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¿Se convertirá China en una potencia agresiva?
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(Foto: U.S. Department of State)

¿Se convertirá China en una potencia agresiva?

lunes 04 de diciembre de 2017, 07:00h

El orden internacional está cambiando y el mundo de los próximos años habrá dejado de ser unipolar. Aunque resulta improbable que los Estados Unidos puedan ser sustituidos por otra potencia global, el crecimiento del poder nacional de nuevas potencias emergentes, principalmente de China, está configurando un nuevo orden donde ningún estado tendrá un poder hegemónico.

Introducción

Pocos dudan hoy en día de que el orden internacional está cambiando y el mundo de los próximos años habrá dejado de ser unipolar. Aunque resulta improbable que los Estados Unidos puedan ser sustituidos por otro potencia global, el crecimiento del poder nacional de nuevas potencias emergentes, principalmente de China, está configurando un nuevo orden donde los norteamericanos ya no tendrán tendrá un poder hegemónico, ni estarán en condiciones de dictar las normas de comportamiento de un sistema internacional que se fundamenta sobre la base de los estados.

No se trata de abonarse a las tesis que formulara hace años Paul Kennedy en su obra ‘Auge y caída de las Grandes potencias’, de que los estados que han emergido hasta convertirse en dominantes, terminan necesariamente decayendo, pero sí de constatar que, durante el periodo postsoviético en los que los Estados Unidos dominaron el orden mundial, su implicación en escenarios periféricos y en conflictos que no podían ganar, distrajeron su atención estratégica sobre los grandes asuntos globales, lo que fue aprovechado por otras potencias para emerger. No es que el poder nacional de los Estados Unidos haya decaído en términos absolutos, sino que el de otras potencias ha aumentado más, hasta el punto de atreverse a disputar, todavía modestamente, la primacía norteamericana en los asuntos mundiales.

Durante estos años, la geopolítica en un proceso lento pero imparable, ha ido desplazando el centro de gravedad mundial hacia la región de Asia-Pacífico, donde el auge de China, y en menor medida de otras potencias asiáticas, va a redefinir las prioridades estratégicas de las grandes y medianas potencias en las próximas décadas.

Es en esta zona y, en grado menor, en aquellas otras donde sus intereses, controversias territoriales, accesos oceánicos, competición por recursos críticos, etc. sean claves, donde se dirimirá el futuro del mundo y donde se cuestionará la supremacía que, hasta ahora, han ostentando los Estados Unidos.

La China que ha emergido

En el gran tablero de ajedrez del que habla Brezinski que constituye la geopolítica global, China ocupa ya un lugar preferente. Situada en el centro de la región emergente del Pacífico asiático, China siempre ha tenido una concepción geopolítica propia. Si, en los comienzos del siglo XX, Mackínder, obsesionado por el crecimiento del poder ruso afirmaba, en una visión muy euro-céntrica, que "quien gobierne en Europa del Este dominará el Heartland, definido por el Imperio ruso y después por la Unión Soviética; quien gobierne el Heartland dominará la Isla-Mundial; y quien gobierne la Isla-Mundial controlará el mundo", la visión geopolítica China es diferente. Durante siglos, China se consideró asimismo como el “Imperio del Medio”, un reino soberano situado en el centro del mundo y alrededor del cual giraban, a modo de satélites, el resto de los países.

La historia de China indica que, en economía y en política, este país siempre ha mirado hacia dentro y raramente ha buscado la expansión territorial. Aislada de su entorno exterior por Manchuria y Mongolia interior en el norte, el Sinkiang en el este y el Tíbet en el sur, durante siglos China confío en éstos inmensos espacios geopolíticos para que actuaran como barreras naturales que le protegieron de los peligros exteriores y le garantizasen continuar apaciblemente con su espléndido aislamiento. De esta manera, confinada dentro de sus fronteras seguras, el imperio del Medio utilizó las rutas comerciales como puente para relacionarse con las civilizaciones occidentales y orientales y no para conquistarlas.

