la persona para centrarse, en el mejor de los casos, en el intelecto. En modo alguno estoy a favor del aislamiento de la formación militar pero, en este caso, ha obrado a modo de iceberg en el que anidan aguas de pureza indescriptible gracias a haber permanecido ajenas a la mano del hombre.

Curiosamente, el ámbito universitario empieza a vislumbrar lo errado de tal concepción, con consecuencias graves en la sociedad; a mi entender, la más relevante se concreta en que la universidad entrega, en la mayoría de los casos, auténticos analfabetos emocionales a la sociedad (dicho con el mayor de los respetos, tengo dos hijos universitarios); cada vez es mayor la brecha abierta entre una mejor y más extensa formación intelectual y una peor y más endeble formación del individuo ante la vida; no creo que nadie, en su sano juicio, quiera introducir en la enseñanza militar tal despropósito.

El cadete, más tarde oficial, debe estar entrenado en la adversidad; los resortes vitales y su manejo son tratados fuera del ámbito familiar única y exclusivamente en las academias militares; tarde o temprano nos visitará un desencuentro laboral o sentimental, una enfermedad, un accidente y en el militar, además, el combate; son situaciones que siempre han desafiado nuestra condición humana, por lo que resulta extremadamente necesario dotar a nuestros cadetes de una armadura vital importante.

Desencuentros de ambos mundos y culturas

El resultado final de ambos tipos de enseñanza deviene en una fuerte presencia de valores en el militar, debido a su paso por las academias militares (que se suman a los familiares, religiosos, éticos, etc.), y una ausencia de los mismos en su tránsito universitario. En modo alguno quiero decir que los valores son ajenos a un licenciado; los tendrá, claro que sí, pero no por haber cursado estudios universitarios, sino como consecuencia del ambiente familiar, cultural, religioso, etc., en los que haya crecido.

El político y el profesor actuales son consecuencia, no determinista por supuesto, de una formación que se ha preocupado únicamente del intelecto con abandono de la emoción. No tengo por qué dudar de sus conocimientos, seguramente serán amplios y extensos; sí que dudo vivamente de su formación emocional, de sus escrúpulos. Y si lo vital en la formación militar es la emoción, comprenderán la preocupación que genera en todos nosotros el sistema en cuestión.

Tal parece que en el mejor de los casos obrarán como ‘profesores’, pero en contadas ocasiones como ‘maestros’. ¿Cómo puede un profesor del ámbito universitario amenazar con suspender a un cadete ya que no lo puede arrestar? (comentario recogido en la prolongación de "La enseñanza militar de formación de oficiales en la ley de la carrera militar"). Si su materia, pongamos por caso es la Física, a la par ¿no está transmitiendo que la amenaza es lícita y válida en su proceso formativo? Está dinamitando los pilares de la enseñanza militar un necio.

Sócrates decía: “El que no sabe, y no sabe que no sabe, es un necio; evítalo”. Pero ¿y cuándo no se le puede evitar?

Consecuentemente, se observa falta de sincronismo en la confluencia de ambas culturas a través del respectivo profesorado (sus ‘culturas’ son diferentes) sumado al desenfoque de la formación ‘no alineada’ con su objetivo final (el combate).

La formación del militar necesita de maestros (imparten carácter y competencia) y no de profesores (imparten sólo conocimiento).

*Santiago Ávila es experto en liderazgo

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