A la fecha, mucho se ha escrito sobre la nobleza y sus títulos nobiliarios. Pese a su historia y antigüedad, el tema sigue suscitando curiosidad y hasta dudas. Un amplio sector de la ciudadanía se pregunta. ¿Sabemos realmente cuál es el origen de los títulos nobiliarios? ¿Tienen privilegios en la actualidad? ¿Es cierto que puedes adquirir uno pagando?

ONE Magazine se dió a la tarea de investigar un poco sobre estos temas. En las siguientes líneas encontrarás información que te ayudará a abordar el tema como un experto.

Origen de los títulos nobiliarios

En sus inicios, duques, condes y marqueses no eran títulos nobiliarios. Se trataba solo de nombres de funciones desempeñadas ante los reyes visigodos (siglos V al VIII). Por ejemplo, los duques (derivado del latín “dux”) que significaba conductor de tropas. Existían también los caudillos (jefes militares de ciertas zonas) y los condes (derivado de “comitatus”, responsable) que realizaban labores administrativas. Asimismo se encontraban los marqueses que gobernaban territorios fronterizos llamadas “marcas”. Entre ellos estaba la Marca Hispánica, es decir, la actual Cataluña.

Con el paso del tiempo, estas funciones se hicieron hereditarios para, entre otras cosas, mantener el grado de influencia. No fue sino hasta la Reconquista (722-1492) cuando se puede hablar de una verdadera expansión de este sistema de títulos nobiliarios. Los monarcas necesitaban en ese momento de un ejército para recuperar el territorio perdido frente a los invasores musulmanes. La Corona contaba con un reducido número de tropas a su servicio. En consecuencia, duques, condes y marqueses, al igual que los obispos, acabarían aportando al monarca sus propios guerreros.

En este sistema también se integrarían los monjes de las órdenes religiosas militares. Estas, nacidas principalmente a partir del siglo XII, participaban en las batallas con sus propias tropas. Contaban con fortalezas, villas y territorios que defender, convirtiéndose en una gran contribución militar.

En la época de la Reconquista, ejercer la profesión de las armas era obligatorio para la nobleza y sinónimo de ser hombre de honor. Los guerreros que prestaban grandes servicios en las guerras eran premiados con un título nobiliario. La concesión del título solía implicar más territorio. Sobre este territorio el titular, con el título de duque, conde o barón, ejercía la autoridad política, militar y administrativa. Entre sus funciones estaba impartir justicia, cobrar impuestos y hacer funcionar agricultura, ganadería y molinos. 

La herencia de sangre no siempre significaba “de padres a hijos”

Cuando un noble fallecía, su sucesor inmediato, usualmente su primer hijo varón, podía obtener el título. No obstante, en algunos casos, dichos títulos eran sólo válidos durante la vida del que lo había ostentado. En consecuencia, al morir el titular, el título revertía al monarca. Este entonces podía concederlo a otra persona.

En cualquier caso, para heredar un marquesado, ducado, o cualquier otro título nobiliario era necesario pasar por un proceso burocrático que incluía el pago de altos impuestos. Como consecuencia, se generaba en ocasiones la situación de que un heredero no deseara asumir ese título. Por otro lado, asumir el título, podía llevar aparejadas deudas, debido al alto nivel de vida que la nobleza se veía obligada a mantener.

También se podrían dar casos en que el heredero estaba desaparecido o, simplemente, no había descendencia, por lo que nadie podía asumir el título nobiliario. En estos casos, el derecho a heredar el título podía ir, conforme las leyes de la herencia, a otros familiares. Quien lo reclamara asumía también las obligaciones monetarias y alcanzaba el honor asociado al título. Como se podría esperar, las disputas por este tipo de herencias eran habituales.

Cuando se recibía un título nobiliario, ya sea por decisión del Rey o por herencia, el noble no sólo heredaba un título honorífico, sino también una posición en la Corte. Por otro lado, como había nobles que acumulaban muchas posesiones, había el peligro de que fueran fraccionadas entre los descendientes. Esto podría desembocar en un fraccionamiento que, al cabo de varias generaciones, desintegrara la propiedad. Para evitar esto se creó la figura jurídica del “mayorazgo” que contemplaba que las posesiones sólo podían aumentar, pero no ser divididas.  