Por nivel de riqueza, desarrollo tecnológico y tamaño de la población, el Imperio chino pudo haber disputado ventajosamente la primacía global a las monarquías europeas durante el periodo de expansión colonial que duró hasta finales del siglo XIX; sin embargo, no lo hizo, sino que prefirió aislarse voluntariamente del contexto global contentándose con dominar su entorno inmediato, cerrado y autosuficiente. La realidad es que esta visión geopolítica aislacionista e independiente no funcionó y la revolución tecnológica que tuvo lugar a partir del siglo XVI, y que se aceleró en el XIX, permitió que el centro de gravedad de la geopolítica mundial se trasladara a Europa, cuyos pequeños estados se convirtieron en potencias globales siendo los que dictaron durante varios siglos, las normas de comportamiento en las relaciones internacionales.

En lo que los chinos consideran como el siglo de los agravios que comienza con la guerra del opio de 1839 contra el Reino Unido y termina con la guerra de Corea en 1950, las intervención de las potencias europeas, de los Estados Unidos y del Japón rompieron esta visión geopolítica china y la obligaron a establecer contacto económico y militar con el resto del mundo. La imagen de los cañoneros occidentales patrullando los grandes ríos chinos produjo una sensación de humillación en un imperio que se había considerado hasta entonces impenetrable, semejante a la que se produciría en Europa si contemplásemos hoy en día los barcos de guerra chinos surcando las aguas del Rin, el Sena, o el Guadalquivir. La ocupación de la Manchuria exterior y de la Mongolia exterior por Rusia, de la Manchuria interior por Japón, la independencia del Tíbet, la colonización de Indochina por Francia y de Birmania por el Reino Unido, así como el control de todos los puertos chinos desde Corea hasta Vietnam por potencias occidentales terminaron por destruir esta visión geopolítica sino-céntrica tan cerrada, forzando a china a abrirse hacia el exterior.

Pero incluso así, en el siglo XX, durante el largo periodo de Mao Tse Tung, retornaron las tendencias aislacionistas y China volvió a recluirse en si misma reduciendo su participación en los asuntos mundiales a un nivel insignificante en relación con su potencial geopolítico. No obstante, y a diferencia de lo que había ocurrido en el pasado, la posesión temprana del arma nuclear, el inmenso tamaño de su población y de sus fuerzas armadas, y la relativa seguridad de su espacio geográfico próximo, le permitieron garantizar su supervivencia como estado, al tiempo que conservar su independencia estratégica. Solo cuando su entorno de seguridad más inmediato se vio amenazado, como ocurrió con la guerra de Corea en 1950 y con Vietnam años después, China decidió utilizar la fuerza como herramienta para recomponer un equilibrio regional que sentía amenazado.

Incluso en la extensa frontera del norte con la Unión Soviética, la afinidad ideológica que mantuvieron los dos países durante la época de la guerra fría evitó que la pugna natural entre estas dos potencias vecinas que parecían llamadas a competir por la primacía regional, degenerase en una confrontación abierta. Es más, en el contexto de bipolaridad entre los Estados Unidos y la Unión soviética propio de la Guerra Fría, China optó por convertirse en un elemento equilibrador que contribuyó decisivamente a evitar que los Estados Unidos se convirtieran en un eventual hegemón.

De esta manera, el potencial natural de China y la restricción de sus ambiciones geopolíticas permitió durante esta época, configurar un orden bipolar equilibrado y poco interdependiente, en el que el poder mundial se repartió equitativamente entre las dos grandes potencias, los Estados Unidos y la Unión Soviética, lo que contribuyó a la estabilidad del sistema al reducir las probabilidades de una confrontación abierta.

Los fundamentos de la gran estrategia china

Esta situación cambió sustancialmente a principios de la década de los noventa del pasado siglo, con el fin de la Guerra Fría y la creación, en el caso de China, de las Zonas Económicas Especiales, cuya finalidad última era evitar que se reprodujeran en el país las mismas convulsiones internas que estaban ocurriendo en esas fechas en el espacio pos-soviético. Estos cambios, inicialmente modestos, supusieron una revolución en la política y la economía china, al tiempo que ampliaron su nivel de ambición estratégica.

Con la aprobación de la Estrategia de Desarrollo Occidental en el año 2000, China optó por mantener un perfil bajo en los asuntos internacionales mientras ponía en orden su economía y se iba rápidamente posicionando en el tablero mundial.

El espectacular desarrollo que supuso la apertura al exterior, vino acompañado de enormes desigualdades entre las zonas costeras privilegiadas económicamente y el interior que siguió estancada en una situación semi-medieval. China centró su atención en el control de la sociedad de manera que, sin menoscabo del crecimiento, se evitase que las crecientes disparidades que se iban produciendo en una población hasta entonces profundamente igualitaria, produjeran un estallido social. No obstante, a medida que fue aumentando su riqueza, China fue modificando esta concepción restrictiva de su política nacional, excesivamente regional, haciéndola cada vez más expansiva y ambiciosa.

La visión geopolítica china fue, así, adquiriendo un carácter progresivamente global, si bien pacífico, buscando mantener un crecimiento económico sostenido basado en la defensa a ultranza del libre comercio y en la cooperación con otros países. De esta manera, una China convertida en la gran defensora, y gran beneficiaria, de la globalización, entendía que solo manteniendo las fronteras abiertas se podía asegurar el flujo regular de petróleo y otros productos necesarios, que le permitieran ampliar sin sobresaltos su maquinaria económica y continuar con el desarrollo del país. China, terminó por convertirse en la “fabrica” del mundo, a la vez que en el mayor país consumidor de recursos, por lo que su Gran Estrategia nacional quedó condicionada por la necesidad de asegurarse los aprovisionamientos de materias primas y por la búsqueda de mercados comerciales donde colocar su enorme producción.

Esta estrategia extraordinariamente racional y carente de cualquier inclinación idealista, se basaba en un comportamiento internacional ajustado a la perfección a los patrones del realismo político y de una visión pragmática de la realidad internacional caracterizada por la inclinación a utilizar la geopolítica en su provecho, de manera similar a como lo han hecho a lo largo de la historia, las sociedades y las naciones. De ahí que la Gran Estrategia china se construyera sobre tres pilares fundamentales.

La nueva “Ruta de la Seda”

En primer lugar, la creación de una nueva “ruta de la seda” dual, terrestre y marítima, que comunicase las zonas industriales del este de China, a través de Asia Central, hasta alcanzar los países europeos y el Océano Atlántico. Con este gigantesco proyecto geopolítico de “marchar hacia el Oeste” que debería ver su culminación en el año 2049 – coincidiendo con el centenario de la proclamación de China como república popular –, China buscaría condicionar el curso de la globalización, alejándola del control anglosajón y colocándola bajo su esfera de influencia.

Ahora bien, lograrlo exige un inmenso esfuerzo que pasa por controlar la extensa zona de recursos naturales que abarca los estados de Asia Central, Mar Caspio, Sudeste Asiático e, incluso Oriente Medio, autentica reserva energética mundial. También implica estabilizar las regiones de Sinkiang y Tíbet, amenazadas por el separatismo étnico, el extremismo religioso y otras fuerzas transnacionales originadas más allá de las fronteras chinas.

El problema de este diseño tan ambicioso es que se trata de un arriesgado “juego de suma cero”, en el que, junto con los chinos, convergen y compiten los intereses de los Estados Unidos, Rusia, India y Japón y en el que sus esferas de influencia se solapan, superponen y, en ocasiones, colisionan. De ahí que, con vistas a prevalecer en una región sumamente inestable, China trataría de eclipsar a las otras potencias a través de una política activa de grandes inversiones en infraestructuras y en aprovechamiento de sus recursos energéticos, buscando convertirse en el actor más influyente y poderoso de la zona, en detrimento de sus competidores.