¿Se podían comprar los títulos nobiliarios?

Al transcurrir los años, la vocación militar de la nobleza quedó en un segundo plano, muy especialmente en el siglo XVII. La monarquía seguía necesitando grandes cantidades de dinero para mantener la corte, la diplomacia, las guerras y las ayudas a sus aliados. De manera que iniciaron lo que algunos autores llamaron la “economía de la merced”. 

En la práctica esto no era más que la venta de títulos nobiliarios. Por ejemplo, en el reinado de Felipe V (1700-1746), 91 de los 318 títulos concedidos beneficiaron a los más ricos del reino que habían hecho grandes aportes de dinero  Obviamente, no se trataba de una transacción simple, pues esta concesión seguía ciertos protocolos. No se trataba de un negocio o una compra sino, más bien, de una relación de intereses. Otra forma de verlo es como un “intercambio de favores” en el que todos acababan ganando.

Títulos más allá de los reyes

Algunos jefes de Estado, al igual que lo hicieron los  monarcas en su momento,se hicieron con esta prerrogativa y concedieron títulos durante sus mandatos. El emperador Napoleón, por ejemplo, se encargó de crear una nueva nobleza “post-revolución francesa”. En su período se llegó a otorgar casi 3.000 títulos. 

En España, por otro lado, el general Baldomero Espartero siendo Regente del Reino también honró a algunas personas con títulos nobiliarios entre 1840 y 1843. Años después, el general Francisco Franco, reconoció por la Ley de 4 de mayo de 1948 unos títulos nobiliarios. Estos eran los llamados “tradicionales” que habían quedado abolidos en la II República.

Más adelante, en el curso de sus años como mandatario, llegó a conceder otros 40 títulos. Estas distinciones de Franco recayeron, principalmente, en militares que habían ayudado a su causa, como el marqués de Dávila, el duque de Mola o el marqués de Queipo. De igual manera premió a empresarios con títulos como el conde de El Abra o el conde de Fenosa.

En el panorama internacional es interesante el ocaso del imperio austro-húngaro. Este era un gran conglomerado de Estados de variados orígenes medievales que se resquebrajó tras la Primera Guerra Mundial en 1918. Los nuevos estados surgidos atravesaron períodos convulsos tales como la II Guerra Mundial (1939-1945) y la invasión soviética en países del este de Europa.

Con el tiempo, empezaron a aparecer personas que afirmaban ser supervivientes de la familia imperial rusa o descendientes de antiguos reinos, principados y ducados. Algunos de ellos lograron que se les tratara como tales. Incluso, llegaron a rodearse de partidarios que recrearon unas pequeñas “cortes” a su alrededor. En uso de sus “atribuciones” distribuyeron títulos nobiliarios que no son reconocidos actualmente por otros Estados. 

¿Se puede conseguir un título en la actualidad?

En realidad no se puede decir que, hoy en día, la nobleza española tenga privilegios especiales. Los hay que son propietarios de extensiones de terreno, ganaderías o castillos que deben rentar como cualquier otro propietario a fin de no arruinarse. También se desempeñan en actividades empresariales que pueden beneficiarse, como todos, de ayudas a la agricultura,  o a la ganadería. 

En la actualidad, poseer un título de nobleza constituye todo un desafío personal. Principalmente porque el titular debe seguir justificando ante la sociedad el honor que recibió su antepasado. Sólo tiene sentido si en sus actividades profesionales o sociales siguen contribuyendo de manera destacada al bien de la sociedad. 

En la actualidad, los títulos de nobleza son sólo de carácter honorífico. Su obtención no implican la obtención de riquezas ni propiedades como en la antigüedad. Solo sirven para el reconocimiento de méritos muy importantes. Es el Rey quien tiene la facultad de otorgar estas distinciones, según el artículo 62-F de la Constitución.  

De hecho, Don Juan Carlos I ha concedido 47 títulos a personalidades destacadas de ámbitos muy diversos de la sociedad. Esto es una demostración de que sólo los grandes méritos los que merecen este tipo de reconocimiento. Por otro lado, desde el año 2006, la legislación equipara en igualdad al hombre y la mujer a la hora de heredar este tipo de títulos.

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