La alianza con Rusia

Una segunda línea geoestratégica china iría dirigida a condicionar, en su beneficio, las relaciones con su vecino ruso del norte. Aunque ambos países proclaman regularmente la existencia de una identidad bilateral de intereses, un análisis más detenido contradice esta visión tan idílica. Para Rusia, las regiones de Siberia y el Asia rusa constituyen una zona crítica de responsabilidad estratégica sometida a una presión demográfica y económica creciente por parte de su vecino del sur. Hay que tener en cuenta que en el norte de China habitan más de 100 millones de ciudadanos de etnia Han, mientras que en la Siberia oriental apenas viven 6 millones de rusos, una cifra que, además, está decreciendo. Este gradiente demográfico tan acentuado beneficia en el medio y largo plazo los intereses chinos en detrimento de una Rusia en declive. Más temprano que tarde, los chinos serán mayoritarios también en esa inmensa región, de manera que solo el poder militar ruso, fundamentalmente el nuclear, será capaz de impedir la aparición de una actitud reivindicativa china sobre unos territorios que, durante siglos, estuvieron sometidos a su influencia. De ahí que China, consciente de que el tiempo corre en su favor, consideré que, por razones estratégicas, la mejor forma de garantizar que los recursos económicos de esta región, sobre todo los energéticos, se encaminen hacia ella y no hacia el oeste europeo, o hacia los países vecinos de Japón y Corea es, precisamente, manteniendo a Rusia estable y aliada.

Ahora bien, las relaciones chino-rusas contradicen la lógica geopolítica de la competencia natural entre potencias vecinas y se basan exclusivamente en la aceptación por ambas de una política pragmática fundamentada en los intereses económicos comunes y en la necesidad de contrapesar a los Estados Unidos como potencia dominante en Asia y en el mundo. Pero en este juego geoeconómico, China tiene mejores bazas. No se trata solo de que en caso de conflicto, a China le resultaría relativamente fácil cortar los lazos de Moscú con Siberia, sino que, además, China estaría en condiciones de imponer precios favorables en petróleo y gas, dada la dificultad que tiene Rusia de hacer salir estos recursos siberianos hacia mercados alternativos. La realidad es que la relación entre ambas potencias está cada vez más descompensada en favor de China debido al diferencial creciente entre sus capacidades económicas, y decreciente en cuanto a su potencial militar. De ahí que, durante los próximos años, China podrá mantener frente a Rusia una cómoda política dual basada por una parte, en la exigencia de facilidades de acceso e inversiones en los recursos naturales siberianos y en la compra de armas avanzadas, pero también en la disuasión que le proporciona su creciente poder militar.

Puede, por tanto, decirse que la actual comunidad de intereses estratégicos de China y Rusia, tiene un carácter coyuntural y anti-natura, que se mantendrá vigente en tanto en cuanto China no sea capaz de lograr la paridad en términos geopolíticos con los Estados Unidos. Se trataría de una situación clásica de lo que un realista como Mearsheimer llama, en su obra La tragedia de la política de las grandes Potencias, “equilibrio externo”, una situación en la que dos estados, China y Rusia, establecen una alianza defensiva que les ayude a contener lo que ellos entienden como un adversario expansivo y peligroso. La suma de los potenciales nacionales de China y Rusia incrementaría las probabilidades de confrontar a los Estados Unidos como potencia dominante, al tiempo que también lo hace la posibilidad de que la disuasión combinada de ambas potencia funcione. Como afirmara un general francés al término de la 1ª Guerra mundial “desde que he visto cómo funcionan las alianzas, he perdido algo de mi admiración por Napoleón”, un líder que siempre luchó en solitario contra alianzas para, al final, terminar perdiendo frente a una de ellas.

Sin embargo, aunque la alianza ente ambas potencias asiáticas ha sido impulsada principalmente por Rusia, el desequilibrio creciente entre ambos aliados y la debilidad en la identificación de intereses comunes en temas como la gestión del entorno asiático, la promoción de la democracia, las intervenciones exteriores, o los derechos humanos, hará que no pase mucho tiempo antes de que Pekín use a Moscú para sus propios propósitos. No será un proceso fácil, y ni siquiera podemos asegurar que sea pacífico, dado que la geoestrategía rusa para los próximos años, impulsada por su presidencia, se orienta hacia la recomposición del espacio pos-soviético. El proyecto ruso de Unión Euroasiática supone una vuelta a los postulados de MacKinder, de considerar que Rusia sigue constituyendo la “Tierra Corazón”, llamada a dominar la gran masa continental euroasiática que pivota sobre el eje Báltico-Pamir-Amur. Se trata de una visión geopolítica expansiva – y excesiva – que exigiría a Rusia dominar Europa, o al menos la Europa central y oriental, antes de poder conformar un perímetro euroasiático de seguridad formado por Europa occidental, el Mediterráneo, Oriente Medio, el Golfo Pérsico, el subcontinente indio y, si ello fuera posible, China.

Resulta evidente que Rusia carece de los medios suficientes, principalmente económicos y humanos, para lograrlo y que, en las próximas décadas, probablemente solo podrá aspirar a conservar los territorios incluidos en el actual estado ruso y, como mucho, a refederar su extranjero más inmediato. Ahora bien, un diseño geopolítico tan ambicioso le coloca en rumbo de colisión con una China emergente cuyo potencial geopolítico crece en la misma proporción en la que disminuye el ruso. Lo lógico es que, tarde o temprano, Rusia tendrá que reevaluar sus prioridades estratégicas y buscar una alianza con otras potencias, preferentemente los Estados Unidos y, en menor medida Europa, que le sirvan para re-equilibrar el creciente poder de una China llamada a convertirse en el hegemón regional en Asia.

La estrategia en el Mar de la China

La tercera línea de actuación estratégica China, estaría dirigida hacia las aguas del mar de la China y de los Océanos Pacífico e Indico, donde estaría desarrollando una geopolítica expansivo de carácter mucho más agresivo. La ambición china de crear un anillo de seguridad – “anillo de perlas” - en su zona marítima oriental y un colchón de influencia terrestre al sur, supone enfrentarse con los Estados Unidos, además de con otras potencias regionales como son la India y Japón e, incluso, con potencias menores como Corea del Sur, Filipinas, Vietnam, o Indonesia.

En esta región, China se habría convertido en una potencia revisionista, en los términos expresados por Robert Kagan , que cuestionaría el statu quo imperante en Asia-Pacífico desde el final de la Segunda Guerra Mundial basado en la supremacía de los Estados Unidos como principal actor regional. La concepción geopolítica norteamericana, establecida desde los tiempos de Mahan, que preconiza el control de las costas opuestas exige la existencia de países aliados o, al menos, no hostiles a la presencia norteamericana en las costas orientales de Asia. Esta visión se vería ahora cuestionada por una China que, carente de una capacidad militar equivalente a la norteamericana, habría diseñado una eficaz estrategia anti-acceso/denegación de área (AA/DA), eminentemente militar, cuya finalidad última sería desplazar a los Estados Unidos como hegemón regional.

Separada de las aguas azules oceánicas por dos cinturones de islas (el que conecta Japón con Taiwán y con Filipinas y Borneo en primer lugar y la conexión Japón - Marianas - Guam - Palaos - Papúa Nueva Guinea, en segundo) la geoestrategia china pasaría ahora por expulsar a los norteamericanos más allá del segundo cinturón de islas, defendiendo para ello los mares intermedios, negando el paso a las fuerzas norteamericana externas y abriendo a sus flotas la posibilidad de salir libremente al Pacífico Central y el océano Índico. Los misiles balísticos antibuque y las bases en el Mar de China Meridional constituirían la punta de lanza de la ecuación estratégica.

¿Se puede contener a China?

Estas tres líneas de acción estratégicas de China muestran, al menos desde la lógica de los postulados geopolíticos del realismo más ofensivo, que, si China sigue creciendo, tarde o temprano terminará por dominar Asia de la misma manera que los Estados Unidos terminaron por dominar el hemisferio occidental imponiéndose a los europeos.

De lograrlo, China intentaría convertirse en un hegemón global, siguiendo igualmente el ejemplo norteamericano. Ahora bien, esta concepción expansiva del poder nacional agudiza el llamado “dilema de seguridad” que preconiza que las medidas que toma un estado para aumentar su propia seguridad normalmente terminan por disminuir la seguridad de otros estados. Es decir, que lo que China entiende como medidas defensivas, sus vecinos lo ven como una actitud ofensiva.

Por ello, lo lógico es que, si asumimos que los estados son actores racionales cuyo principal interés estriba en sobrevivir, los vecinos geográficos, incluyendo Corea del Sur, Japón, Vietnam Filipinas, India y, finalmente, Rusia, se unirán a los Estados Unidos en una estrategia pro-activa cuya finalidad última sería la contención de China. Este país, a su vez, también buscará en países como Paquistán, reforzar su propio potencial geopolítico para evitar verse desbordado por una alianza hostil. En un sistema en el que dos potencias compiten por el liderazgo, el equilibrio constituye la conducta sensata, si bien tienen inconveniente de que cuando se rompe y una coalición resulta vencedora, los miembros más débiles de la misma queda a la merced de los más fuertes. Por ello, los estados débiles no tienen ningún interés en que nadie gane, lo que favorece el equilibrio, pero también puede ocurrir lo contrario: que se traduzca en una intensa competición geopolítica con un enorme potencial de desembocar en una escalada militar y, en última instancia, en un conflicto armado.

Ahora bien, no necesariamente tiene porqué ser así. Los actores regionales, más allá delas grandes potencias, están sometidos también a factores restrictivos que, a semejanza de la fricción de Clausewitz, limitan su capacidad de actuación y evitan que la competición por el equilibrio estratégico escale hasta límites inaceptables. Este sería el caso de Japón, una potencia regional auto-contenida por su historia y sometida a una grave crisis demográfica y de crecimiento. De ahí que su geopolítica se haya basado tradicionalmente en la alianza con los Estados Unidos en el entendimiento de que, delegando en los norteamericanos las responsabilidades de seguridad, se favorecen sus propios intereses. Ahora bien el temor creciente a una China cada vez más poderosa, va a obligar a Japón a repensar su política de defensa buscando en el rearme – y quizá en la nuclearización -, reforzar su seguridad, al tiempo que recupera el peso geopolítico perdido desde la segunda Guerra Mundial.

Por el contrario, la India constituye una potencia emergente cuyos intereses económicos, e impacto cultural en varios continentes, reflejan un potencial nacional en auge. Aunque en términos geopolíticos la India no es comparable, hoy por hoy, a China, si nos atenemos a la “ley de los grandes números” que indica que el peso de un estado es proporcional a su importancia demográfica, la diferencia entre ambas potencias está llamada a acortarse en los próximos años. La India se beneficia de una población creciente que, en el 2050, se espera alcance los 1700 millones superando largamente a la de China, condenada a sufrir los efectos catastróficos de las políticas coercitivas sobre la natalidad de las últimas décadas.

La consecuencia será una disminución de la brecha de potencial geopolítico entre ambos países y posiblemente un aumento de la influencia estratégica de la India en su entorno regional, a medida que los pesos de la balanza demográfica entre ambos países se inviertan y el diferencial económico se reduzca. Ello permitirá a la India aplicar una estrategia de contención dirigida hacia China que pasaría por emular sus prácticas económicas en Asia central y meridional, donde también tiene intereses propios. Ahora bien, carente de una potencia naval equiparable a la de China y sin recursos para conseguirlo en un tiempo razonable, la India no puede por sí sola convertirse en un proveedor de seguridad para los países marítimos del Asia oriental. Para ello necesitará establecer alianzas geopolíticas con otras potencias regionales principalmente los Estados Unidos y Japón, pero también Corea de Sur, Vietnam, Singapur, Indonesia, o Filipinas, con vistas a crear un cordón de seguridad alrededor de China. Siguiendo esta lógica, es posible que, en algún momento más o menos futuro, algunos de estos estados u otras pequeñas potencias asiáticas, cuyo potencial geopolítico no es en ningún caso suficiente para compensar el de China, entiendan que este país puede resultar el gran vencedor de la gran partida geopolítica que se está conformando en Asia, y que las garantías norteamericanas pueden no bastar para inclinarles a asumir los riesgos de una estrategia de compensación que sirva para contener a China. En estos casos, estos estados podrían optar por una estrategia del débil frente al fuerte que pasaría o bien por el apaciguamiento del coloso asiático, o bien por sumarse al carro del vencedor, en la creencia de que este, al final, será generoso.

El célebre dictum de Tucídides de que “los fuerte hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben” capturaría con toda crudeza la esencia de esta estrategia tan realista como ingenua que, en el caso de China, se basaría en la premisa de asumir que su conducta agresiva en espacios geográficos contenidos como el mar de la China, se debería a una percepción intensa de su vulnerabilidad estratégica, por lo que las cesiones en su favor reducirían la misma y, por tanto, eliminarían cualquier excusa para la confrontación. En estas circunstancias, el colocarse “a remolque” de China se convierte en el comportamiento principal y más sensato de los estados, dado que garantiza ganancias para todos, incluidos los perdedores, al tiempo que evita poner en riesgo la seguridad de cualquiera de ellos.

Aunque los estados nunca pueden estar seguros sobre las intenciones de los otros, la realidad es que, al final, los vecinos de China que adoptasen está postura terminarían por hacer concesiones excesivas, lo que inclinarían la balanza de poder todavía más en su favor y la incentivaría a plantear nuevas demandas. De esta manera, maximizando la brecha de poder nacional con los otros estados de la región, China se aseguraría de que ningún estado en Asia dispusiera de los recursos suficientes para amenazarla o confrontarla. Cuando ello ocurriera, una China convertida en hegemón regional sería tan poderosa como para dictar coercitivamente los límites de conducta aceptables para el conjunto de los estados asiáticos.

Una nueva “Doctrina Monroe” para Asia

En definitiva, lo que estamos apreciando es la emergencia acelerada de una China cada vez más poderosa que buscaría una reorganización de su espacio geopolítico con la expulsión de los Estados Unidos de la región de Asia-Pacífico y su consolidación como potencia dominante. Se trataría de reformular una versión china de la doctrina Monroe, pero aplicada a un Asia convertida en su “patio trasero”. No será un proceso rápido, ni necesariamente pacífico, pero si pragmático, y extraordinariamente inteligente, que seguiría la dirección estratégica que puso en marcha el padre del “milagro económico chino” Deng Xiao Ping cuando afirmaba que China debía “esconder sus capacidades y ocultar sus tiempos, pero mientras ir haciendo cosas”; es decir, China debía evitar verse envuelta en conflictos internacionales tanto como fuera posible, pero sin perder de vista su objetivo de dominar Asia, toda vez que esta región estaría llamada a devenir el centro de gravedad de la geopolítica mundial.

La historia nos indica que, en el auge de las grandes potencias, lo normal es convertirse primero en una potencia regional dominante, antes de llegar a serlo global. El imperio británico sería una excepción a esta regla y puede que China, y quizá la India, también.

Es posible que nos encontremos actualmente en un mundo multipolar imperfecto donde una potencia hasta ahora dominante, los Estados Unidos, estaría siendo cuestionada por otras menores, principalmente China y, en menor medida Rusia, lo que proporciona buenas oportunidades para el enfrentamiento entre potencias en las que el poder está distribuido desigualmente. En este contexto, una potencia emergente como China podría llegar a la conclusión de que le resultaría favorable – y conveniente – iniciar guerras contra potencias menores, simplemente porque puede ganarlas. Es más, incluso en el caso de que piense que no es así, tiene bastantes posibilidades de conseguir sus fines mediante políticas coactivas, siempre que haga una evaluación correcta de sus posibilidades de éxito y no caiga en errores groseros de cálculo.

Ahora bien en el medio plazo, y a medida que China se vaya asentando como una nueva super-potencia, lo más probable es que veamos aparecer un nuevo orden global con dos potencias dominantes, China y los Estados Unidos, y una serie de potencias menores que orbitarán en torno a ellas formando coaliciones que mantengan el equilibrio y eviten que la competencia por el liderazgo, termine por convertir a cualquiera de ellas en hegemónica. Mientras los estados más débiles tengan, interés en que nadie gane, el sistema favorecerá el equilibrio. De esta manera, el comportamiento geopolítico de estas dos superpotencias parece devolvernos a la concepción de Nicholas Spykman (1942), que preconizaba la necesidad vital de los Estados Unidos de controlar el creciente marítimo euroasiático – la Rimland – como la mejor forma de conservar el dominio casi hegemónico de los asuntos mundiales que ha tenido hasta la fecha o, al menos, de contener a China.

Conclusiones

Podemos asumir que el orden internacional va caminando poco a poco hacia un sistema bipolar con dos grandes potencias dominantes, China y los Estados Unidos y una serie de potencias menores que orbitarán a su alrededor. Esta concepción del poder se traduce en un sistema internacional, en el que las dos grandes potencias tienden a ser autosuficientes y a reducir su interdependencia lo que, teóricamente, hace al sistema más estable y, por lo tanto, menos proclive a la guerra, que en un mundo multipolar.

Ahora bien, en el sistema internacional actual, es imposible romper la interdependencia; las relaciones económicas entre China y Estados Unidos han aumentado tanto durante los años de auge y consolidación de China, que han terminado por hacerse simbióticas. Es más, incluso si alguna de ellas, o ambas, decidiera mediante un acto volitivo de sus sociedades, o de sus dirigentes, aislarse en espacios geopolíticos cerrados y autosuficientes, ello ya no sería factible dado que, a diferencia de otras potencias del pasado, los mismos abarcan la totalidad del planeta donde se ven obligadas a competir, y a compartir, en una pugna hasta la fecha pacífica.

En este sentido, China y los Estados Unidos seguirán comportándose como estados soberanos, pero también intensamente dependientes, lo cual significa que no podrán hacer lo que quieran y, tampoco, dejar de influirse el uno al otro. El destino de cada uno de ellos dependerá de la respuesta que proporciona a las acciones del otro, por lo que el equilibrio vendrá dado por la forma en que cada uno de ellos imita, o antagoniza, el comportamiento del otro.

Al no existir una entidad superior dotado de autoridad suficiente capaz de imponerse coactivamente a estas dos grandes potencias, sus comportamiento internacional se atendrá a las pautas marcadas por una lógica racional, que se repite y permanece a lo largo del tiempo. Esta Realpolitik indica que China y estados Unidos, como las dos grandes potencias, actúan racionalmente buscando maximizar su interés nacional. De esta manera, al perseguir su propio interés, producen como subproducto un bien colectivo, el equilibrio de poder, algo muy apreciado por aquellos estados que no desea n ser conquistados.

Por ello, lo más probable, y deseable, es que el esfuerzo por maximizar su interés nacional en un contexto de intensa interdependencia, al tiempo que competición, entre China y los Estados Unidos, empuje a ambas potencias a asumir un mayor compromiso en la gestión de los asuntos colectivos. Cuanto mayor sea la interdependencia entre estas dos potencias, más probable es que estás busquen el actuar en beneficio del sistema, aunque ello suponga una mayor participación en su gestión y una mayor interferencia en los asuntos de los estados más pequeños. No se trata de que se pongan de acuerdo en decidir el rumbo que debe tomar el mundo, sino de que acepten la necesidad de llegar a acuerdos razonables en la gestión de los asuntos globales a medida que el sistema camine hacia la bipolaridad. Si no están dispuestos a hacerlo, la competencia a ultranza, que puede llevar incluso a la guerra, se convertirá en la característica fundamental de un sistema internacional que se habrá vuelto más anárquico.

En definitiva, en un mundo en el que, como dice Robert Kaplan, “la geografía ha vuelto para vengarse”, será necesario China tenga una noción precisa de los cambios que se están produciendo en el entorno internacional y de su propio papel en el mundo. De esta manera, la adecuada valoración de la correlación de fuerzas con las otras potencias, principalmente los Estados Unidos y su, cada vez mayor, poder e influencia en los asuntos globales, debería impulsarle a buscar el equilibrio estratégico del sistema internacional de manera que se evite la escalada y se prevenga una confrontación militar de consecuencias catastróficas para el mundo, y para China.

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